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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de abril 2018

Disney, Séneca y el dedito de Wayan

Lo sé, la combinación de conceptos puede sonar un poco rara, pero ahí va una historia personal que he decidido compartir contigo, por si puedes sacar algo de los siguientes párrafos (ni que sea entretenerte un poco) y de una asociación que nunca está de más, y lo digo por Séneca, que debería estar siempre ahí, en todos los planes, y en todas sus fases.

Y te lo explicaré contextualizándotelo y en tres partes, como en cualquier estructura argumental:

Preámbulo

Mi madre, desde que se jubiló hace algo más de un año, tenía la gran ilusión de llevarse a los nietos a Disneyland París, ese parque de atracciones que nació como Eurodisney pero al que luego cambiaron el nombre (sus motivos de marketing tendrían; a mí me parece que lo complicaron).

La historia es que ella y mi padre no iban a ir solos con ellos, sino que también nos invitaban a Ramón y a mí, que somos los tíos de Wayan y Kye, que así se llaman los niños.

[Vaaaale, tienen nombres raros y reconozco que al principio nos chocaron a todos en demasía, pero ahora ves a los dos chiquillos creciendo y no les quedaría un nombre mejor, en serio.

Y…

Vaaaale, puedes llamarnos suertudos. Es más, de no haber sido por la invitación, no creo que hubiéramos ido nunca a Disneylandia (a ninguno de los dos nos había llamado nunca la atención), desconoceríamos esa forma de disfrute y yo me habría perdido Las Vegas II (otro de los sitios que me han sorprendido gratamente y que, de no tener interés alguno por él, tras visitarlo, concluí que su existencia era necesaria)].

Bueno, mejor continuo:

En enero buscamos las fechas, compramos los billetes de avión y las entradas, reservamos el hotel en el mismo recinto de Disney (por aquello de que te dejan entrar dos horas antes) y, para no tener que pensar mucho en nada estando ahí, incluso incluímos el régimen a media pensión: así, todo organizado al detalle para «asegurar» que todo iba a ser fluido y perfecto.

Ilusionados todos, lo único que podía entorpecer un poco el viaje era el tiempo o un catarro infantil, y por la tarde del domingo 22 no había síntomas ni de lluvias ni de gripes, así que pintaba estupendo.

Además, suerte extra la nuestra, justo volábamos el día antes de las huelgas previstas de aviación (uf, uf, uf) e iniciábamos el viaje en el mejor día del año posible: el 23 de abril, esa jornada de rosas y libros que siempre enamora.

Nudo

Para acortar un poco la historia, a media tarde del domingo, Wayan se cayó al suelo, como otras tantas veces, pero en esta ocasión rompiendo a llorar como si se terminara el mundo.

Sus padres, al ver que no «recuperaba», y tomándose en serio las quejas del niño (bien por ellos), lo llevaron a urgencias. Una vez ahí, me llamó mi hermana:

―¡Hola, sorella! No esperaba una llamada extra. Como hablamos esta mañana…
―Ya, lo sé, pero es que… Bueno, ¿cómo está de fuerte Ramón?
―Pues bien, supongo. ¿Por?
―Nada, que Wayan se ha caído esta tarde de la manera más tonta. Y te llamo desde Urgencias pero es que nos mandan al hospital infantil porque puede que se haya roto algún que otro dedo del pie…
―¿Cómo? Espera, que me siento antes de que me de un soponcio.
―Lo sé, es un fastidio. Estamos fatal, pero llamo solo para que lo sepáis y para comentaros que quizás también habrá que hacerse con una silla de ruedas.
―Vale, no sé, a ver qué os dicen.
―Sí, os llamo con lo que sea.

Y nada, con las caras desajustadas y sin muchas ganas de hacer la maleta (sí, apuramos siempre hasta el último momento), Ramón y yo no encontramos mejor pasatiempo que jugar al backgammon mientras esperábamos esa segunda llamada, que llegó ya entrada la noche.

Y suena el teléfono.

―Dime.
―No va a poder venir, se queda.
―¡Nooooooo!
―Sí, tiene que quedarse en casa inmovilizado para que los dedos curen bien, que son dos. Nos han dicho que calculemos tres semanas. Si no, tendrán que operarlo y ponerle hierros…
―Jolín, pobrecito: no conozco a nadie que se haya roto nunca un dedo del pie y va y ahora Wayan se rompe dos el día antes de ir a Disneylandia, qué rabia, no me lo puedo creer, qué penaaaaaa. ¿Ya lo saben en casa?
―Sí, les acabo de llamar…

¿Te lo puedes creer? Justo cuando ya nos habíamos hecho a la idea de que íbamos a ir a Disneylandia con Wayan lesionado, zas, el niño va y no puede venir. Y vale, sí, no era el fin del mundo, pero en ese momento nos pareció la mayor de las catástrofes y teníamos todos un disgusto enorme. Bueno, todos menos él, que se lo tomó de forma totalmente estoica. En fin, óle por ese renacuajo que nos recordó a su manera (y sin saberlo) que cuando más rápido nos adaptamos a una nueva situación, mejor.

Y, vamos, sí, es así, pero da rabia igual.

Total que el lunes a primera hora de la mañana, medio superada la conmoción de que íbamos a ser uno menos, marchamos al aeropuerto: mis padres y Kye desde Barcelona; Ramón y yo, desde Asturias. Nos íbamos a encontrar en su terminal, que nuestro vuelo llegaba media hora antes.

A todo esto, nada más desembarcar en París, me dice Ramón que tenemos una llamada perdida de mi madre de hace veinte minutos. Y yo: «Anda, pues habrán llegado antes, qué cosas».

Pero no, era una nueva fatalidad: ¡seguían en Barcelona!

¿¿¿QUÉÉÉÉ???

Pues lo que te cuento.

No sé, quizás si vives en Europa sabes que la compañía EasyJet exige que los menores viajen con pasaporte; en esta familia lo ignorábamos todos (nadie nunca antes había volado con Easyjet) y a la hora de embarcar, DNI en mano de Kye, les dijeron a mis padres que «nanai», que sin el pasaporte del niño, no embarcaban.

En ese momento, empezó un drama (que todavía ignorábamos) y una gincana para conseguir el pasaporte en la que, por cinco minutos, SOLO POR cinco minutos, «perdieron» el avión.

¿¿¿¿DE VERDAD????

Sí, sí, de verdad. Y yo solo imaginándome las caras de mis padres me mareo.

Pero es que, no te lo pierdas, las cosas podían empeorar incluso más porque el siguiente vuelo con plazas libres era para el jueves, justo el día que tenían previsto volver a casa.

Y, a todo esto, súmale que Kye, que es muy crack y también muy pasional, seguía llorando a moco tendido en la puerta de embarque porque él quería ir a Disney y no entendía nada.

Lo sé, de chiste; de chiste malo.

Al final, supongo que la Providencia reconoció que se estaba ensañando «demasiado» con ellos y se las ingenió para que pudieran salir en el vuelo de las 13h.

Así que, 5 horas más tarde de la prevista, llegaron los tres, por fin, a París: mis padres, con las caras «algo» descompuestas después de tanto estrés; y Kye, dando saltos de alegría, súper feliz y emocionado porque, claro, en un plis estaríamos en Disnelandia (y Disneylandia era sinónimo a alegría y diversión).

Total que, tomando el relevo de su hermano, ahora era él quien nos regalaba otra lección, a lo sabio clásico.

Si lloras por no haber visto el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas. ―Rabindranath Tagore

Desenlace

No hubo nuevos ni mayores percances y, desde ese momento, el viaje fue maravilloso y lo disfrutamos muchísimo; sobre todo Kye, que nada más ver el castillo de lejos soltó un «no tengo palabras» (y entonces morimos todos de amor ante tal declaración).

Subimos a tropecientas atracciones; nos deleitamos con la pirotecnia, el desfile y el espectáculo de Mickey; apenas llovió una hora en los cuatro días de parque; conocimos a una niña italiana graciosísima que no paraba de hablar y hacernos reír con sus historias; el hotel estaba genial; la comida era rica; y nuestra familia francesa se acercó a vernos (menudo detalle) y merendamos todos juntos.

Pero lo mejor es que Kye no dejó de sorprenderse ni un solo minuto; y mis padres no dejaron de sonreír; y nosotros nos lo pasamos en grande.

(… Y el vuelo de vuelta solo sufrió 20 minutos de retraso).

Apuntes finales

No sé tú pero yo tengo mucho lío encontrando el punto medio entre el pensar en positivo (por aquello de que los pensamientos crean nuestra realidad, que al fin y al cabo no dejan de ser vibraciones energéticas, que es entendible) y ese consejo de Séneca que recomendaba bajar siempre las expectativas al mínimo posible para así evitar las frustraciones, que como remedio no está mal, pero que choca con lo anterior.

A toro pasado siempre es más fácil observar una situación y es verdad que se nos escapó recordar que la vida tiene sus propios planes; que de nada servía poner atención plena en la meteorología e incrementar la dosis diaria de vitamina C.

De todos modos, tampoco me hubiera parecido normal no tener ese momento de disgusto y pataleta con la vida, aun sabiendo que hubiera podido ser mucho peor, que sí lo sé.

Quizás el equilibrio sea ese: aceptar y vivir el dolor para luego soltarlo y seguir nuestro camino.

No podemos controlarlo todo e incluso un par de deditos del pie pueden tambalear los planes, pero ahí estamos, para adaptarnos a las circunstancias.

Y Disneylandia no se va a mover. Y hay más parques de atracciones. Y el viaje fue super mega perfecto exactamente tal como fue.

Woodkid en quinteto de cuerda y piano

¿Por qué me quedo atrapada en el tiempo cada vez que me encuentro con el destello de hoy?

Pues, descartando que sea por la letra, que no lo es (hubiera sido un BINGO de los antológicos) creo que es por la suma de la versión del tema en sí (por su melodía, por la voz del intérprete) y su puesta en escena (y no solo porque sea en blanco y negro).

Además, si ya has visto más destellos músicales del blog sabrás que la letra es casi lo último en lo que me fijo de un tema porque primero tiene que llamarme la atención. De hecho, muchas veces me autoimpongo no enterarme de la letra, porque es cómo ir a comer y fastidiarla con el postre.

El destello es también  una invitación a no quedarte en los tópicos y las primeras impresiones, que no es menos importante.

Y ahora sí, dale al play y déjate sorprender por «ese joven tatuado de la barba supercuidada al que le gustan las cadenas grandes, llevar gorra y los pantalones que quedan por debajo las rodillas».

OBJETIVO 1: Disfrutar, sin más.
ARTISTA: Woodkid.
CATEGORÍA: Sorpresas que hacen que el día sea más agradable.

Raciocinio al corte

Hay dos clases de navaja sin dimensión espacial que pueden ayudarnos a razonar de una manera más rápida (y, presumiblemente, de forma más inteligente).

Son las navajas de Ockham y Hanlon, también consideradas como modelos mentales, aquellos que nos ayudan (o no, porque algunos nos pueden confundir, igual que nuestros mapas) a interpretar y entender el mundo, a encarar la vida, a lidiar con los retos y a solucionar nuestros problemas. O a intentarlo.

Ockham y Hanlon son principios filosóficos, pero se les llama también navajas por el hecho de «rasurar», de descartar opciones, determinando qué es necesario y que es superfluo para explicar un hecho, para tomar una decisión.

Vamos a ellas.

La navaja de Ockham

En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable.

A veces nos complicamos la existencia buscando razones complejas para justificar una situación cualquiera, pero es que incluso los hechos más extraordinarios pueden tener una base de lo más sencilla, así que mejor descartar los imposibles y enfocar primero en lo que parece más obvio.

Sherlock Holmes, aun siendo un personaje de ficción, utilizaba el mismo principio en sus investigaciones:

Si se elimina lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad.

No significa que una situación no sea compleja, pero las hipótesis sencillas son más fáciles de probar como verdaderas o falsas, de ahí a que mejor se empiecen por ellas. Imagínate que las descartas por ser las más «tontas» y resulta que eran la clave.

También es conocida como Principio de Economía, por eso de que economiza.

Y sí, el principio suena bien, y viva la practicidad con sus supuestos mínimos y esa solución más simple, claro que sí, pero con un límite: no caer en lo simplón ni sucumbir a las falacias ni a los prejuicios, que no siempre la respuesta más simple es la correcta.

La navaja de Ockham nos recuerda que  complicarse más de la cuenta y adentrarnos en teorías enrevesadas no significa que nos encontremos más cerca de la verdad ni que estemos en un camino más «correcto»; aunque, ATENCIÓN, tampoco quiere decir que la respuesta más simple sea la adecuada y que el análisis de una situación no necesite de la lógica, la reflexión y los métodos empíricos, claro que no.

A mí me parece una herramienta interesante, sobre todo cuando me encuentro divagando y en un bucle de cábalas que parece que no tenga fin, porque entonces paro y me pregunto: «espera, ¿hay un ángulo menos obtuso por el que seguir?»

La navaja de Hanlon

¿No has pensado nunca que, a veces, parece que el mundo conspira en tu contra? ¿Que todo te sale mal porque debe haber una fuerza maligna del más allá que se ha obsesionado contigo y, como ha decidido ponerte trabas en todo lo que haces, ha dado órdenes a todos los que te vas encontrando para que te fastidien el día y saquen, encima, algún beneficio con ello?

Entonces es cuando te encuentras diciendo: «Qué mala es la gente, en serio».

Bueno, pues aun habiendo gente mala, incluso malísima (que la hay, no caigamos en eso de ser happy flowers y afirmar que «todo el mundo es bueno»), cuando te encuentres en esa situación en tu contra, ese día en el que todas las fatalidades se junten y no veas el momento en que llegue la mañana siguiente, no olvides  que siempre puedes ir a tu caja de herramientas, hacerte con  la navaja de Hanlon y recordar su principio :

Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez.

Patapam.

No me digas que no es como pasar de la oscuridad a la luz en un periquete: te apacigua los nervios y, además, de forma instantánea, te regala una perspectiva mucho más amplia para actuar de una forma más racional. Al fin y al cabo, la estupidez es más soportable que la maldad.

Las ventajas de recordar la navaja de Hanlon en nuestro día a día son varias. Para empezar, juzgando menos, podemos tener mejores relaciones y una mayor empatía hacia el otro.

Apuntes finales

Yo considero útil que nuestra caja de herramientas particular (ésa a la que acudimos cada vez que tenemos un reto o una decisión a tomar) tenga un compartimento para estas dos navajas.

Pero también me parece imprescindible identificar cuándo son las más adecuadas para utilizar, que no siempre lo serán: en algún momento podremos combinarlas con otras y, en otros casos, tendremos que ignorarlas a ellas.

De la misma manera que no utilizamos un destornillador para clavar un clavo, no podemos ir a ciegas con una sola navaja (ni tan solo con un único modelo mental), y tenemos que valernos de la lógica, la experiencia y a las pruebas empíricas.

«Todo debe hacerse tan simple como sea posible, pero no más simple». ―Einstein

Dos notas más:

1/ La navaja de Ockham puede relacionarse con El Canon de Morgan, aquél que prioriza las explicaciones más sencillas de entre todas las posibles, aunque, ¿qué es la sencillez? Es que yo creo que es un concepto muy subjetivo y si a eso le sumamos la complejidad del mundo, está claro que mejor utilizar la navaja con precaución, para no «cortarnos».

2/ La navaja de Hanlon me recuerda mucho a aquello del «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» que,  cierta o no,  siempre me pareció de «lo más», como de sabiduría infinita para vivir mejor y no perder tiempo lidiando con la ignorancia ajena. El reto, supongo, es delimitar dónde acaba la ignorancia y empieza la sabiduría, así como diferenciar la ignorancia de la maldad. No me parece fácil (vamos, para nada) pero la vida, sin esa clase de retos, sería menos vida y mucho más aburrida: nada, mejor aceptamos el reto y, ya que estamos, seguimos poniéndole una sonrisa.

 

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