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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de marzo 2019

Va de mármol y cinceles

[Vaya por delante que no soy ni una miniexperta en Arte y que divago a nivel calle, aunque intento ser lo más precisa con la información más objetiva].

La Piedad

Seguramente una de las respuestas más perspicaces de la Historia del arte es la que propició un joven Michaelangelo (tenía por entonces solo 23 años) cuando le preguntaron cómo había sido capaz de esculpir La Piedad [la que está en el Vaticano, que tiene varias] haciendo uso de un único bloque de mármol:

La escultura ya estaba dentro de la piedra. Yo, únicamente, he debido eliminar el mármol que le sobraba.

¿Te imaginas la cara de los presentes al escuchar sus palabras? Apuesto a que regresaron a sus casas totalmente patidifusos y que en los días sucesivos le dieron mil vueltas a la respuesta.

26-marmol-miguel.angel.cincel-la-piedad
Por supuesto, la foto del «antes» es un pretending, no la del bloque real.

De todos modos, a mí, lo que me deja loca perdida (más que su visión previa de cómo sería la obra terminada ―que decido relacionarlo con la genialidad y ya está―), es que sienta que él, como artista, solo es un canal para que el bloque se convierta en lo que estaba llamado a ser; y, bueno, me parece el escalón más alto de la existencia: el ser un lenguaje para expresar, a la vez, esencia y totalidad.

Y, encima, sin darle importancia: «he debido eliminar»…

(¿¿¿Perdona??? «No, Michaelangelo: no lo has hecho por accidente. Incluso si has dejado fluir ―y tal―, ha sido gracias a ti, que además escogiste el bloque tú mismo. Vamos, que el mérito ―gracia, iluminación, como quieras llamarle―es tuyo, por reconocer su potencial y danzar con él, sin añadirle nada extra. ¿Que dices que eres solo un canal?, Pues vale, ragazzo; pero menudo canal, y qué  bien sintonizado que estás. Gracias por tu magia»).

Michaelangelo es el exponente máximo de una de las dos técnicas clásicas que se utilizan en la escultura: la sustracción; la otra, como ya habrás adivinado, es la adición.

Y justamente en esas dos formas de esculpir, servidora reconoce las mismas opciones que tenemos disponibles para vivir nuestros días, que es el primer tema que quería tratar hoy.

Porque yo creo que en la vida podemos acumular o suprimir, mirar hacia fuera o hacia dentro, vivir desde la intuición o analizarlo todo.

De primeras, tengo claro que ninguna de las opciones es aplastantemente mejor que sus opuestos, pero sí que me pregunto hasta qué punto somos conscientes de que todas nuestras decisiones añaden o aligeran y de que emplear siempre solo una de las técnicas (en plan comodín) puede ser un error (que por eso hay las dos opciones, ¿no?).

Es más, me preocupa especialmente que en esta sociedad actual, la misma que nos tienta de forma constante al consumo y a la anexión, nos dejemos llevar por aquello que se nos presenta en ese momento y sin llegar a cuestionarnos si realmente nos interesa, necesitamos o queremos incorporar en nuestra vida; eso, sin entrar mucho en que incluso la misma tentación, pero cuestionada y reflexionada, podría ser una buena oportunidad para desprendernos de algo con lo que ya no nos identificamos.

Los esclavos

La segunda parte del tema de hoy tiene como protagonistas un grupo de esculturas (también de Michaelangelo), que son conocidas como Los esclavos. En total, hay seis: dos terminadas (El rebelde y El moribundo) y cuatro inconclusas, las conocidas como El atlante (o Atlas), El joven, El que se está despertando y El barbudo.

En la foto, El rebelde y los otros cuatro (por orden de enumeración).

26-marmol-miguel.angel-cincel-los cuatro esclavos

Para ponerlas en contexto, las seis formaban parte de un proyecto faraónico para un sepulcro papal encargado por Julio II en el que 40 figuras (lo sé, una barbaridad) iban a representar las ataduras de la vida humana.

Pero el destino tenía otros planes para ellas: en una de sus fases, la obra como tal fue cancelada y ninguna de las esculturas (ni las dos terminadas) acabaron formando parte del mausoleo, ubicado en la basílica romana donde, a priori, iban a quedar expuestas.

Dejando de lado las «ataduras» representadas, sí que me voy a detener en que las esculturas quedaran inconclusas porque, más allá de que Michaelangelo fuera uno de los pioneros en la estética del non finito, prefiero ponerle un poco de drama al asunto y pensar que en este caso las dejó tan sumamente inacabadas por estas dos razones:

1/ porque el proyecto le hacía especial ilusión y al cancelarse se pilló un berrinche monumental, un supuesto que tampoco es tan descabellado, que parece ser que ya había tenido episodios de furia en el pasado. De hecho, cuando se enteró de que los entendidos cuestionaban de que fuera realmente el autor de La piedad, le faltó tiempo para cincelar su nombre y dejar constancia de su autoría justo dónde se podía percibir más, en la cinta de Miss que lleva la virgen).

y 2/ porque se dio cuenta de que, dejándolas así, el mensaje de las esculturas cobraba una fuerza mayor. ¿Y acaso no es verdad? Tú miras las esculturas y, más allá de los apegos mundanos que se querían representar, también aprecias sufrimiento, dolor y desesperación; la dificultad de los cuatro para llegar a ser; la tensión entre la piedra y la vida que pide liberarse; la carga que aprisiona al atlante; aquél que se esfuerza por despertar sabiéndose aun dormido; las ansias del joven por «completarse»… Y así.

Apuntes finales

Imagina que el bloque de mármol de Michaelangelo es tu vida, ¿qué técnica de escultura utilizas?

Es más, si vas añadiendo elementos, ¿lo haces con más mármol? ¿Incorporas, si acaso, nuevos materiales? Y, si es así, ¿suman o restan al conjunto? ¿Recargan o complementan?

(Y con «elementos» me refiero a cosa, personas y experiencias, hagámoslo del todo transversal).

Quede claro que no abogo por el suprimir por suprimir (creo que algunas veces las tendencias minimalistas se convierten en una obsesión) o porque no nos traiga la felicidad (olvídate de Marie Kondo).

De hecho, muchas veces, la combinación puede dar lugar a un conjunto más bello inspirador; no sé, así a bote pronto, las propuestas escultóricas de Pablo Martínez, que muchas veces mezclan hierro y madera, y que me requetencantan. (Vamos, que si un día quieres hacerme un regalazo, ya sabes).

Por supuesto, lo ideal sería encontrar el equilibrio entre ambas opciones (y, más importante aun, que ese mismo equilibrio permitiera vivir en paz con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea); pero no te voy a descubrir nada nuevo si te digo que, a día de hoy, la tendencia es multiplicar mucho y restar más bien poco.

La clave sería suprimir lo superfluo y añadir solo lo que realmente sentimos que nos enriquece (y da un nuevo valor a nuestra vida). ¿El reto? Saber cuándo parar de cincelar o añadir; identificar en qué situación nos conviene más Rodin y en cual Michaelangelo.

Y a ti, ¿te inspiran de algún modo La piedad y Los esclavos inacabados? A mí, estos últimos me han recordado un poco a este destello sobre la liberación.

[Nota posterior]: te invito a que complementes esta entrada con estas esculturas vivientes, también en proceso de ser.

De tres albañiles y una niña curiosa

[Versión libre de un cuento que alguien te explica en un día cualquiera y te quedas con su esencia]

Cuenta esta historia que había una niña curiosa que, desde la ventana de su casa, veía tres albañiles trabajar: la tarea era de lo más repetitiva y los tres hacían lo mismo.

Pasaron algunas semanas, y la niña, que también era muy observadora, ya podía identificar perfectamente a los tres albañiles. Es más, aun desconociendo sus nombres, podía adivinar cómo cada uno iba a afrontar la jornada, incluso antes de empezarla: uno, el más alto, lo haría con aire molesto, «así como enfadado»; el segundo, El rubiales, como lo llamaba ella, «como si le pesara la vida»; y el tercero, que canturreaba sin parar, «como si trabajar fuera su pasatiempo favorito».

Y llegó el día en que, cada vez más intrigada con la obra y los tres albañiles, se armó de valor y, se acercó a ellos.

―Perdone, señor, ¿qué está haciendo? ―le preguntó al primer albañil.

―Menuda pregunta estúpida ―le contestó él ofendido por la intromisión. ―¿No ves que estoy poniendo ladrillos? Vete a tu casa y déjame trabajar ―prosiguió de forma faltona―.

La niña, un poco disgustada con la respuesta, decidió probar con el segundo albañil: su curiosidad podía más que su decepción.

―Perdone señor, ¿qué está haciendo?

―Nada importante, hija: solo levantando una pared…

Finalmente, no satisfecha con lo del «solo levantado una pared», decidió acercarse hasta el último abañil, «el albañil cantarín».

Y, ante su sorpresa, no le hizo falta iniciar la conversación, porque fue él quien la empezó.

―¡Muy buenos días, jovencita! ¿Eres tú la niña de la ventana, verdad? Al final te has decidido a venir a saludarnos, qué alegría me da.

Por supuesto, agradecida y contenta por tan magnífica bienvenida, la niña le contestó con cierta timidez:

―Sí, soy yo… Es que como aquí en el pueblo hay pocas novedades… Y, bueno, sentí curiosidad. ¿Te puedo, entonces, preguntar qué estás haciendo?

―Por supuesto que sí: ¡estoy construyendo vuestra «catedral»!

Reflexiones finales

Sería o no una catedral (quizá una biblioteca, un centro social o un museo antropológico, que yo prefiero darle un toque metafórico); pero es que da igual, podría ser también el nuevo colmado del pueblo, eso es lo de menos.

Este cuento nos recuerda la importancia de la [buena] actitud y cómo afecta a nuestra vida; de cómo una sonrisa nos permite lidiar mejor con los acontecimientos de la vida, haciendo que los buenos momentos sean (mucho) más placenteros y los «malos», que también los hay, menos espantosos.

La actitud de los dos primeros albañiles es veneno para sus vidas: ni el enfado ni el desdén permanentes (recordemos que la niña hacía ya tiempo que les observaba) son de ninguna ayuda más allá de aumentar su ira o su desesperanza.

El tercer albañil, en cambio, tiene una actitud más positiva: es el que pone alegría y mimo en lo que hace; el que encuentra un sentido a su trabajo; el que valora y busca la excelencia.

Porque sí, voy a asumir que es un profesional como la copa de un pino:

«Si un hombre es llamado a ser barrendero, debería barrer las calles incluso como Miguel Ángel pintaba, o como Beethoven componía música o como Shakespeare escribía poesía. Debería barrer las calles tan bien que todos los ejércitos del cielo y la tierra puedan detenerse y decir: aquí vivió un gran barrendero que hizo bien su trabajo». ―Martin Luther King

Y, de la mano de la buena actitud, esa búsqueda de excelencia; exactamente la misma que llevó a la Bartholdi a peinar de forma impecable a Libertad o a Jiro Ono a preparar el mejor sushi del mundo mundial; o, por poner otro ejemplo más mundano (y sin estrellas Michelín), el afán de Ramón a conseguir que la tortillaZA de patatas de los martes salga «perfecta»; ¿o acaso la búsqueda de la excelencia debería ser solo en el campo profesional, o cuando nos miran/evaluan? Pues eso.

Pero el cuento tiene una protagonista secundaria que no podemos menospreciar: la curiosidad, ese fantástico motor para la empatía, para sorprendernos, para enriquecernos con la diferencia.

Termino (casi) ya, pero antes:

1/ te animo a que valores el grado de actitud, excelencia y curiosidad que pones en tus días.
2/ te regalo un guiño de esos que hacen que la vida sea mucho más dulce. ¿El protagonista? un barrendero (no el de Momo, que también tuvo su espacio en el blog ), sino uno de bien salao’ que alegra la hora de recreo de los más pequeños.

[Nota extra]: uno de los temas estrella de este blog es la actitud. Aquí encontrarás algunos artículos y destellos en los que ha sido protagonista.

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