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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de diciembre 2017

California Typewriter

Para ti una máquina de escribir es…

(Algunas opciones posibles divididas en dos grupos)

GRUPO A:

  • Un trasto inútil.
  • Un invento del pasado, sin más.
  • ¿Una qué?
  • Un objeto de decoración, quedaría genial en mi estantería.
  • ¿La madre del ordenador?
  • El nuevo grito hípster tras la recuperación del vinilo y la polaroid.

GRUPO B:

  • Una oportunidad para inmortalizar mis ideas y pensamientos.
  • Una rebeldía.
  • Un instrumento musical.
  • Algo que puedo desmontar.
  • Una musa inspiradora en mis creaciones (literarias o no).
  • El objeto de mi obsesión y mi forma de vida.

Ignoro cuál habrá sido tu respuesta, pero los protagonistas de hoy están todos en el grupo B.

Sus testimonios los recoge un documental que vi el otro día; y, como me encantó, he decidido dedicarle unas líneas y compartir mis impresiones esta misma semana. Y es que, ¿para qué esperar?

El documental

California Typewriter recoge perfiles de distintos artistas, escritores y coleccionistas que son amantes de la máquina de escribir; pero no solo de ellos, sino también el de una familia que se dedica a repararlas y que, a pesar de las dificultades de mantener a flote el negocio, siguen creyendo y dedicándole pasión a lo que hacen. De hecho, el nombre de la tienda es justamente el que pone título al documental: California Typewriter.

Te sorprenda o no, las máquinas de escribir despiertan muchas pasiones. El archiconocido actor Tom Hanks, por ejemplo, tiene una colección de 250, la mayoría de ellas en condiciones perfectas. Pero hay más, porque, no solo las colecciona, sino que también las usa, incluso tiene sus preferidas (¡Y su preferida entre sus preferidas!), sobre todo para escribir notas de agradecimiento; así que si eres fan de él y quieres decirle algo, utiliza el correo tradicional y puede que te lea y que incluso te conteste desde una de su Smith Corona Silent, su favoritísima.

Pero, ¿por qué crees que Hanks opta por la máquina de escribir, los sobres y los sellos en vez del ordenador (o el móvil) y escribir un email (o un whatsapp)?

Pues por la misma razón que alegan muchos de los otros protagonistas del documental: por la permanencia de esas palabras tecleadas (e impresas) ipso facto, no guardadas en un archivo digital al que raramente volvemos para revisar o imprimir en papel (aunque eso sea una grandiosa noticia para los bosques, que una cosa no quita la otra).

En el documental, la máquina de escribir produce pruebas tangibles de la creación como una rebelión contra lo efímero de la información digital y que de alguna manera, inmortaliza el proceso de creación y complementa la biografía del creador: borradores, descartes, esbozos…

En cierta medida, es un poema de amor (que sería escrito a máquina, por supuesto) a un objeto que quedó obsoleto pero que tiene la facultad de despertar inspiración y lealtad (incluso sumidos como estamos en la era digital), y sin entrar en competir por conseguir una máquina de escribir mejor que sus antecesoras.

La mejor máquina de escribir ya se hizo.

La última fábrica de máquinas de escribir del mundo se cerró en 2011, en Bombay (India), después de una lenta agonía de un invento que fue toda una revolución en 1874. A falta de unas semanas para entrar en 2018, y casi 138 años después, parece que, las que quedan siguen resistiendo y «luchando» para tener un hueco en nuestras vidas.

Una máquina de escribir (y más allá)

Quizá no opines como yo pero yo creo tiene un punto romántico cerrar los ojos y fantasear con la imagen de ese escritor ermitaño que está en un momento de inspiración y teclea a un ritmo trepidante las palabras que van creando su historia y una melodía de clics y dings que cobran vida propia. (Curiosamente, ahora me ha venido a la cabeza El resplandor que romántica romántica, pues la peli no es).

De todos modos, reconozco que no me veo del todo usando una máquina de escribir, más que nada porque creo que me arruinaría en tippex que, por cierto, no sé ni si existe. Lo que me lleva a esta pregunta: «De haber escrito cada publicación del blog la máquina, ¿cuántos borradores hubiera descartado? ¿cuántos carretes de tinta extra hubiera utilizado? Y más escalofriante aun: ¿cuánto papel hubiera desperdiciado?».

Tampoco me veo conviertiéndola en un instrumento musical y componer una pseudosinfonía (soy negada para la música). En lo único que me podría ver es desmontando piezas y juntándolas para crear como mucho, obras en abstracto, que tampoco me sobra el talento plástico.

Gracias a los cielos, ya hay gente talentosa que se ocupa de ello.

Y, para muestra, un botón, porque mira qué dos descubrimientos más mágicos: una orquesta formada únicamente por máquinas de escribir que busca la musicalidad de las teclas (dando un paso más a La máquina escribir de Leroy Anderson) y un artista que, atención, crea su arte solo y exclusivamente ensamblando piezas de máquinas de escribir desmanteladas que no pueden ser reparadas; y es flipante y admirable (y qué pena no haber sido yo quien le comprara su ciervo, aunque nunca llevo suelto).

The Boston Typewriter Orchestra:

Jeremy Mayer:

Incluso hay una revolución en marcha, con su propio manifiesto a favor de la máquina de escribir y en contra de esa «hipnosis digital» que, alega su autor, nos hace menos libres y menos espontáneos.

Algunas reflexiones

Depende de la edad que tengas, una máquina de escribir puede llevarte a la nostalgia de tiempos pretéritos o simplemente a verla como una reliquia jurásica de un pasado que te queda demasiado lejos como para recordar porque no lo viviste (que lo mismo me pasaría a mí con un gramófono, por ejemplo).

Sea como sea, hagámonos a la idea de que el olvido y la nostalgia son los más probables destinos de cada invento y que, de aquí unos lustros (seguramente pocos), el teléfono inteligente también será parte de la Historia. Y así con todos los artilugios, porque al al ritmo que va la tecnología, algo «innovador» pasa a ser «obsoleto» al cabo de un suspiro… o nos lo hacen creer así.

De ahí que las alternativas que apuestan por lo lento y se centran en el proceso más que buscando la máxima eficiencia de loquesea, me parecen apuestas revolucionarias que no debemos descartar y que deberíamos tener en cuenta.

Y no me refiero a cambiar drásticamente de vida, pero sí a reajustar nuestros días y quizá plantear algunos cambios para que nuestras decisiones sean más conscientes, más «pensadas» y no tomadas siguiendo la voluntad de la tecnología, algo que ya he tratado en este blog, sea en destellos o artículos.

La gente se da cuenta de que no todo tiene que ser completamente eficiente, no todo tiene que ser orientado a objetivos, pero puede disfrutar el proceso en sí mismo.

Te invito a parar (una vez más) y reflexionar sobre la eficiencia y un disfrute en el proceso que puede ser menguado justamente por la inmediatez de todo, sobre el desapego y gusto por lo nuevo, y también sobre la creatividad, sobre los distintos usos que le puedes dar a un objeto que ya no sirve para su fin. La tecnología ¿nos hace ser cada vez menos humanos, buscando eficiencia y perfección en vez de aceptar los errores y crear desde la belleza y la espontaneidad?

Y eso me recuerda al nuevo candelabro que tenemos en casa, hecho con una cafetera de émbolo BODUM de principios de milenio (sí, duró lo suyo) y que se rompió hace algunas semanas. Lo bien que lo pasamos pensando cómo podíamos reutilizarla no está escrito y lo feliz de conservarla (vale, llámame nostálgica), tampoco. Lo que sí que te digo es que este fin de semana, cuando vayamos al pueblo, buscaremos la vieja Olivetti para ver si es recuperable o la convertimos en parte del museo particular en nuestra casa. Y es como nos dijo una vecina: todo lo que tenéis dice algo, no sé donde mirar. Y vaya si estaba en lo cierto. Pero eso otro día, que se me acaba de ocurrir una idea.

Extra: batallón de preguntas, dos ideas y una reflexión

#1. El batallón de preguntas:

¿Cuál es tu relación con la tecnología? ¿Te ayuda o te somete? ¿Qué valoras más en tu vida, la velocidad o el proceso? ¿Vives en coherencia con ese criterio? ¿Cómo te relacionas con el mundo virtual y con el mundo más físico, el de la interacción real y genuina con los que te rodean? ¿Cuál de los dos mundos consideras más vital para tu existencia?

#2. Las dos ideas:

1/ De la misma manera que Tom Hanks escogería su Smith Corona Silent como su máquina de escribir favorita, ¿tienes tú algún objeto viejo en casa (o en el desván, a no ser que estés en una etapa minimalista) que sea objetivamente inútil pero que te inspira de algún modo u otro?

y 2/ ¿Se te ocurre un haiku, una poesía corta o una frasecilla que te gustaría inmortalizar en tinta? Yo he escogido una mía y una de Ramón (es que la suya me gusta más) en una etapa que nos dio por escribir una poesía al día, sin mayores pretensiones que dar rienda suelta a la imaginación. Y, bueno, aquí están, con un «toque typewriter».

En la percha del tiempo colgaste una chaqueta con los bolsillos repletos de vivencias.
―Ra

Aire que respirar
Agua que beber
Vida que vivir.
―Na

#3. La reflexión:

Puede que escribir a máquina, de la misma manera que envías una carta escrita a mano, intensifique el significado de las palabras, del mensaje que quieres transmitir, que yo creo que lo hace. Quizá, ante la sorpresa y la falta de costumbre, arrancarás una sonrisa al receptor y valorará tu esfuerzo. (Y me acabo de acordar de la postal cumpleañera que me envió mi amiga Marta).

Y ahora sí, para terminar del todo, un «juego», a lo Cifras y Letras: ¿qué palabra puedes formar con la fila de letras que está más arriba del teclado… (en inglés, pero fácil solo habiendo leído este post).

Clics, dings y hasta la próxima.

Oración a la vida

Ay, la vida.

Esa misma que nos regala buenos momentos pero que también nos sorprende con infinidad de retos; esa misma que nos hace reír y amar, pero también llorar y patalear; aquella que parece que damos por garantizada aunque fríamente sepamos que no somos más que seres efímeros.

Ay, la vida.

Hoy me apetece compartir contigo un poema que escribió Lou Andreas-Salomé en 1881 y que envió a su amigo Friedrich Nietzsche en una de sus cartas.

Lou Andreas-Salome oracion a la vida himno a la vida nietzsche

Pero el destello no acaba aquí, porque nos brinda un nuevo ejemplo de ese arte que tiene un efecto dominó, como el que te traje con Pequeño vals vienés.

Y es que Nietszche se sintió tan identificado con el poema, que no solo lo nombró en su libro Ecce Homo, que así lo hizo, sino que también decidió musicalizarlo, creando una melodía y adaptando un poco la letra. En 1887, su amigo Peter Gast profesionalizó la composición y la adaptó a coro y orquesta.

Nació, así, «Himno a la vida» y ahí va una de las interpretaciones, la que más me gusta:

Tanto Lou como Friedrich entendían que el dolor forma parte de la vida y que, por tanto, hay que «abrazarlo» en todo su esplendor. (Sí, aunque nos sigan avasallando diciendo que la vida es de color rosa y que todo es mega de estupendo, y que si sufres solo es porque te lo mereces, lo buscas o lo deseas de forma inconsciente).

En todo caso, ¿borrarías el sufrimiento? Antes de contestar, recuerda a Joel que en el momento de dar el paso, decide conservarlo y el poder de la tristeza que tan bien exaltó la película Del revés (Inside Out).

OBJETIVO 1 ¿Y si te animas a escribir unas líneas a la vida, a tu vida?
OBJETIVO 2: Hay una novela (no ensayo) de Irvin Yalom en la que el autor da pinceladas sobre la relación entre Lou y Friedrich: El día que Nietszche lloró. También hay película, pero a mí no me acabó de convencer.
PROTAGONISTAS: Lou Andreas-Salomé y Friedrich Nietzsche
CATEGORÍA: Esa vida que despierta muchas pasiones e infinitas preguntas pero que necesita ser vivida y aceptada en todo su espectro

[Nota] Hay varias traducciones del poema de Lou. Yo he escogido la de Antonio Pau.

Pide un deseo

Te presento una historia fruto de la imaginación de la escritora argentina Liana Castello.

Y sí, te va a gustar. Es más, casi seguro que cuando acabes la lectura buscarás un momento para pedir un deseo.

El cuento

Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, mi madre nos decía, con frecuencia, a cada uno de nosotros «pide un deseo». Si pasábamos por debajo de un puente por el cual estaba cruzando un tren, nos indicaba que cerrásemos con fuerza los ojos y pidiésemos un deseo. Tres ─y muy concentrados─ en el momento de soplar las velitas cada cumpleaños. Uno si veíamos una estrella fugaz; varios si encontrábamos un panadero o un diente de león para soplar y hacer volar nuestros deseos por el aire.

Cuando ella cumplía años me gustaba observarla frente a las velitas; cerraba sus ojos, nos solicitaba que estuviésemos muy cerca de ella y, luego de un rato de mucha concentración, soplaba las velas y sonreía como convencida de que aquellos deseos que había pedido se convertirían en realidad.

Yo le hacía caso y no perdía ocasión de pedir mis deseos y, en la inocencia de mi niñez, creía que todos se cumplirían. Sin embargo, no todos se hacían realidad. Recuerdo cuando pedí que mi muñeca pudiese conversar conmigo y que aprendiese a escribir para que nos pudiésemos enviar cartas, eso jamás ocurrió. Yo no me desilusioné, pensaba que tal vez a mi muñeca le costaba aprender a hablar y a escribir, tal como a mí me costaba atarme los cordones solita, y esperé con paciencia que ese deseo se cumpliera.

Siempre me pregunté por qué para mi madre era tan importante que pidiésemos deseos y de niña no encontré la respuesta, me divertía y pensaba que, si ella nos lo pedía, una buena razón habría. Yo lo hacía y ya. No sabía tampoco si se cumplían sus deseos o no, pero no me atrevía a preguntarle porque ─aun siendo pequeña─ yo sentía que los deseos eran algo íntimo, propio y se debían guardar para uno.

El tiempo pasó, y, siendo ya una jovencita con muchos deseos pedidos debajo de un puente por el cual pasaba un tren, soplando velitas o mirando caer una estrella fugaz, me daba cuenta de que no bastaba con cerrar bien los ojos o soplar muy fuerte.

¿Qué había que hacer entonces para que los deseos se cumplieran? ¿Habría aprendido mal a pedirlos y por eso muchas veces no tenía suerte?

Entonces, un día decidí que era tiempo de averiguarlo y, a pesar de que seguía pensando que los deseos eran algo muy íntimo, le pregunté a mi madre cuál era su secreto para que todos sus deseos se cumplieran.

Para mi sorpresa, me replicó:

─¿Quién te ha dicho que todos mis deseos se han cumplido? ─Sonrío y me acarició el rostro.

Le expliqué que desde niña había visto la sonrisa en su rostro al pedir sus deseos, su insistencia y su entusiasmo. Que siempre me había parecido que, si tanto nos pedía que lo hiciéramos, era porque sabía que tendríamos la suerte de ver nuestros deseos realizados.

Mi madre me miraba y seguía sonriendo. Desorientada, pregunté:

─¿Se cumplieron o no?

─No todos ─respondió.

─¿La mayoría? ─volví a preguntar.

─No lo sé ─contestó.

Su respuesta me desconcertó. ¿Cómo no saber? ¿Cómo no recordar si un deseo se había hecho realidad? ¿Por qué tanta insistencia si muchos no se cumplían, si incluso alguno ni siquiera lo recordábamos?

Entonces mi madre me dijo algo que jamás olvidé.

─El simple hecho de pedir un deseo es en sí mismo un acto mágico. Ese instante mientras soplamos una vela, observamos una estrella fugaz o vemos volar nuestros deseos en una flor de diente de león es maravilloso. Lo más bello de pedir un deseo es la ilusión que sentimos al hacerlo porque no sabemos si se cumplirá o no, pero lo pedimos con fe, convencidos de que se hará realidad, y eso ya nos hace felices.

Yo la miraba intentando entender.

─¿Sabes qué? ─prosiguió─. La felicidad se mide en momentos, en su mayoría pequeños y simples, tan simples y tan pequeños como soplar velitas de cumpleaños ¿Sabes otra cosa? ─preguntó tomándome la mano─. Desear, soñar, ilusionarnos enriquecen nuestra vida, la hacen más bella y le dan otro sentido. ¿Qué sería de una existencia sin deseos? Nadie sabe qué sucederá mañana. ¿Cómo saber si nuestros deseos serán algún día realidad? Lo más importante no es que los deseos se cumplan siempre, lo más importante es el mágico e inmenso hecho de soñar y de desear.

Jamás olvidé esas palabras, fue una de las enseñanzas más bellas que me dejó mi madre, por eso, nunca pierdo ocasión de pedir un deseo.

Sea una estrella fugaz, un diente de león o un tren pasando por un puente, aprovecho ese momento único, simple y pequeño para ilusionarme, y la sola ilusión ─sin certeza alguna─ me acerca a la felicidad, y sé que así, de ese modo, seguramente estaré cumpliendo un deseo de madre.

Momentos de reflexión

Pues eso: «Lo más importante no es que los deseos se cumplan siempre, lo más importante es el mágico e inmenso hecho de soñar y de desear».

¿Es o no es una gran revelación (cuando no un recordatorio) de esos que merecen un pos-it en la nevera?

Yo creo que sí, que merece ser recordado y que, de hecho, incluso quita presión: pase lo que pase, ese momento de vitalidad que nos entregó el mero hecho de desear no nos lo quitará nadie. Y esa vitalidad es motor para seguir y seguir mejor.

Además, tenemos un montón de momentos para pedir un deseo, más allá del día de nuestro cumpleaños, de que divisemos una estrella fugaz o de soplar un diente de león, y eso sin contar la posibilidad de encontrarte un trébol de 4 hojas o que se te aparezca un genio frotando esa lámpara que compraste en el mercadillo.

Cualquier excusa es buena, sobre todo en esos días grises que tenemos todos y que tendemos más al negro que al blanco, así que ten además unas velitas de té a mano, que nunca sabes.

Al fin y al cabo, si no ponemos un poquito de esperanza, ilusión, vitalidad e imaginación, ¿qué sería de nuestras vidas?

Te lo digo yo: un rollazo, cuando no una pesadilla.

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