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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de noviembre 2016

Ikigai

El protagonista del destello de hoy es una única palabra.

Pero no una cualquiera, sino una que alberga la esencia de tu alma y de su fuerza vital.

Porque, ¿qué has venido a hacer en esta vida?

Lo sé, es la pregunta del trillón (que incluso millón y billón quedan cortos) y, además, todo un reto, pero te animo a que les des una vuelta, aunque solo sea como una «primera y pequeña aproximación».

O, si quieres, puedes optar por esta pregunta alternativa: ¿qué te carga las pilas mañana tras mañana, mucho más allá del despertador, del café y de tu agenda abarrotada? Si contestas «pues creo que nada», es justamente cuando tienes que tomarte más en serio el asunto e identificar qué es lo que te las cargaría. O lo hace ya, pero no te has dado cuenta, que también sería interesante.

El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive. —Fiódor Dostoyevski

Tu respuesta será también tu ikigai, que se compone de dos palabras: iki (vida) y gai (algo así como «que merece la pena», aunque tiene otras acepciones).

Sería tu propósito, el resultado de la intersección entre pasión, misión, vocación y profesión. Quizás te suena y lo has visto representado en una imagen de este tipo enfocada al mundo laboral:

ikigai-propuesta-vida

Para mí, más allá del propósito profesional, el concepto está más acorde en sentir que vivimos en plenitud y en armonía, desde la coherencia de lo que realmente somos mientras dejamos que madure, florezca y se perfeccione con el tiempo, desde el ahora y dándonos la fortaleza para seguir adelante, que no siempre es fácil.

ikigai

OBJETIVO 1: Preguntarte si has encontrado tu ikigai. ¿O estás en ello? Yo, personalmente, sigo en su maduración, aunque creo que nunca acaba de madurar del todo, que siempre se va perfeccionando y adaptando al «ahora».
OBJETIVO 2: Identificar hasta qué punto vives conforme a tu esencia.
CATEGORÍA: Palabras que son todo un mundo en sí mismas.

Lo que puedes aprender de Jiro Ono y su sushi de 3 estrellas (Michelín)

No soy muy fan del sushi (me seducen más los noodles de arroz, el curry korma  y la tortilla de patatas, ejem) pero reconozco que, después de ver el documental que te presento hoy, me dieron ganas de degustar «mismamente ya» el surtido de 20 piezas que prepara su protagonista con esmero y pasión.

Las lecciones de vida de este post provienen de un máster del sushi que el pasado septiembre cumplió 91 años y que está considerado Tesoro Nacional en Japón.

Pero es que, más allá de ser el mejor chef de sushi a escala mundial (lo más probable es que así sea), lo que me parece revelador es cómo vive el proceso y cómo lo presenta, algo así como una «sinfonía de sabores».

Se llama Jiro y te invito a conocerlo más allá de su «pequeña» obsesión.

Pero primero, como siempre…

7 pinceladas

  • Jiro Ono es un chef japonés especializado en sushi.
  • Regenta un pequeño restaurante (sólo para 10 comensales) en Ginza, que está en Tokio, Japón.
  • Fue el primer cocinero en conseguir 3 Estrellas Michelín.
  • Vive por y para el sushi. Es su leiv motiv.
  • El restaurante no dispone de carta con entrantes y postres; lo que hay ese día es lo que se sirve y punto, no se puede elegir.
  • A lo largo de los años, ha compartido su maestría (siempre perfeccionándola) con sus dos hijos (Yoshikazu y Takashi) y también con los distintos aprendices que han ido pasando por el restaurante.
  • Es el protagonista del documental Jiro sueños de sushi (2011).

Las 5 lecciones de Jiro

☴ Cada una incluye una RESU, REflexión SUgerida ☴

#1. Comprométete con lo que haces sí o sí.

No me queda claro si lo de Jiro y el sushi fue amor a primera vista o un sentimiento que fue creciendo poco a poco, pero creo que no me equivoco si digo que, cuando Jiro se dio cuenta de que «lo amaba», se comprometió con él para siempre: hacían un buen tándem y poniendo empeño, dedicación y energía, iba a ser una relación duradera.

Desde entonces, su máximo objetivo ha sido conseguir siempre el mejor sushi posible, superándose día tras día.

Todo lo demás pasó a a ser secundario y  «solo»  consecuencias de su dedicación.

☴ RESU: ¿Hasta qué punto te comprometes con tus decisiones?

#2. El objetivo es la maestría.

El enfoque de Jiro no está en la fama ni el dinero sino que, después del compromiso, su atención está en el perfeccionamiento, en seguir investigando y optimizando el proceso.

Más allá de sus 3 Estrellas Michelín, las magníficas críticas cosechadas durante todos estos años y de las figuras internacionales que se han convertido es sus comensales, él se siente realizado cuando cada menú y cada servicio se convierten en una pequeña obra maestra.

A día de hoy, y más de 70 décadas más tarde, todavía sigue superándose y tratando sus creaciones incluso con más mimo (si cabe).

El dinero (que debe tenerlo a raudales) es «solo» una consecuencia de su dedicación plena al sushi, pero no le da mayor importancia.

☴ RESU: ¿Das lo mejor de ti y vas mejorando de forma continua?

#3. Cuando se juntan la simplicidad y el detalle sucede la magia.

Jiro no es un loco de la «innovación» y no experimenta con nuevas formas de preparar el sushi, así que ni lo deconstruye, ni lo esferifica, ni le mete nitrógeno líquido, ni lo somete a lo.que.sea de turno.

Lo que hace él es enfocar en perfeccionar todas y cada una de las partes del proceso tradicional, mimando cada detalle y así crear al comensal una experiencia única, sublime y memorable.

(Ooooooh…)

Jiro atiende con mimo el marinado del pescado que ha seleccionado con el máximo cuidado,  la cocción del grano de arroz que considera más sublime, las porciones de las piezas… Por otro lado, también estudia la disposición de la barra en la que sirve, quién sentará al lado de quién, los gestos y expresiones de sus comensales, si son diestros o zurdos, si el cliente es hombre o mujer… (Sí, incluso eso; luego te lo cuento).

☴ RESU: ¿Recargas lo que haces? ¿Sabes la esencia y lo importante de lo que haces? ¿Pones atención en cada detalle?

#4. Las rutinas también pueden ser creativas.

Día tras día, década tras década, Jiro hace exactamente lo mismo, desde que se levanta hasta que se acuesta.

Algo extremo, sí  (y, por otra parte, también «algo» ¿aburrido?), pero, si lo piensas bien, también tiene una clara ventaja.

Y es que, entonces, no tiene que dedicar tiempo a decidir qué hacer, cuándo y cómo, y puede centrarse únicamente en lo suyo: hacer el sushi perfecto, día sí y día también.

Jiro rompe el mito de que, para crear y evolucionar, debemos aventurarnos a lo desconocido, a hacer cosas distintas.

Bueno, pues olvídalo: no siempre es así y la innovación puede estar en la rutina, aunque parezca paradójico.

☴ RESU: ¿Qué mini rutina podrías añadir en tus días para mejorar lo que ya eres y das al mundo?

#5. El éxito requiere perseverancia y muchísima paciencia.

La formación de los aprendices de Jiro dura 10 años y se divide en varias fases que van superando solo cuando han conseguido llegar a la perfección de cada una de ellas.

Muchos de los alumnos no pasan del primer día, y otros tantos se quedan en el camino.

Y es que aprender con él requiere compromiso total, perseverancia, motivación y tener muy claro para qué lo haces, no solo el por qué.

Quizás no es tu caso,pero yo sé que nunca sería una buena aprendiz de Jiro, y más allá de que no considere una prioridad hacer sushi, ni perfecto ni imperfecto. Pero es que, además, no me veo masajeando un pulpo 40 minutos seguidos (que es una de las tareas diarias a la que me tendría que enfrentar en las primeras fases) ni tampoco contando 199 intentos fallidos de tamago (que se prepara con huevo asado) para que, en mi número 200, Jiro me dijera que había conseguido que quedara bien y yo me sintiera feliz.

Descartando que un día me convierta en una máster chef del sushi, sí que entiendo (cada vez más y más y más) la importancia de la perseverancia y el compromiso.

La clave, eso sí,  es encontrar el qué: ése es el verdadero reto.

☴ RESU: ¿Cómo vas de paciencia? Si tu respuesta es «más bien en horas bajas», recuerda el cuento del bambú que, además, como Jiro, también es japonés.

Apuntes finales

No creo que Jiro sea una de esas personas fáciles con las que tratar, pero, teniendo en cuenta que aquí todos hemos nacido con un cometido distinto, me parece genial que el suyo sea conseguir esa danza perfecta con el sushi para deleitar paladares y que no sea el alma de la fiesta.

Eso sí, me parece un poco «extremo» aquello de llevar lo de la rutina tan a raja tabla, sin posibilidad de margen, sobre todo porque él mismo confiesa (sin confesar) que se siente perdido si no sigue sus rutinas, aunque éstas hayan sido fundamento de lo que es hoy.

¿Con qué me quedo? Con su dedicación a la excelencia y con aquello de que la innovación no siempre está en la novedad.

Y aunque no sea literal…

La magia de los trabajos de ensueño aparece solo de forma paulatina y como reconocimiento del esfuerzo y un compromiso de por vida. —Jiro

Te dejo con una última pregunta: ¿en qué quieres ser excelente?

[Curiosidad]: Jiro prepara las porciones de sushi algo más pequeñas para las mujeres. Dice que si fueran de igual tamaño que las servidas a los hombres, cuando terminaran las 20 piezas que incluye el menú, se sentirían demasiado llenas y, por tanto, la experiencia sería menor.  Pero vamos, yo creo que si me conociera a mí tendría que repensárselo; no sabe hasta qué punto puedo «dilatar» mi estómago si algo me gusta…

«Dame 3 notas»

Sí, solo 3, las suficientes para dar paso a la magia.

El destello de hoy tiene carácter cinematográfico así que si te encuentras diciendo: «En serio, ¿otra vez con lo de las películas?» 1) te entiendo  (ya he perdido la cuenta del peso que tiene el séptimo arte en este blog) y 2) te adelanto que no será la última.

Pero es que no lo puedo evitar: hay algunas escenas de la historia del cine que me conmueven, me inspiran y me impulsan a la reflexión.

(Eso, cuando no es la película entera la que me conquista y entonces me da por diseccionarla).

Bueno pues, algunas de esas escenas, las más amables (tengo un criterio de corte estandarizado y las más «dramáticas» me las guardo para mí, que no es cuestión de que te fastidien el día, que quizás lo harían, sobre todo si no están contextualizadas), «me invitan» a compartirlas contigo.

La escena de hoy es una de ellas y, de hecho, es una de mis favoritas.

Pertenece a la película OXV: The manual (o Frecuencias).

Te cuento que el vídeo está en inglés y que no tiene subtítulos, pero como solo hay 40 segundos de diálogo (propiamente entendido como tal), no son imprescindibles.

Al fin y al cabo, lo importante (y mágico) es lo que sucede después.

Eso sí, para que no te pierdas la totalidad del momento, la he contextualizado un poco:

  • El adulto (Strauss) pregunta al niño (Zach) si toca el piano.
  • El niño le dice que no, que es un negado para la música, que le han dicho que es incapaz de seguir el ritmo.
  • Strauss le contradice afirmando que todo el mundo es capaz de tocar algo y que, para hacerlo, solo se necesita poner el corazón, el alma y un poco de imaginación.
  • Le reta entonces a probar pidiéndole que le dé 3 notas totalmente al azar.
  • Tras pensárselo unos segundos, el niño, algo incrédulo y desafiante, decide dárselas…

Me gustaría que te quedaras con la confianza absoluta que muestra Strauss en el proceso y en Zach, y también con la evolución del pequeño, en su cambio de actitud, en esa conversación más allá de las palabras y cómo, el momento que vive, llega a cambiarle la expresión de su cara.

¿Te apetece verlo?

OBJETIVO 1: Identificar alguna ocasión en la que pensabas que no podías conseguir algo y, al final, era tan fácil como poner corazón, alma y un poco de imaginación.
OBJETIVO 2: Preguntarte hasta qué punto te dejas llevar por los límites impuestos o fluyes en tus elecciones.
CATEGORÍA: Escenas de películas que rompen esquemas y hacen pensar.

Zanahorias, huevo, café

No recuerdo la primera vez que leí, me contaron o escuché esta historia, pero creo que es una de las que vale la pena recuperar de vez en cuando.

Y hoy es ese cuando.

Te la cuento de memoria, con (pequeñas) aportaciones propias, pero, eso sí:, con los mismos protagonistas y sin cambiar la moraleja final.   Desconozco su autoría real y quedarme con la primera versión que encuentre en internet, pues tampoco: prefiero utilizar mis palabras.

Completa la frase: «Frente a las adversidades yo…»

La vida es un 10% lo que nos sucede y un 90% cómo reaccionamos frente a ello. —Charles R. Swindoll

El cuento

Había una vez una hija que se estaba quejando a su padre.

Se quejaba de lo mal que le iba todo y de cómo las cosas le resultaban siempre difíciles.

Y es que incluso cuando le iban bien, al final se torcían.

No solo eso: cuando solucionaba un problema, aparecía otro. Y luego otro. Y otro. Y otro.

Le contaba que estaba muy harta de todo, totalmente perdida, y que había llegado al punto de recuperar esa idea suya de dejarlo todo y largarse a vivir a Botswana.

Cuando terminó su listado, su desfogue y su pataleta, su padre, que era chef, la llevó a la cocina.

Escogió 3 ollas, las llenó con agua, las puso en los fogones y, entonces, prendió el fuego.

Cuando el agua entró en ebullición, colocó unas zanahorias en la primera olla; en la segunda, un huevo; y en la tercera, unos granos de café.

Y todo esto lo hacía ante la mirada atónita de su hija, ya ansiosa por saber qué realmente estaba tramando su padre.

A los veinte minutos, sin decir nada, el padre apagó el fuego y fue a buscar tres tazones.

En el primero puso las zanahorias; en el segundo, el huevo; y en el tercero, el café.

—¿Qué ves? —Le preguntó el padre.

—Pues unas zanahorias, un huevo y café. —Contestó ella.

Entonces el padre le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas.

Luego le pidió que tomara el huevo y lo rompiera. Al sacarle la cáscara, observó la dureza de su interior.

Por último, le pidió que probara el café. La hija sonrió al padre, sin saber muy bien todavía por dónde le saldría, y le dio un sorbo.

Al cabo de unos minutos, y no entendiendo nada, la hija preguntó:

—¿Qué significa esto, papá?

Y entonces él le explicó que aunque los tres elementos habían tenido que enfrentarse a la misma adversidad (el agua hirviendo), habían reaccionado en forma diferente.

—Las zanahorias llegaron al agua fuertes y duras, pero, después de pasar por el agua hirviendo, se habían vuelto débiles y se deshacían con facilidad; por su parte, el huevo había llegado al agua frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido, pero después de hervir 20 minutos, su interior se había endurecido; los granos de café, eran especiales y únicos:  después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.

Y prosiguió lanzando a la hija una pregunta:

—Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?: ¿eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?

Y la hija se quedó pensativa…

Momentos de reflexión

Y tú, ¿cómo actúas ante los imprevistos y las dificultades? ¿Te consideras una persona «fuerte» pero sientes que, en los momentos de mayores retos, te debilitas? ¿Pareces «frágil» pero te sorprendes con tu dureza cuando hay una situación que pensabas que, de primeras, te iba a sobrepasar? ¿O eres más como el café, que es capaz de transformar la adversidad en un aroma sublime y un sabor que cuenta historias?

Sé que no son preguntas de sí o no, de veras que lo sé.

De hecho, yo te contestaría con la respuesta comodín: «pues depende».

Y es que me gustaría ser café en todo, pero no siempre es así. (Qué más quisiera yo, que estar ahí en el Olimpo de las Deidades Alquímicas Que Todo Lo Transforman Y Siempre Lo Saben Todo).

Lo que sí que me gustaría encontrar (aunque sigo prefiriendo lo del café) es un cuarto elemento, uno más zen, uno al que le diera igual si el agua está helada o hierve, y que se quedara impasible, siguiendo a lo suyo…

O quizás no, porque entonces no estaría vivo para crecer con la experiencia, aunque fuera por el mero hecho de darse cuenta de la condición del agua y soltar algo así como: «Ups, ¡qué agua más… lo.que.sea.en.ese.momento!»

Además que, si metes un cazo de agua al fuego, el agua tiene muchos números de acabar hirviendo por lo que, si entramos en él (y como el cazo es la vida, ya estamos metidos de lleno), mejor llevamos actitud, confianza, aceptación y adaptabilidad…

Y, como todos ellas dependen de nosotros mismos, sí, hay esperanza.

Olvida el cuarto elemento. Seamos todos cada vez menos zanahorias, menos huevos y más granos de café siendo un poco más conscientes de cuando nos vamos endureciendo o emblandeciendo para, por arte de magia, transformarnos y al final convertirnos en ese delicioso café.

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