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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de mayo 2017

Buenas y malas razones para creer

[Nota previa]: Hoy es una publicación larguísima pero, antes de que te me asustes, créeme que es amena. Al fin y al cabo es un carta que escribió un padre a su hija de 10 años. Y sí, no te preocupes: es interesante y lo más seguro (sino segurísimo) es que te hará pensar un rato desde una nueva perspectiva, y algo así bien puede merecer una lectura. Como alternativa, si no te apetece leer la carta entera, sepas que he sombreado aquello que me ha parecido más revelador, pero tendrás que fiarte de mi criterio. ―Fin de la nota y vamos a ello.

Quizás te suene el nombre de Richard Dawkins, etólogo británico y escritor de divulgación científica.

Y quizás lo haga porque conozcas su libro El gen egoísta, uno de sus tantísimos trabajos publicados, aunque me aventuro a decir que ninguno tan famoso como «el del gen».

En 1996, Dawkins participó en Así son las cosas, una recopilación de ensayos de distintos pensadores y científicos de la época y cuya apotación fue de lo más original: una carta a su hija Juliet bajo el título Buenas y malas razones para creer, la misma que encontrarás un poco más abajo; la misma donde explica a la niña el poder de la tradición, la autoridad y la revelación, y cómo éstas afectan nuestra forma de ver y entender el mundo.

La carta tiene un enfoque excesivamente bastante científico (Dawkins es enemigo acérrimo de todo lo que no sea «ciencia»), y aunque yo creo que se cierra puertas con ello (ya entraremos luego en ello), sí que la carta me parece lo suficientemente rica y reflexiva como para hacerle mención y darle espacio en el blog.

Ahí va:

Buenas y malas razones para creer

Querida Juliet:

Ahora que has cumplido 10 años, quiero escribirte acerca de una cosa que para mi es muy importante. ¿Alguna vez te has preguntado cómo sabemos las cosas que sabemos? ¿Cómo sabemos, por ejemplo, que las estrellas que parecen pequeños alfilerazos en el cielo, son en realidad gigantescas bolas de fuego como el Sol, pero que están muy lejanas? ¿Y cómo sabemos que la Tierra es una bola más pequeña, que gira alrededor de una de esas estrellas, el Sol?

La respuesta a esas preguntas es «por la evidencia». A veces, «evidencia» significa literalmente ver (u oír, palpar, oler) que una cosa es cierta. Los astronautas se han alejado de la Tierra lo suficiente como para ver con sus propios ojos que es redonda. Otras veces, nuestros ojos necesitan ayuda. El «lucero del alba» parece un brillante centelleo en el cielo, pero con un telescopio podemos ver que se trata de una hermosa esfera: el planeta que llamamos Venus. Lo que aprendemos viéndolo directamente (u oyéndolo, palpándolo, etc.) se llama «observación».

Muchas veces, la evidencia no solo es pura observación, pero siempre se basa en la observación. Cuando se ha cometido un asesinato, es corriente que nadie lo haya observado (excepto el asesino y la persona asesinada). Pero los investigadores pueden reunir otras muchas observaciones, que en un conjunto señalen a un sospechoso concreto. Si las huellas dactilares de una persona coinciden con las encontradas en el puñal, eso demuestra que dicha persona lo tocó. No demuestra que cometiera el asesinato, pero además puede ayudar a demostrarlo si existen otras muchas evidencias que apunten a la misma persona. A veces, un detective se pone a pensar en un montón de observaciones y de repente se da cuenta que todas encajan en su sitio y cobran sentido si suponemos que fue Fulano el que cometió el asesinato.

Los científicos —especialistas en descubrir lo que es cierto en el mundo y el Universo— trabajan muchas veces como detectives. Hacen una suposición (ellos la llaman hipótesis) de lo que podría ser cierto. Y a continuación se dicen: si esto fuera verdaderamente así, deberíamos observar tal y cual cosa. A esto se llama predicción. Por ejemplo si el mundo fuera verdaderamente redondo, podríamos predecir que un viajero que avance siempre en la misma dirección acabará por llegar al mismo punto del que partió. Cuando el médico dice que tienes sarampión, no es que te haya mirado y haya visto el sarampión. Su primera mirada le proporciona una hipótesis: podrías tener sarampión. Entonces, va y se dice: «Si de verdad tiene el sarampión, debería ver…» y empieza a repasar toda su lista de predicciones, comprobándolas con los ojos (¿tienes manchas?), con las manos (¿tienes caliente la frente?) y con los oídos (¿te suena el pecho como suena cuando se tiene el sarampión?). solo entonces se decide a declarar «Diagnóstico que la niña tiene sarampión». A veces, los médicos necesitan realizar otras pruebas, como análisis de sangre o rayos X, para complementar las observaciones hechas con sus ojos, manos y oídos.

La manera en que los científicos utilizan la evidencia para aprender cosas del mundo es tan ingeniosa y complicada que no te la puedo explicar en una carta tan breve. Pero dejemos por ahora la evidencia, que es una buena razón para creer algo, porque quiero advertirte en contra de tres malas razones para creer cualquier cosa: se llaman «tradición», «autoridad» y «revelación».

Empecemos por la tradición. Hace unos meses estuve en televisión, charlando con unos 50 niños. Estos niños invitados habían sido educados en diferentes religiones: había cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, sijs… El presentador iba con el micrófono de niño en niño, preguntándoles lo que creían. Lo que los niños decían demuestra exactamente lo que yo entiendo por «tradición». Sus creencias no tenían nada que ver con la evidencia. Se limitaban a repetir las creencias de sus padres y de sus abuelos, que tampoco estaban basadas en ninguna evidencia. Decían cosas como «los hindúes creemos tal y cual cosa», «los musulmanes creemos esto y lo otro», «los cristianos creemos otra cosa diferente»./span>

Como es lógico, dado que cada uno creía cosas diferentes, era imposible que todos tuvieran razón.

Por lo visto, al hombre del micrófono esto le parecía muy bien, y ni siquiera los animó a discutir sus diferencias. Pero no es esto lo que me interesa de momento. Lo que quiero es preguntar de dónde habían salido sus creencias. Habían salido de la tradición. La tradición es la transmisión de creencias de los abuelos a los padres, de los padres a los hijos, y así sucesivamente. O mediante libros que se siguen leyendo durante siglos. Muchas veces, las creencias tradicionales se originan casi de la nada: es posible que alguien las inventará en algún momento, como tuvo que ocurrir con las ideas de Thor y Zeus; pero cuando se han transmitido durante unos cuantos siglos, el hecho mismo de que sean muy antiguas las convierte en especiales. La gente cree ciertas cosas solo porque mucha gente ha creído lo mismo durante siglos. Eso es la tradición.

El problema con la tradición es que, por muy antigua que sea una historia, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos siglos que sean.

En Inglaterra, gran parte de la población ha sido bautizada en la Iglesia Anglicana, que no es más que una de las muchas ramas de la religión cristiana. Existen otras ramas, como la ortodoxa rusa, la católica romana y la metodista. Cada una cree cosas diferentes. La religión judía y la musulmana son un poco más diferentes, y también existen varias clases distintas de judíos y de musulmanes. La gente que cree una cosa está dispuesta a hacer la guerra contra los que creen cosas ligeramente distintas, de manera que se podrá pensar que tienen muy buenas razones —evidencias— para creer lo que creen. Pero lo cierto es que sus diferentes creencias se deben únicamente a diferentes tradiciones.

Vamos a hablar de una tradición concreta. Los católicos creen que María, la madre de Jesús, era tan especial que no murió, sino que fue elevada al cielo con su cuerpo físico. Otras tradiciones cristianas discrepan, diciendo que María murió como cualquier otra persona. Estas otras religiones no hablan mucho de María, ni la llaman «Reina del cielo», como hacen los católicos. La tradición que afirma que el cuerpo de María fue elevado al cielo no es muy antigua. La Biblia no dice nada de cómo o cuándo murió; de hecho, a la pobre mujer apenas se la menciona en la Biblia. Lo de que su cuerpo fue elevado a los cielos no se inventó hasta unos seis siglos después de Cristo. Al principio, no era más que un cuento inventado, como Blancanieves o cualquier otro. Pero con el paso de los siglos se fue convirtiendo en una tradición y la gente empezó a tomársela en serio, solo porque la historia se había ido transmitiendo a lo largo de muchas generaciones. Cuanto más antigua es una tradición, más en serio se la toma la gente. Y por fin, en tiempos muy recientes, se declaró que era una creencia oficial de la Iglesia Católica: esto ocurrió en 1950, cuando yo tenía la edad que tienes tú ahora. Pero la historia no era más verídica en 1950 que cuando se inventó por primera vez, seiscientos años después de la muerte de María.

Al final de esta carta volveré a hablar de la tradición, para considerarla de una manera diferente.

Pero antes tengo que hablarte de las otras dos malas razones para creer una cosa: la autoridad y la revelación.

La autoridad, como razón para creer algo, significa que hay que creer en ello porque alguien importante te dice que lo creas. En la Iglesia Católica, por ejemplo, la persona más importante es el Papa, y la gente cree que tiene que tener razón solo porque es el Papa. En una de las ramas de la religión musulmana, las personas más importantes son unos ancianos barbudos llamados ayatolás. En nuestro país hay muchos musulmanes dispuestos a cometer asesinatos solo porque los ayatolás de un país lejano les dicen que lo hagan.

Cuando te decía que en 1950 se dijo por fin a los católicos que tenían que creer en la asunción a los cielos del cuerpo de María, lo que quería decir es que en 1950 el Papa les dijo que tenían que creer en ello. Con eso bastaba. ¡El Papa decía que era verdad, luego tenía que ser verdad! Ahora bien, lo más probable es que, de todo lo que dijo el Papa a lo largo de su vida, algunas cosas fueron ciertas y otras no fueron ciertas. No existe ninguna razón válida para creer que todo lo que diga solo porque es el Papa, del mismo modo que no tienes porque creer todo lo que te diga cualquier otra persona. El Papa actual ha ordenado a sus seguidores que no limiten el número de sus hijos. Si la gente sigue su autoridad tan ciegamente como a él le gustaría, el resultado sería terrible: hambre, enfermedades y guerras provocadas por la sobrepoblación.

Por supuesto, también en la ciencia ocurre a veces que no hemos visto personalmente la evidencia, y tenemos que aceptar la palabra de alguien. Por ejemplo, yo no he visto con mis propios ojos ninguna prueba de que la luz avance a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, sin embargo, creo en los libros que me dicen la velocidad de la luz. Esto podría parecer «autoridad» pero en realidad es mucho mejor que la autoridad, porque la gente que escribió esos libros sí que había observado la evidencia, y cualquiera puede comprobar dicha evidencia siempre que lo desee. Esto resulta muy reconfortante. Pero ni siquiera los sacerdotes se atreven a decir que exista alguna evidencia de su historia acerca de la subida a los cielos del cuerpo de María.

La tercera mala razón para creer en las cosas se llama «revelación». Si en 1950 le hubieras podido preguntar al Papa cómo sabía que el cuerpo de María había ascendido al cielo, lo más probable es que te hubiera respondido que «se le había revelado». Lo que hizo fue encerrarse en su habitación y rezar pidiendo orientación. Había pensado y pensado, siempre solo, y cada vez se sentía más convencido. Cuando las personas religiosas tienen la sensación interior de que una cosa es cierta, aunque no exista ninguna evidencia de que sea así, llaman a esa sensación «revelación». No solo los Papas aseguran tener revelaciones. Las tienen montones de personas de todas las religiones, y es una de las principales razones por las que creen las cosas que creen. Pero ¿es una buena razón?

Supón que te digo que tu perro ha muerto. Te pondrías muy triste y probablemente me preguntarías: «¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo ha sucedido?» y supón que yo te respondo: «En realidad no sé que ha muerto. No tengo ninguna evidencia. Pero siento en mi interior la curiosa sensación de que ha muerto». Te enfadarías conmigo por haberte asustado, porque sabes que una «sensación» interior no es razón suficiente para creer que un lebrel ha muerto. Hacen falta pruebas. Todos tenemos sensaciones interiores de vez en cuando, y a veces resulta que son acertadas y otras veces no lo son. Está claro que dos personas distintas pueden tener sensaciones contrarias, de modo que ¿cómo vamos a decidir cuál de las dos acierta? La única manera de asegurarse que un perro está muerto es verlo muerto, oír que su corazón se ha parado, o que nos lo cuente alguien que haya visto u oído alguna evidencia real de que ha muerto.

A veces, la gente dice que hay que creer en las sensaciones internas, porque si no, nunca podrás confiar en cosas como «mi mujer me ama». Pero éste es un mal argumento. Puedes encontrar abundantes pruebas de que alguien te ama. Si estás con alguien que te quiere, durante todo el día estarás viendo y oyendo pequeños fragmentos de evidencia, que se van sumando. No se trata de una pura sensación interior, como la que los sacerdotes llaman revelación. Hay datos exteriores que confirman la sensación interior: miradas en los ojos, entonaciones cariñosas en la voz, pequeños favores y amabilidades; todo eso es auténtica evidencia.

A veces, una persona siente una fuerte sensación interior de que alguien la ama sin basarse en ninguna evidencia, y en estos casos lo más probable es que esté completamente equivocada. Existen personas con una firme convicción interior de que una famosa estrella de cine las ama, aunque en realidad la estrella ni siquiera las conoce. Esta clase de personas tienen la mente enferma. Las sensaciones interiores tienen que estar respaldadas por evidencias; si no, no podemos fiarnos de ellas.

Las intuiciones resultan muy útiles en la ciencia, pero solo para darte ideas que luego hay que poner a prueba buscando evidencias. Un científico puede tener una «corazonada» acerca de una idea que, de momento, solo «le parece» acertada. En sí misma. Ésta no es una buena razón para creer nada; pero sí que puede razón suficiente para dedicar algún tiempo a realizar un experimento concreto o buscar pruebas de una manera concreta. Los científicos utilizan constantemente sus sensaciones interiores para sacar ideas; pero estas ideas no valen nada si no se apoyan con evidencias.

Te prometí que volveríamos a lo de la tradición, para considerarla de una manera distinta. Me gustaría intentar explicar por qué la tradición es importante para nosotros. Todos los animales están construidos (por el proceso que llamamos evolución) para sobrevivir en el lugar donde su especie vive habitualmente. Los leones están equipados para sobrevivir en las llanuras de África. Los cangrejos de río están construidos para sobrevivir en agua dulce. También las personas somos animales, y estamos construidos para sobrevivir en un mundo lleno de… otras personas. La mayoría de nosotros no tienen que cazar su propia comida, como los leones y los bogavantes; se las compramos a otras personas, que a su vez se la compraron a otras. Nadamos en un «mar de gente». Lo mismo que el pez necesita branquias para sobrevivir en el agua, la gente necesita cerebros para poder tratar con otra gente. El mar está lleno de agua salada, pero el mar de gente está lleno de cosas difíciles de aprender. Como el idioma.

Tú hablas inglés, pero tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada una de vosotras habla el idioma que le permite hablar en su «mar de gente». El idioma se transmite por tradición. No existe otra manera. En Inglaterra, tu perro Pepe es a dog. En Alemania, es ein hund. Ninguna de estas palabras es más correcta o más verdadera que la otra. Las dos se transmiten de manera muy simple. Para poder nadar bien en su propio «mar de gente», los niños tienen que aprender el idioma de su país y otras muchas cosas acerca de su pueblo; y esto significa que tienen que absorber, como si fuera papel secante, una enorme cantidad de información tradicional (Recuerda que «información tradicional» significa, simplemente, cosas que se transmiten de abuelos a padres y de padres a hijos). El cerebro del niño tiene que absorber toda esta información tradicional, y no se puede esperar que el niño seleccione la información buena y útil, como las palabras del idioma, descartando la información falsa o estúpida, como creer en brujas, en diablos y en vírgenes inmortales.

Es una pena, pero no se puede evitar que las cosas sean así. Como los niños tienen que absorber tanta información tradicional, es probable que tiendan a creer todo lo que los adultos les dicen, sea cierto o falso, tengan razón o no. Muchas cosas que los adultos les dicen son ciertas y se basan en evidencias, o, por lo menos en el sentido común. Pero si les dicen algo que sea falso, estúpido o incluso maligno, ¿cómo pueden evitar que el niño se lo crea también? ¿Y qué harán esos niños cuando lleguen a adultos? Pues seguro que contárselo a los niños de la siguiente generación. Y así, en cuanto la gente ha empezado a creerse una cosa —aunque sea completamente falsa y nunca existan razones para creérsela—, se puede seguir creyendo para siempre.

¿Podría ser esto lo que ha ocurrido con las religiones? Creer en uno o varios dioses, en el cielo, en la inmortalidad de María, en que Jesús no tuvo un padre humano, en que las oraciones son atendidas, en que el vino se transforma en sangre…, ninguna de estas creencias está respaldada por pruebas auténticas. Sin embargo, millones de personas las creen, posiblemente porque se les dijo que las creyeran cuando todavía eran suficientemente pequeñas como para creerse cualquier cosa.

Otros millones de personas creen en cosas diferentes, porque se les dijo que creyesen en ellas cuando eran niños. A los niños musulmanes se les dice cosas diferentes de las que se les dicen a los niños cristianos, y ambos grupos crecen absolutamente convencidos de que ellos tienen razón y los otros se equivocan. Incluso entre los cristianos, los católicos creen cosas diferentes de las que creen los anglicanos, los episcopalianos, los shakers, los cuáqueros, los mormones o los holly rollers, y todos están absolutamente convencidos de que ellos tienen razón y los otros están equivocados. Creen cosas diferentes exactamente por las mismas razones por las que tú hablas inglés y tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada uno de los dos idiomas es el idioma correcto en su país. Pero de las religiones no se puede decir que cada una de ellas sea la correcta en su propio país, porque cada religión afirma cosas diferentes y contradice a las demás. María no puede estar viva en la católica Irlanda del Sur y muerta en la protestante Irlanda del Norte.

¿Qué se puede hacer con todo esto? A ti no te va a resultar fácil hacer nada, porque solo tienes 10 años. Pero podrías probar una cosa: la próxima vez que alguien te diga algo que parezca importante piensa para tus adentros: «¿Es ésta una de esas cosas que la gente suele creer basándose en evidencias? ¿O es una de esas cosas que la gente cree por la tradición, autoridad o revelación?» Y la próxima vez que alguien te diga que una cosa es verdad, prueba a preguntarle «¿Qué pruebas existen de ello?» Y si no pueden darte una respuesta, espero que te lo pienses muy bien antes de creer una sola palabra de lo que te digan.

Te quiere,

Papá.

Apuntes finales

Te lo había adelantado: Dawkins tiene una mente científica, le chirría la religión y la ciencia es su única forma de acercarse al mundo.

Mi opinión es que se acerca solo a la mitad y que se pierde todas las demás posibilidades que ofrecen perspectivas distintas a la suya, aunque no estén demostradas empíricamente (todavía).

Y creo que confunde religión con iglesia, olvidándose de las religiones no reveladas, de aquellas que no tienen un libro sagrado interpretado por una jerarquía. Me refiero a las religiones primitivas y a las naturales que diferenciaba Durkheim. Y no solo eso, sino que olvida que las ideas que transmite una religión (cualquiera) pueden ser muy distintas a las que promulga su iglesia. Y todas las religiones tienen algunas ideas que, francamente, «mal» no suenan: compasión, esperanza, lealtad, confianza… ¿No nos podríamos quedar con lo que nos sirva y ya está, sin destrozarlas?

¿Dónde queda la metafísica?

La ciencia sin religión está coja y la religión sin ciencia está ciega. ―Albert Einstein

Porque sí, estoy totalmente de acuerdo en que tradiciones, autoridades y revelaciones pueden nublar la razón (y que mejor estar al tanto de ellas), y lo explica tan genial que no tengo nada que añadir a su perspectiva (ni me atrevería), pero eso no quita que pueda aceptar que existan fenómenos sin explicación racional pero también reales, aunque no los entienda. Además, ¿acaso nuestra ciencia no tiene límites? ¿Cuántas teorías aclamadas como verdaderas e irrefutables dejaron de serlo? ¿No es cierto que hubo un tiempo en que la Tierra fue plana?

Pues eso, que lo que hoy es verdad mañana puede que no lo sea. Eso sí que está requetedemostrado.

De igual modo, pienso que aquello que refutamos solo porque no está demostrado puede que exista perfectamente y que solo esté esperando una prueba que apoye su existencia. O quizás no lo entendemos porque no tenemos la capacidad para hacerlo. Y de ser así, pues lo aceptamos y ya está, que tampoco pasaría nada.

Es cierto que la ciencia nos ayuda a entender el mundo pero creo que es demasiado arrogante pensar que lo es «todo» y tener una fe ciega (y única) en ella de que todo lo puede y lo tiene. Es más, de ser así, ¿no se convertiría entonces en otro tipo de dogmatismo, un sistema de creencias cerrado? ¿Está exenta la ciencia de caer en las redes de los sesgos cognitivos y de las falacias lógicas?

Ya he comentado alguna vez que, aunque hay mil millones de teorías que «se me escapan», y que no las entiendo, prefiero no rechazarlas al momento. Tampoco me veo en el caso contrario, venerándolas. Lo que tengo claro es que ya de primeras no voy a menospreciarlas porque no tengan una evidencia científica detrás. ¿Y si el conocimiento ancestral, la sabiduría de los chamanes, la filosofía de los druidas, las tradiciones de los pueblos amazónicos y la poesía mecánica me ayudaran a acercarme a un conocimiento superior del mundo?

¿Llegará ese día en que la espiritualidad y la ciencia se den la mano? ¿Acaso no hay cada vez más escuelas de ciencia que creen en una inteligencia del cosmos?

Para el científico que han vivido basando su fe en el poder de la razón, la historia acaba como un mal sueño. Él ha escalado las montañas de la ignorancia, y está a punto de conquistarla última cumbre, se estira para ganar la roca final … y al llegar a la cúspide es recibido por un puñado de teólogos que han estado sentados allí por siglos. —Robert Jastrow

¿Y si, además de la ciencia, la intuición, la fe y la sabiduría interior fueran razones suficientes para creer, y estar en lo cierto?

A fin y al cabo, como dijo Karl Popper, la ciencia avanza refutando, no descubriendo verdades, sino rechazando certezas que una vez fueron y que dejaron de ser. Y eso es como seguir buscando eternamente sabiendo que la verdad absoluta queda lejos, aunque ilusioramente nos parezca que cada vez la tenemos más cerca.

Yo, como siempre, me seguiré quedando con lo que me sirve, con aquello que me es útil en mi día de hoy, con lo que me hace ser más yo, con eso que resuena (por lo que sea) con mi vocecita interior, con aquello que me invita a cuestionar lo que sé, y con aquello que pone a interactuar mi razón con mi intuición, mi curiosidad con mi conocimiento y mi fe con datos y hechos…

Porque yo creo que ése es justamente el diálogo que «deberíamos» tener verdaderamente en cuenta. Como también creo que, al final, lo que necesitamos como seres humanos es esperanza, venga de donde venga, aunque siempre mirando el mundo con espíritu crítico, incluso con la ciencia.

El rescate de Iñaki

Si sigues este blog desde hace algún tiempo, lo más seguro es que sepas de mi ALDELGRAN. Si no, déjame contarte que se trata de mi Altar DE Los Grandes, ese «altar» mío particular que acoge a todas aquellas personas que me inspiran a ser cada día mejor, las haya conocido o no, y sean reales o ficticias, que hay de todo.

Dicho esto, hoy te acerco a uno de sus integrantes, el alpinista Iñaki Ochoa de Olza desde la historia de su intento de rescate en el Annapurna.

La operación, que duró 5 días y que no acabó con el final feliz que todos hubiéramos deseado (en serio que, aunque no lo conociera, considero que la de Iñaki fue una gran pérdida), es todo un destello en sí mismo, por cómo aconteció y por lo que representa: solidaridad, fuerza, amistad, valentía, esfuerzo, unidad, superación, decisión, acción, compañerismo y esperanza.

Hoy (23 de mayo) se cumplen exactamente 9 años desde que Iñaki «nos dejara», pero yo considero que solo nos dejó en cuerpo, porque su esencia, una vez conocida, impregna para siempre en la vida del que tiene la suerte de encontrarlo en su camino, como por ejemplo tú y yo.

Compartir esa parte de su historia es mi pequeño homenaje a él, a sus 14 y a toda la Humanidad, por hacerla más grande.

[NOTA PREVIA antes de que le des al play]: el vídeo requiere 22 minutos de tu atención, aunque también te digo que son solo una pequeña inversión teniendo en cuenta lo mucho que auguro te van a aportar. No te voy a negar que el reportaje tiene su punto triste, que lo tiene, pero también viene con muchas cosas buenas que, ya que has llegado hasta aquí, no me gustaría que te perdieras.

OBJETIVO 1: Conocer a Iñaki.
OBJETIVO 2: Si te apetece, averiguar un poco más sobre Sos Himalaya, la fundación que familiares y amigos crearon en su nombre, recuperando uno de sus sueños, acercar la educación y la sanidad, mediante la edificación de escuelas y hospitales, en las zonas desfavorecidas del Nepal.
PROTAGONISTAS: Iñaki Ochoa de Olza con Horia, Ulie, Alexei, Don, Denis, Sergei, Mihnea, Alex, Simon, Robert, Pemba, Ongchu, Wangchu y Chhiring. (Alexei y Ulie no están tampoco ya con nosotros, pero también murieron ambos haciendo lo que más les gustaba: fundirse en las montañas).
CATEGORÍA: Personas que hacen a la Humanidad más grande.
INFORMACIÓN EXTRA: El libro Los catorce de Iñaki relata esos 5 días de la operación. También hay una película, Pura Vida pero, lo que te recomiendo encarecidamente, más allá de que te interese el alpinismo o no, es Bajo los cielos de Asia, un libro de memorias, publicado después de su muerte, que recoge su filosofía y que despierta más de una sonrisa. De mis favoritos.

El portón postista (y poético) de Beneyto

Toca turno para otro de los VIPS de mi ALDELGRAN*, y una de las personas a las que más quiero, admiro y entiendo de una forma más intuitiva.

Se trata de Antonio Beneyto, escritor prolífico, editor, pintor postista y, sobre todo CREADOR (sí, así, en mayúsculas). Llegué a él de la mano de mi también amigo Josep Antón Soldevila y la obra de Juan Eduardo Cirlot, con el que les unía una estrecha amistad, y se quedó en mi vida, un lujo de esos que una, luego, reconoce como un bingo.

A modo anecdótico, el día que lo conocí me encontraba fatal de los fatales y tuvo que prepararme una manzanilla en su estudio. Ese primer encuentro duró poco, pero hubieron más, a cual más surrealista (como debía ser), y muchas de esas veces sonando de fondo temas de la chanson française de los 70, sublime.

Aquí va mi pequeño homenaje, a él y a su obra, y me dispongo a celebrar el (casi) cuarto aniversario (a finales de este mes) de una rebeldía suya que todavía hoy me despierta una sonrisa y que hoy rescato para compartirla contigo.

De todos modos, primero debo contarte que su travesurilla no gustó mucho, sobre todo a sus vecinos, pero de verdad que, contextualizándola un poco, es brillante y abrió todo un mundo alrededor, aunque fuera efímero, porque ese portón de madera (y protagonista, junto a Beneyto, de esta historia) dejó por un tiempo de ser un simple «acceso» para convertirse en un superportal que daba entrada a todo un universo «paralelo» y que invitaba al que se cruzaba con él a bajar de la noria de su día a día para sorprenderse con algo nuevo que le regalaba un nuevo prisma. Y, encima, sin necesidad de cruzar su umbral.

Y eso es magia, poesía y puro arte.

Lo único que hizo Beneyto fue armarse con parte de su arsenal de pinturas y brochas, bajarse a la calle y tomarse la libertad de utilizar el portón de entrada al edificio como un lienzo en el que plasmar una de sus obras.

Naturalmente puede verse como una gamberrada y un acto transgresor (y quizás esa sea tu primera impresión), pero yo lo percibí más bien como un grito a la vida, sobre todo porque dejó las tonalidades oscuras de su etapa previa y optó por utilizar colores brillantes y ese rojo pasión, la que siente él por la existencia, aunque sea desde una perspectiva de lo más personal.

Y esa calle, con la aportación de Beneyto, pasó de ser una simple callejuela más, con edificios llenos de pintadas y fachadas maltratadas, a ser la pequeña calle que albergaba una puerta artística y postista que saludaba a los que pasaban por ahí.

Para que tengas más información, y antes de hacer una valoración, sepas que el enorme porticón del edificio no estaba para nada cuidado y que, de hecho, siempre estaba rayado y manchado por alguna pintada graffitera de turno, como es habitual en las grandes ciudades. (Y estamos hablando ya, no de Barcelona, que es una ciudad en las que las pintadas «se estilan» bastante, sino de su casco antiguo, que es incluso más graffitero que el resto de los barrios).

Aclarado esto, me acabo de dar cuenta de que podría empezar un blog sobre Beneyto y tendría material para años, pero mejor me centro en lo mío y me contento compartiendo contigo esta pequeña pincelada de su mundo postista, único y del todo beneytiano que un día de mayo se llevó a la calle (literal) y que se sumó a esas «pinceladas» que me hacen sonreír recordando que la vida sin sorpresas y ocurrencias de este tipo sería mucho más aburrida y, definitivamente, menos interesante y artística.

Ahí va:

OBJETIVO 1: Conocer este portal transgresor y artístico que, durante unos días, fue todo un tsunami de comentarios en su calle.
OBJETIVO 2: Descubrir el arte postista de la mano de uno de los pocos artistas que lo mantienen vivito y coleando.
AUTOR: AB, Antonio Beneyto
CATEGORÍA: Cuando el arte cumple su función (y va más allá).

*ALDELGRAN, ALtar DE Los GRANdes, término mandalayco que alberga aquellas personas que han sido importantes o han aportado algo especial en mi vida, las haya conocido en persona o no, que hay algunas que abandonaron este mundo ya hace siglos, pero que, aun así, tienen su plaza en mi altar particular, y vaya si la tienen.

10 películas de última cosecha para reflexionar (II)

Bueno, de «última cosecha» no son (ni por el año de producción, ni porque las haya visto en el último año, que ya han pasado casi dos desde mi primera selección), pero aquí estoy yo, compartiéndolas contigo, por si te apetece verlas en algún momento, o al menos valorarlas.

Te adelanto que he incluido un «extra» con 3 documentales y 2 series porque ambas tienen su qué y porque las considero 100% recomendables, aunque no sean tan archifamosas como Juego de Tronos, por ejemplo.

A ver si alguna de las 15 propuestas te resuena de forma especial.

Las 10 películas

(Su orden de presentación es por sorteo, con papelitos escogidos al azar)

#1. Rams, el valle de los carneros

El cine islandés tiene algo especial que nunca me defrauda. (Sé que queda algo cultureta, pero lo considero la mar de sugerente y, sin lugar a dudas, uno de los que mejor exploran el alma humana, con sus luces y sus sombras. Vamos, que su cine va más allá de sus jerséis, que, sí, son chulísimos y muy «islandeses»).

Los protagonistas son dos hermanos que llevan más de 40 años enfadados y sin hablarse, algo que tiene su mérito porque, oh sorpresa, son vecinos.  Como mucho, se envían notas. Los dos son granjeros de carneros, como el resto de su comunidad, y la historia retrata un momento en el que su modo de vivir se ve amenazado por un virus que afecta al ganado y se ven en la necesidad de colaborar entre ellos para conservar su legado.

Tiene un final algo «bestia» (y del todo inesperado) que te deja pensando un buen rato.

#2. Urok, la lección

La película presenta a una maestra disgustada con un alumno por robar en clase, pero luego es ella la que se encuentra en una situación que la lleva a plantearse una solución similar.

Es un ejemplo claro de la fragilidad de la moral y hasta qué punto un apuro puede fracturarla.

Te mantiene en vilo y expone un gran dilema, si bien es algo lenta.

#3. Greater

Está basada en la vida del jugador de fútbol americano Brandon Burlsworth.

Tiene un punto (muy) triste y es de las típicas historias que te recuerdan que la vida no tiene por qué ser justa, mal que nos pese que no sea así.

Cuando era un crío, Brandon decidió que un día jugaría para su equipo del alma y, pese a tenerlo todo en contra (o casi), al final, con trabajo, perseverancia y (mucha) fe, llegó a vestir su camiseta. Lo dejo aquí, pero en Arkansas es toda una leyenda.

La recomiendo como un recordatorio de que las fatalidades existen (más allá de nuestro entendimiento) pero, sobre todo, porque exalta la importancia de la fe en algo mayor que nosotros como única consolación posible ante una pérdida que sentimos que llega demasiado pronto.

#4. Steve Jobs

Acepto que el aporte de Jobs sea indiscutible en el funcionamiento del mundo actual (con sus pros y sus contras), pero me gusta esa aproximación a su lado más ensombrecido, que lo tiene, y que no sé por qué debería maquillarse, que se hace.

Además, sale Kate (Winslet) y, en la medida que pueda, (a no ser que la película sea un bodrio total), siempre incluiré una de sus intervenciones en estos recopilatorios. (No por nada, pero es que es mi favoritísima).

Porque humaniza el mito, esa es la razón por la que este título está en la lista.

#5. Sully

Está basada en un hecho real: el aterrizaje de emergencia de un avión en el río Hudson, en plena ciudad de Nueva York. Acabó milagrosamente bien pero, incluso con un final feliz, se puso en duda la decisión del capitán y fue una pesadilla para él y su familia.

Me parece admirable como aguantó Sully la tensión a la que se le sometió. AD-MI-RA-BLE.

Nos recuerda que incluso actuamos correctamente, de forma objetiva, sin perder los nervios, y en este caso, además, salvando muchas vidas y arriesgando la tuya propia, no estamos a salvo de las críticas feroces y de los intereses de algunos.

Tremendo y patético, pero un motivo más para seguir mejorando el mundo.

#6. Fúsi, corazón gigante

Segunda película islandesa de la lista, pero es que también se lo vale.

El protagonista es Fúsi, un hombre algo excéntrico entrado en sus 40, con mucho sobrepeso, que no se cuida nada, que está sumido en sus propias rutinas, que se compra un tanque (de juguete) teledirigido, que nunca ha tenido novia, que vive en casa de su madre y cuyo entretenimiento favorito es recrear la batalla de El Alamein con un amigo. (A ver quién da más).

Eso sí, es una buenísima persona, aunque eso no neutralice el rechazo, los rumores y la burla de la sociedad, que ya sabes cómo funciona el mundo.

Por su cumpleaños, su madre y el novio de ésta le regalan clases de baile en línea country.

Y si te estás preguntando si conocerá ahí a la mujer que le cambie la vida, la respuesta es «sí».

De todos modos, olvida cualquier historia romántica al uso, porque no lo es para nada. Lo que es importante es que Fúsi y Sjöfn se encuentran en un momento de sus vidas para que ambos puedan seguir evolucionando como personas, que debería ser suficiente.

La película es fascinante, poética y agridulce, pero lo dejo aquí, que prefiero que la veas.

#7. Eddie El Águila

Como tienes una entrada en el blog dedicada a ella no me voy a repetir, pero, así en breve, con la historia de Eddie puedes aprender que lo más inverosímil también tiene espacio en la realidad.

#8. Perfectos desconocidos

Un drama disfrazado de comedia con el que acabas analizando los intríngulis de las relaciones humanas, sean del tipo que sean.

En un encuentro de amigos, uno de los protagonistas propone al resto del grupo un juego relacionado con los mensajes al móvil que reciban durante la cena.  La propuesta desencadena malentendidos, chascos, alianzas, retos y desencuentros, y ninguno de ellos tiene desperdicio.

Acabas preguntándote hasta qué punto las relaciones sociales son sinceras y si, de hecho, deberían serlo en su totalidad.

#9. Los exámenes (Bacalaureaut)

Una sorpresa total con una premisa nada especial (a una chica la asaltan en la calle antes de unos exámenes importantes) que te va atrapando cada vez más y a medida que pasan los minutos.

Entraría en la misma categoría que La lección (#2), ya que en ambas te preguntas por los límites de la moral y si debería haber excepciones.

No encontramos, pues, ante otro dilema filosófico sobre la ética, los valores, lo correcto y las particularidades que encaja perfectamente con aquello de que, en ocasiones, «casos ordinarios necesitan medidas extraordinarias».

Y, bueno, llámalo empatía, pero acabé entendiendo perfectamente al padre de la chica, que es realmente el protagonista.

#10. Niños del paraíso

Es la propuesta más viejuna de la lista. De hecho, se estrenó en 1997, por lo que tiene 20 años.

La película nos trae la historia de Ali, que pierde accidentalmente las zapatillas de su hermana Zahra. Los dos niños deciden guardar el secreto frente a sus padres (para que no se enfaden), mientras el niño se compromete a encontrarlas (o, llegado el caso, a sustituirlas).

Es una trama simple (que no simplona) que toca temas como la confianza, el miedo, la vergüenza, la inocencia, la perseverancia, el valor, la esperanza, el honor, el compromiso y los lazos familiares, ahí es nada.

Como «reflexión» extra, también te das cuenta de la cantidad de calzados que tienes en casa que ni te pones… ni necesitas.

Los 3 documentales

#1. El hombre que salvó al mundo

Quizá no lo sabes, pero el 26 de septiembre de 1983 pudo significar un antes y un después para nuestra civilización, que ya sería parte de la Historia. Ese día, los radares del Centro Nuclear Soviético detectaron 5 misiles nucleares camino a Moscú (enviados desde Estados Unidos). El procedimiento acordado era el contraataque, que justamente hubiera dado lugar a una guerra nuclear (y al fin de la Humanidad), pero Stanislav Petrov, el teniente coronel al mando en ese momento, guiándose por un destello de su intuición, no dio la orden y evitó la catástrofe.  Al final, resultó ser una falsa alarma.

El documental narra el incidente, la decisión y las consecuencias (desastrosas) para Petrov. Lo hace recreando la historia y charlando con él.

Más allá de su valentía y de su acto heroico, la grandeza y la humanidad de Stanislav impresionan lo que no está escrito.

#2. Conoce a Los Patels (Meet The Patels)

Realizado con mucha gracia, el documental te acerca a las familias indias que emigraron a Estados Unidos y todo el entramado para que se casen unos con otros y así todo quede en casa. Me parece interesante en cuanto al choque cultural, a las tradiciones arraigadas (muchas de las cuales quizá deberían replantearse) y a lo fácil que es entender al otro si hay predisposición y acercamiento por ambas partes.

#3. Vida, animada (Life, animated)

El protagonista, Owen, es un chico autista y se muestra su relación con su familia a lo largo de los años (cubre dos décadas).

Lo fascinante es que todos ellos comparten un código de comunicación basado en las películas de Disney, el marco de referencia de Owen, para entender (al menos un poco) el mundo que le rodea: el mundo Disney ayuda al chico, ya no solo a expresar sus sentimientos, sino a superar los retos que se va encontrando en la vida.

En el documental hay pinceladas de humor y momentos cómicos, pero también situaciones emotivas y grandes confesiones que nos acercan a la diversidad, al autismo y al poder de la flexibilidad.

Las 2 series

#1. Avatar, la leyenda de Aang (Avatar, The Last Airbender)

Desde The Wire no había visto nada igual, de verdad. Y eso que no tienen nada que ver. Y voy a ser muy (pero que muy) pesada, a lo disco rayado: «Mírala, mírala, mírala (por favor)».

Es de anime y tiene 120 episodios (de unos 20 minutos cada uno, repartidos en 3 temporadas), pero al minuto 1 del primer capítulo ya has has olvidado que son dibujos y has caído totalmente (en el buen sentido) en las redes de Aang y sus amigos. A medida que avanza la serie vas creciendo con sus personajes y su evolución personal, danzando con sus reflexiones, sus dilemas y sus sentimientos. De hecho, cuando llegas al final de la tercera temporada, sientes un poco de pena y algo de vacío porque tienes que asumir que ya nos los «verás» más, aunque, por otra parte, todos ellos vayan a formar parte de ti, que lo harán.

No voy a contarte nada de la historia, porque mis palabras nunca le harían justicia ni albergarían lo que es, una obra maestra.

Total que, del 1 al 10, es un 10+.

Como recomendación, como no importa la edad que tengas para verla, valora juntar varias generaciones de tu familia y así la podéis disfrutar todos juntos.

Nota extra: se hizo una secuela, Korra, pero en casa solo llegamos al segundo capítulo.  Como hecho anecdótico, ya que estamos (y en plan confesión),  nuestro coche está  «bautizado» como Appa, que así se llama el bisonte volador de Aang.

#2. Silicon Valley

Me habló de ella mi supervecino, también lector del blog (¡Gracias por seguirlo, Víctor!), un día que bajó a tomarse un capuccino en casa, que a veces lo hace, y nos echamos unas cuantas risas. La serie salió en la conversación hablando sobre internet, los blogs y las startups; los trucos que se estilan en el mundillo online para afianzarse en el liderazgo tecnológico, la cantidad de dinero que se mueve en todo y para todo, las redes sociales, la innovación, las trabas, las zancadillas, las ambiciones de unos y otros… Y así.

Silicon Valley trata un poco de todo ello y, entre gracia y gracia, incita a la reflexión. En casa nos gustó mucho y, en espera de la 4ª temporada (está al caer), ya hemos visto las 3 anteriores.

Aunque sea ficción y una caricatura de la realidad, no deja de ser menos relevante y te ayuda a imaginar (desde la exageración) qué se mueve por estos mundos tecnológicos y obsesionados con la innovación, y que son todo un micromundo.

Es un poco gamberra, pero, desde mi punto de vista, también de lo más avispada, cuerda e ingeniosa.

Apuntes finales

Ya ves, en esta selección hay de todo: desde el dilema moral a la simplicidad; desde la soledad a la vida social; desde la injusticia a la recompensa; desde la decisión racional a la intuición.

Y así, como la vida misma.

De todos modos, si alguna película de «última cosecha» me ha hecho reflexionar más de una hora (y de dos, y de tres), es La llegada. No la he incluido en la lista porque tiene un post enterito y la mar de largo a en este mismo blog, pero te la recomiendo sí o sí.

[Aporte final de última hora]: Yo, Daniel Blake. Cine social (y, por supuesto, muy crítico) de Ken Loach. La película te deja con un enfado importante y una impotencia al mismo nivel. Va sobre las burocracias y la deshumanización de las instituciones, la desesperación de un hombre noble y las penurias de una mujer desafortunada. Aunque no sea una historia real, podría serlo perfectamente. Es un zasca que deberían ver las plantillas enteras de todas las instituciones, sobre todo sus directivos, para que se pusieran «mismamente ya» a humanizar los procesos burocráticos y a tratar mejor a la gente que se acercan a ellas con una necesidad, una duda o lo que sea, porque vaya tela telita tela con lo que nos encontramos ahora. Te la recomiendo, que no te va a dejar indiferente.

Lucine Fyelon y su violín

Lucine nació con un violín en el brazo. (Sus padres eran músicos y eso siempre ayuda, también es verdad).

Empezó a tocarlo cuando tenía 5 años y desde entonces siempre ha estado vinculada con la música, componiendo, produciendo y actuando.

No creo que ni llegue a los 30, pero imagínate las horas que ya lleva a sus espaldas tocando el violín, experimentando, fusionando y encontrando su propio estilo, a través de las cuerdas del instrumento o con su propia voz, porque Lucine también canta.

He pensado en convertir en destello una versión que hace del tema Pound Cake de un cantante que yo no conocía pero que se llama Drake.  Anoto que, experimentando, he superpuesto las dos versiones y me he sentido de lo más DJ, por si quieres probar.

Sujétate, que viene un vendaval con toda su fuerza.

OBJETIVO 1: Conocer el duende de Lucine.
OBJETIVO 2: Si te quedas con más ganas, explorar sus propuestas de fusión. Antes ya he comentado que también canta, incluso ópera, pero yo me quedo cuando solo se funde con el violín.
ARTISTA: Lucine Fyelon
CATEGORÍA: Música más allá de la música.

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