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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de octubre 2016

Un relato mientras esperas el tren

91-maquina-expendedora-historias-franciaMira qué súper invento: una máquina expendedora de historias.

Unas historias que pueden ser articuladas en poemas, cuentos o relatos breves.

Es fácil: te acercas a la máquina, escoges cuántos minutos quieres leer (1, 3 o 5), pulsas el botón y voilà!, te imprime una hoja con tu «regalo literario», porque sí, además es gratis.

La máquina escoge el relato al azar, que también tiene su gracia. (Sobre todo si te va la bibliomancia).

Lo hace entre miles de opciones.

De hecho, hoy (1 de noviembre de 2016) hay 240 mil historias y, teniendo en cuenta que todo el mundo está invitado a participar, está claro que la cifra irá en aumento, que no deja de ser una fantástica noticia.

La primera máquina fue probada en la estación de tren de Grenoble (Francia), que tiene un punto romántico y cinéfilo (por lo del tren y las esperas), en octubre de 2014.

Y el éxito fue tal que ahora hay 70 máquinas dispensadoras en todo el país. Y no solo en las estaciones, sino también en cafeterías y museos. Incluso una de ellas ha cruzado el charco y se encuentra en San Francisco.

Ah, y hay un concurso de relatos y todo.

Lo sé, magnifique.

A ver si siguen expandiéndose y llegan hasta aquí (o hasta ahí donde vivas tú y me cuentas qué tal).

Y mientras esperamos, sepas que las historias se pueden leer online y que el tiempo de lectura puede incrementarse hasta los 20 minutos. (De momento solo están en francés, pero quizás algún día estarán hasta en swahili, quién sabe).

Y hasta aquí el destello.

Es que me parece una idea genial y quería comentártelo.

OBJETIVO 1: Identificar la sensación que tendrías pulsando el botón y cayendo entre tus manos una primera historia. ¿La guardarías como recuerdo?
OBJETIVO 2: Pregúntate qué crees que te gustaría leer… O mejor, qué necesitas leer.
AUTORÍA: Shortédition. La imagen también es de ellos, no creo que les importe mucho, cuando se les ayuda a la difusión. (Espero).
CATEGORÍA: Ideas geniales dignas de mención.

[NOTA ADICIONAL]: Es el segundo destello sobre una estación de tren francesa, algo que no deja de ser curioso. En el primero el protagonista era un piano tocado a 4 manos. ¿Quieres recordarlo conmigo?

Kafka, la niña y la muñeca

Un año antes de dejar este mundo, Franz Kafka vivió una historia súper bonita con una niña a la que ayudó en un momento traumático para ella: la pérdida de su muñeca, todo un drama a esa edad.

Este fin de semana he leído uno de los libros (como mínimo, hay mención de lo ocurrido en otro más, Brooklyn Follies de Paul Auster) que han querido poner palabras a ese suceso que contaba Dora, su última compañera, sobre el escritor.

Y, bueno, aparte de gustarme muchísimo (que lo ha hecho), he pensado que podía tener un lugar en el blog, así que por aquí me tienes, dedicándole una entrada.

El libro es Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra i Fabra.

Va sobre la pérdida, la aceptación, el duelo, las heridas y ese amor que se transforma y siempre tiene cabida. Pero, por si fuera poco, también aborda la creatividad, la generosidad, la compañía y la «fuerza de creer».

Licencias del autor (nunca se encontró a la protagonista real de la historia ni tampoco las cartas), la niña se llama Elsi y la muñeca, Brígida.

La historia en 7 pinceladas

  • A Kafka le gustaba perderse por el parque Steglitz de Berlín, al que acudía a diario. Corría el año 1923.
  • En uno de sus paseos, encuentra llorando a una niña desconsolada por la pérdida de su muñeca.
  • El escritor se inventa una historia para calmarla: la muñeca no se ha perdido, se ha ido de viaje, a explorar el mundo. Le dice que, de hecho, Brígida le ha dado una carta para entregársela, pero que se la ha olvidado en casa, que se la traerá al día siguiente.
  • Kafka escribe esa carta y se la entrega a Elsi. No será la única porque escribe una carta por día por 3 semanas. Se convierte así en «cartero de muñecas».
  • En las cartas, Brígida, dejando claro su amor por Elsi, le va contando sus aventuras por el mundo… hasta que aplaza su regreso de forma indefinida. (No te cuento al detalle por si un día lees la novela —sería lo suyo, es muy agradable—, para dar espacio a alguna sorpresa).
  • La niña va asumiendo la realidad de una forma más calmada mientras la muñeca viaja a Londres, París, Venecia, cruza el charco, se enamora… casi a modo salto cuántico, a viaje por día. (Bendita inocencia).
  • Todo vuelve a la normalidad.

El momentazo

—Espera, espera, ¡qué tonto soy!: ¿Cómo se llama tu muñeca?
—Brígida.
—¿Brígida? ¡por supuesto! —soltó una risa de lo más convincente—. ¡Es ella, sí! No recordaba el nombre, ¡perdona! ¡Qué despistado soy a veces! ¡Con tanto trabajo!
La niña abrió los ojos.
—Tu muñeca no se ha perdido —dijo Kafka alegremente—. ¡Se ha ido de viaje!
[…]
—¿Tú te llamas?
—Elsi.
—¡Elsi, claro! ¡Naturalmente que era tu muñeca, porque la carta es para ti!
—¿Qué carta?
—La que te ha escrito, explicándote por qué se ha ido tan de repente. Pero con las prisas me la he dejado en casa. Mañana te la bajaré y podrás leerla, ¿de acuerdo?

Momentos de reflexión

Asumiendo que la historia es realmente verdadera (¿Por qué no? No tendría mucho sentido que Dora se la inventara), y más allá de la fantasía que incorporen las versiones que la cuentan, qué grandioso Kafka, ¿no?

Me refiero a su sensibilidad y empatía por una niña que no conocía, pero que le despertó su parte más humana, creativa y compasiva.

Porque si perder una muñeca era el mayor del drama para Elsi, pues lo era y punto.

Muñeca o no, hermano o no, eran las lágrimas más sinceras y dolorosas que jamás hubiese visto. Lágrimas de una angustia suprema y una tristeza insondable.

Es cierto que todo tiene «su justa medida» y que hay que coger perspectiva, pero ¿quiénes somos nosotros para decidir el grado de importancia de la desolación de alguien y menospreciar ese momento de tristeza, con su aprendizaje vital?

¿Acaso no es mucho mejor crear una historia alrededor que ayude a aceptar la pérdida, en pasitos, buscándole nuevas interpretaciones y ángulos distintos que permitan verla de una forma que acompañe en el proceso de aceptación para luego trascenderla?

Kafka hubiera podido rehuir la situación y seguir con su paseo sin más, pero hizo lo correcto: ayudar a la niña a superar su primera herida, su primer desamor, su primer abandono… Y es que más allá de la pérdida en sí, él observó la desesperación que estaba viviendo y su necesidad principal: ser escuchada, comprendida y valorada.

Sin ser padre, «solo» siendo una persona muy humana (sí, todas las personas son humanas, pero tú ya me entiendes) ayudando a crecer a un semejante.

Había sido un largo camino de casi tres semanas, carta a carta, para curar una herida y permitir que la vida se mantuviera armónica.

Me gusta también la «fuerza de creer» de la niña que, aunque paradójicamente se sienta algo incrédula, prefiere quedarse con la versión de Kafka porque le hace sentir mejor.

Una decisión (la de Elsi), que me lleva a otra pregunta: ¿por qué cuando pasamos a la edad adulta, dejamos totalmente de creer? (No me refiero al Ratoncito Pérez, pero sí a la magia de lo que puede ser real).

Total que, ficción o no, la historia es tan preciosa que, de no haber existido, la hubiéramos tenido que inventar. ¿Qué más da si es verdad o no… si mejora nuestras vidas, inspira y aporta algo más de luz al mundo?

Y sí, yo creo que lo hace.

[Nota adicional]: He pensando que, en una próxima versión de la historia, la muñeca podría encontrarse con el gnomo de Amelie. Es que parece que sigue viajando (ejem, aunque no sea el «original») y, fantasear por fantasear, sería un puntazo.

El Nobel de Bob Dylan y dos versiones

Una de las sorpresas que nos dejará 2016 es que el Nobel de Literatura se lo haya llevado Bob Dylan.

«¿Ein? ¿En serio? ¿Un cantante ganando el Nobel de LI-TE-RA-TU-RA? ¿No es una falta de respeto al Arte de Las Letras? ¿Será una estrategia para darle bombo y platillo a los premios? ¿Qué pensará el eterno nominado Haruki Murakami? ¡Herejía, Herejía!»

Pero, entonces, aquí servidora se pone a reflexionar un poquito más a fondo y se dice: «déjate, Bob Dylan es (y siempre ha sido y será) un poeta. Lo que pasa es que musicalizó su prosa poética porque así lo sentía y podía. Si sabía tocar la guitarra y cantaba, ¿por qué no expresarlos de esa manera?».

Lo cierto es que más allá de sus poemarios y cuentos (que los tiene), si uno lee las letras de sus canciones identifica versos que han tocado el alma de distintas generaciones y que, a lo largo de más de 5 décadas, se han colado en algún momento en casa de todos.

¿Será porque tocan temas y aspiraciones universales independientes a las situaciones individuales de cada uno?

Personalmente, a mí, Bob Dylan, «ni fu ni fa» y nunca será de mis cantantes favoritos, pero 1) entiendo su valía como letrista, 2) reconozco sus canciones cuando suenan en la radio y 3) me parece un puntazo que se haya abierto el rango de lo que es literatura y expresión poética, tenga o no tenga un punto estratégico por parte de la Academia Sueca de los Nobel.

Aclarado esto, si es así, que sus letras son poéticas y que se las ha ingeniado, casi sin querer, para que su poesía llegara a casa de tantísimos, ¿por qué no premiarlo?

Todas las obras, para ser buenas, deben, como dijo Gógol de su relato de despedida («me brotó del alma»), brotar del alma del autor. Pero, ¿existe algo accesible para el pueblo que pueda brotar del alma de los autores que, en su mayoría, se encuentran en un nivel superior de evolución? El pueblo no lo comprenderá. Aun si el autor se esfuerza por descender hasta el nivel del pueblo, el pueblo no lo tomará correctamente. —Lev Tolstoi, Diarios 1847-1894

Es más, habría un poeta español que estoy (casi) segura de que aplaudiría la decisión porque decía que había que escribir a la mayoría. Me suena (o me quiere sonar) que fuera Becquer, pero no lo he podido confirmar. (¿Google me ha fallado? Sino Google, mi memoria).

La historia es que Bob Dylan ha sido versionado millones de veces en casi todas sus canciones, y por algo será.

¿Soplamos y rodamos juntos?

He escogido dos de sus temas más conocidos: Blowin’ In The Wind y Like A Rolling Stone, pero no te traigo los temas originales, sino dos versiones de dos grupos bien distintos.

Lo hago para no aborrecerte escuchando una vez más (esta semana) la voz de Dylan y para celebrar su capacidad de llegar a gente tan dispar (ya verás que unos no tienen nada que ver con los otros) y conquistarlos a todos.

Blowin’ In The Wind no podía faltar en este blog que tomó su hilo conductor en el aire. Pero, más allá de la casualidad, lo he escogido porque me parece poético eso de que que las respuestas a esas preguntas que nos parecen incontestables estén ahí, flotando en el viento.

Por otra parte, Like A Rolling Stone me recuerda a este poema de Martin Niemöller que siempre he tenido muy presente:

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí,
no había nadie más que pudiera protestar. —Martin Niemöller

¿Qué te apetece escuchar más?

Bob Dylan ganando el Premio Nobel de Literatura. Definitivamente, y tal como clama otra de sus canciones más famosas, «los tiempos están cambiando».

Por cierto, ¿sabías que su apellido es Zimmerman y que lo cambió a Dylan en honor al poeta Dylan Thomas?

No deja de ser interesante…

OBJETIVO 1: Descubrir estas dos versiones de dos de los grandes temas de Bob Dylan y entender un poco más su aportación al mundo.
OBJETIVO 2: ¿Cuál es esa pregunta de la que te gustaría tener una respuesta? ¿Cómo vas de empatía? ¿Conoces tus prejuicios?
ARTISTAS: King Mulhacen | Krzysztof Wałecki & Darek Pietrzak en honor a Bob Dylan.
CATEGORÍA: Música y letras con Nobel.

Va de zombis a los que dar puerta

Sí, de eso va el post.

Pero no de los que salían en Thriller de Michael Jackson.

No, de esos no.

¿Te cuento?

La historia es que el otro día terminé, al fin, un curso online al que me había apuntado.

Y digo «al fin» porque lo llevaba arrastrando desde hace meses.

El curso era tedioso y lioso y siempre volvía a él de malas maneras, con la actitud esa incorrecta de «a ver si acaba ya».

La instructora era aburrida no, lo siguiente: lo único que hacía era leer sus interminables notas sin puntos ni comas, casi sin respirar, a una velocidad tan rápida que era casi imposible pararla un momento (y reflexionar, o incluso para poder anotar algo) más allá de pausarla con el botón de «cállate, porfa» (éste: ▌▌) porque, gracias a los dioses, eran lecciones grabadas.

Y me consolaba pensando en sus alumnos preguntándome cómo alguien así podía estar dando clase en la Universidad. Para más inri, de filosofía.

Lo único que me resultaba atractivo era el tema, sobre las virtudes y la sabiduría práctica, y mi idea de aprender algo extraordinario para luego poderlo compartir contigo.

No va a poder ser (no soy más sabia para nada) así que me he sacado de la chistera un aprendizaje alternativo (ya sabes, siempre hay que buscar la parte positiva de todo), el siguiente: el curso era solo un proyecto zombi más en mi vida para que me diera cuenta de la tontada que, a veces, es continuar algo solo por el mero hecho de que lo has empezado y para que recordara, de una santa vez, que no era suficiente razón para seguir con él.

Total que, a falta de darte las claves para pensar de la forma más lúcida e íntegra (al menos, de momento), ¿por qué no tratar el tema en el blog? ¿Por qué no identificar alguno de esos proyectos y «matarlos»de una vez por todas? ¿Por qué no decidir que este último no va a ser uno más, sino El ultimísimo?

Me queda un zombi suelto (no sé muy bien que hacer con él, me doy una semana para decidirlo), pero me he cargado a 3 (puedes felicitarme) y al final estoy escribiendo el post, no está mal.

Proyectos zombi

Y quién dice «proyectos» dice «cursos», «relaciones», «trabajos», «objetivos»… incluso «sueños».

En definitiva, todos aquellos proyectos que un día empezaste con tremenda (cuanto menos, «mucha») ilusión y que luego, por inercia, orgullo o por aquello de «mejor hacer algo que nada» los sigues teniendo ahí, llenando huecos en tu agenda que podrían ser utilizados para algo que sí que tuviera más sentido en tu vida, en tu ahora, sea el que sea.

Otra de las razones es pensar que ya que llevas ese dinero y/o tiempo invertido en él, si lo dejas, será ya no un paso atrás, sino la vuelta a las cavernas.

Y como la amenaza es demasiado amenaza (valga la redundancia) para deshacerte del zombi, lo dejas ahí, no sea que le dé por resucitarte y darte las claves de la felicidad.

La realidad es otra bien distinta porque, de algún modo, puedes reconocer perfectamente el patrón y sabes que no es así.

Lo sabes porque ya te ha pasado más veces y el proceso siempre es el mismo: te enamoras de la idea, pones toda la carne en el asador, te encuentras con los primeros obstáculos, te comparas con los demás y con ese ideal estupendo (y seguramente utópico) que te has hecho tuyo, te vas desmotivando cada vez más, pones cada vez menos atención…

Hasta que se muere solo.

Eso, si no los acumulas en el limbo de proyectos a revisar con el añadido «un día de estos», una decisión que no sería del todo acertada, sobre todo si quieres conseguir una vida plena y con sentido,

Y de ahí a que hoy nos pongamos a hacer una caza de zombis.

¿Cazamos?

Para hacerte un favor a ti mismo (y que no te pase como a mí con el curso rezombi), he pensado en proponerte una actividad: hacer una revisión de todos tus proyectos actuales (los que acabes de iniciar, los que ya lleven tiempo contigo) y que decidas qué hacer con ellos desde el desapego y el respeto a tu agenda.

Se trataría de identificar aquellos proyectos que están en tu vida y preguntarte 1) hasta qué punto te aportan valor, 2) si un último esfuerzo valdría la pena (para no desecharlo solo por pereza, miedo o apatía) y 3) por qué un día decidiste embarcarte en él (por si la respuesta ya no te resuena ni va contigo).

Luego, pondrías los resultados en una escala y a los zombis con puntuaciones más bajas les darías puerta sin más, y si pestañear.

(Sí, los cazas para darles puerta, que me parece más divo y más elegante que matarlos, la verdad).

Eso sí, no te presiones más de la cuenta y si dudas con alguno, haz como yo y ponte una fecha límite para valorarlo una última vez. (Yo  me he dado una semana pero quizás con un par de días tienes suficiente).

Y como siempre es mejor reflexionar con papel y bolígrafo en mano, sorpresa: ¡te he preparado una plantilla! ¿La quieres?

¡Pues claro que la quiero!

Apuntes finales

Una vez que te hayas desprendido de los zombis que te estaban acompañando hasta ahora, lo que sería mega de ideal (y yo también estoy comprometida en ello) es que, cuando se te presente un proyecto que te llame especialmente la atención, identifiques si es zombi o humano en 3 simples pasos.

1) Pregúntate si realmente tienes tiempo (o identifica qué ajustes deberías hacer en tu agenda —por si te compensa o no—).

2) Determina si es algo que de verdad te entusiasma o es un mero capricho  de esos que luego se te pasan (en caso de duda, deja un par de días para pensarlo más en frío).

3) Busca y encuentra la razón principal por la que te gustaría embarcarte en él.

Y es que estoy convencida de que si uno tiene un fundamento claro y una motivación saludable para conseguir lo que sea, es imposible que ese proyecto se convierta en un zombi.

Bueno, menos en una caso:  que el destino considerase que era un medio, no un fin y te llevara a algo mejor.

Acabo ya con una pregunta y una reflexión final extra.

1) La pregunta: en el hipotetiquísimo caso de que algún día te encontraras con un zombi (de los de verdad, ejem) que quisiera atacarte y pudieras defenderte desprendiéndote de él de una forma tan sencilla como la planteada aquí (desapegándote y matándolo solo por el mero hecho de decir «hasta aquí, porque yo lo decido»), ¿te lo pensarías tanto?

2) La reflexión final extra: ¿y si la finalidad de mi curso tedioso y lioso era justamente escribir este post en el blog? Porque, si fuera así, entonces, ¿realmente podría decir que el curso no ha valido la pena?

La vida y sus mil preguntas. En fin.

No sabe el gorrión

… que es gorrión.

Así empieza uno de mis poemas favoritos.

Es de José Corredor-Matheos, que tiene un punto zen y un punto tao en todo lo que hace.

(Incluso sus facciones son algo orientales, aunque sea manchego y viva en Barcelona desde que era un niño).

Pertenece a su poemario El don de la ignorancia, que fue Premio Nacional de Poesía en 2004.

Y no me extraña porque es bello bello bello.

Muchas veces me cuesta ser como el gorrión del poema.

Por eso, de vez en cuando, recupero sus versos y recuerdo lo feliz que es el gorrión dejándose llevar por la fluidez del momento y siendo lo que simplemente es sin saberlo: un gorrión.

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OBJETIVO 1: Compartir el vuelo de ese gorrión que vuela sin más, porque es su verdad y su esencia.
OBJETIVO 2: Preguntarte hasta qué punto dejas fluir y vives como un gorrión.
AUTOR: José Corredor-Matheos.
CATEGORÍA: Poesía para el alma.

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