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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Archivo de enero 2017

Atrapado en el tiempo: de patrones y oportunidades

Esta semana es el Día de la marmota, una tradición de las zonas rurales de Estados Unidos y Canadá, a modo oráculo, para determinar el fin del invierno.

Cada 2 de febrero la marmota termina su estado de hibernación y, según su comportamiento, se predice la duración del invierno. Si sale de su madriguera, se vaticina una primavera adelantada; si vuelve a ella, el frío durará 6 semanas más.

Es parecido al dicho popular de La Candelaria, que coincide en el día, pero que no tiene ningún espectáculo añadido. Según la sabiduría popular, si ese día hace buen tiempo, el invierno durará mucho más, pero, si llueve y está «feo», entonces la primavera se adelantará.

La versión catalana es así:

Si la Candelera plora, l’hivern és fora; si la Candelera riu, l’hivern es viu. Tan si plora com si riu, l’hivern es viu!

Bueno pues, el día de la marmota es la excusa de Atrapado en el tiempo, un clásico del cine de los años 90, una película de esas ideales para cualquier «domingo tonto» por la tarde. Pero ella, la historia en sí, es todo menos tonta. Y por eso la he querido recuperar.

Es cierto que hay altas probabilidades de que la hayas visto (incluso más de una vez) pero, por si acaso, te cuento que es una comedia en la que el protagonista vive una y otra vez un mismo 2 de febrero, que coincide con la celebración del día de la marmota. No importa lo que haga: cada día se cruza con la misma gente y se encuentra con las mismas situaciones.

Lo interesante es que es consciente de ello y su evolución al respecto, con sus distintas fases y sus respectivos logros.

En busca de patrones

Phil, el protagonista, se encuentra atrapado en un bucle de 24 horas anclado en el 2 de febrero, un día que se va repitiendo sin parar. Al principio, le encuentra su gracia porque le permite hacer lo que le venga en gana; luego, se desespera y quiere terminar con todo; pero, al final, cansado y sin esperanza alguna de vivir más allá de ese día, decide contemplar la situación desde un nuevo prisma.

Y, entonces, todo cambia a mejor.

Lo que entiende Phil es que la repetición es una oportunidad para mejorar, ya no solo él mismo, sino el mundo que le rodea.

Es entonces cuando se pone a estudiar francés, aprende a tocar el piano, traza un plan para evitar la muerte a un desvalido, ayuda a la gente que se va encontrando y es cada vez más empático con los que le rodean.

Solo cuando «entiende» la situación, se rompe el ciclo y la próxima alarma del despertador le lleva al día después, al 3 de febrero. Eso sí, siendo mucho mejor persona.

Momentos reflexión

Estaba pensando que, de hecho, cada uno de nosotros tiene su «día de la marmota» particular, con una situación poco placentera (cuando no varias) que se va repitiendo a lo largo de nuestra historia. Al menos, hasta que aprendemos «su» lección.

¿O no te has encontrado nunca clamando al cielo algo así como «¿En serio? ¿Otra vez? ¿De verdad que me fui de Guatemala para llegar a Guatapeor?»

Creo que una alternativa buena a la desesperación y al victimismo es la reflexión: no solo nos puede ayudar a encontrar patrones escondidos, sino también a decantarnos por hacer cambios en nuestra vida, incluso dar un giro importante buscando un sentido más apropiado y más acorde a lo que la reflexión nos diga que tenemos que vivir.

No sé, a mí me parece que es el mejor enfoque posible, pensar que el patrón es un aviso, una lección, una clave; una sombra que requiere luz, un código que tenemos que descifrar para seguir el juego de la vida,… una oportunidad.

Las cosas no ocurren por casualidad en este mundo de surgir y desaparecer. No vivimos en una especie de universo loco y accidental. Las cosas ocurren de acuerdo a ciertas leyes, leyes de la naturaleza. Leyes como la ley del karma, la cuál nos enseña que debido a que se sembró una semilla, un fruto saldrá. —Sharon Salzberg

Ya sabes: si te vas encontrando con una situación más de una vez en tu vida, revísala, que puede que des con tu propósito. Como mínimo, con el siguiente paso de tu camino.

Y mientras me pregunto que opinaría Carl Jung sobre la película, tengo claro que su consejo sería el mismo: pon atención a los patrones y deja que te hablen.

Termino aquí, que tengo mi «atrapado en el tiempo» particular y todavía no he dado con su lección. A ver si la descubro, a ver.

El indio y el hielo (y la incrédula de su prima)

Lo reconozco: hay libros con títulos tan chocantes (y provocativos) que me seducen a la primera.

Es lo que me pasó el día que me crucé con El cerdo que quería ser jamón.

El subtítulo tampoco estaba nada mal («Y otros noventa y nueve experimentos para filósofos de salón») por lo que, después de leer la contraportada, no había otra: tenía que venirse conmigo a casa.

Y se vino, claro.

Su autor es Julian Baggini y recapitula situaciones que plantean dilemas morales o filosóficos que nos invitan a pensar un poco, justamente uno de los objetivos de este blog.

De los 100 «experimentos» hay pocos que no me hayan llamado la atención, pero hay 12 que me han conquistado del todo.

Hoy te traigo uno de ellos, aunque quizás más adelante rescate otro. (Es que ha sido todo un suplicio tener que escoger 1 de los 12, y de los 100, de verdad).

El fragmento elegido pertenece (o se inspira, no me queda claro) en Investigación sobre el entendimiento humano [David Hume, 1748].

Te dejo ya con él y la reflexión de Baggini, a ver qué te parece.

El indio y el hielo

Dhara Gupta vivió toda su vida en un pueblo próximo a Jasailmer, en el desierto de Rajastán. Un día, en 1822, mientras preparaba la cena, sintió un alboroto. Alzó la vista y descubrió que su primo Mahavir había regresado de un viaje que emprendiera hacía dos años. Tenía un aspecto saludable y durante la cena les contó sus aventuras.

Narró historias de ladrones, animales salvajes, grandes montañas y otro lugares y aventuras increíbles. Pero lo que realmente dejó pasmada a Dhara fue que asegurase haber visto algo llamado «hielo».

«Llegué a regiones donde hacía tanto frío que el agua dejaba de correr y formaba un bloque sólido y translúcido —contó Mahavir—. Lo más asombroso es que no existe un estado intermedio en que el líquido se espese. El agua que fluye libremente está solo un poco más caliente que la que se ha solidificado».

Dhara no quería llevar la contraria a su primo en público pero no lo creía. Lo que este describía contradecía toda su experiencia. No creía a los viajeros que hablaban de dragones que exhalaban fuego. Tampoco creía ese disparate sobre el hielo. Se consideraba, con razón, demasiado inteligente para creerlo.

…

¿Cómo podía tener razón Dhara cuando, en cierto sentido, estaba tan claramente equivocada? Sabemos que la descripción de hielo de Mahavir no era una fantasía equiparabale a los cuentos de dragones, sino una descripción precisa de lo que le sucede al agua en el punto de congelación.

Dhara estaba en lo cierto en el sentido de que a veces nos equivocamos razonando correctamente. Pensemos, por ejemplo, en los planes de enriquecimiento rápido. La mayoría de los usuarios del correo electrónico recibirá casi a diario mensajes que prometen enormes riquezas con un «pequeño» desembolso. Como se trata casi sin excepción de fraudes y llevaría demasiado tiempo investigar uno a uno sus credenciales, el único curso racional de acción consiste en hacer caso omiso de ellos. No obstante, eso significa que es posible que un día dejemos pasar una oportunidad genuina y nos privemos de una gran fortuna. Ese correo electrónico en particular no sería un fraude, pero, en buena medida, habríamos razonado correctamente al concluir que probablemente lo era.

El mismo planteamiento general es aplicable a Dhara. No deberíamos creer todo lo que nos dicen sobre el funcionamiento del mundo natural. Cuando alguien nos diga que puede levitar, parar relojes con la mente o curar enfermedades con cristales, nuestro escepticismo estará justificado. Nuestra experiencia pasada nos dice que tales cosas no suceden y que, siempre que se han afirmado que han ocurrido han faltado las pruebas que las confirmen o se ha descubierto el fraude. No es preciso pensar que quienes defienden tales cosas sean unos estafadores: simplemente puede que estén equivocados o que basen sus afirmaciones en razonamientos defectuosos.

El problema reside, sin embargo, en que a veces sucede algo que nos obliga a reconsiderar lo que creíamos saber. No podemos descartar una idea simplemente porque no encaje con nuestras creencias actuales. Antes bien, necesitamos muy buenas razones para hacerlo, porque lo firme y establecido ha de pesar más que lo defendido por un individuo o un pequeño grupo que lo cuestiona.

He aquí el problema de Dhara. El testimonio de una persona, incluso si se trata de su primo, no es lo bastante fuerte para contradecir sus conocimientos del mundo natural, en el que los líquidos no se transforman en sólidos a una temperatura aparentemente mágica. No obstante, debe aceptar también que, a diferencia de su primo, ella no conoce esas regiones más frías. Por consiguiente, su experiencia es limitada, pero, más allá de ella, solo cuenta con la palabra de su primo. Al negarse a creerle, ¿estrechó en exceso los límites de su conocimiento? ¿O equivocarse en esta ocasión era el precio que debía pagar por no ser crédula y equivocarse en muchas otras situaciones?’

Apuntes finales

Al transcribir el texto original y comentarlo, Julian me ha hecho todo «el trabajo», pero ahí va una pequeña aportación, por si te anima a seguir pensando, debatir o enfurruñarte conmigo concluyendo algo distinto, que puede ser.

1) Teniendo en cuenta que la verdad única me queda a desmano, si tú me dices que hablas con los fantasmas o que las nubes te han descubierto las verdades del universo, voy a tomarlo como verdad: tu verdad y tu experiencia.

Puede que no te entienda, cierto, pero a estas alturas conozco de sobras el límite de mi capacidad y sé que ésta no puede llegar a todo (mal que me pese, porque molaría un montón entender todos los misterios de la vida).

2) Otra cosa distinta es que me digas que si compro el artilugio «tralalá» contactaré con el más allá. O peor: que me insistas. (Si tienes que insistirme es que me muestro demasiado escéptica por lo que no me voy a obligar a ello: si no tengo fe, seguro que no me funciona). Eso sí, si a ti te funciona, te respetaré. Al fin y al cabo, cada uno tiene que decidir qué le es útil, qué le sirve y qué le acerca a lo que anhela, sea un objetivo o un valor. Vamos, yo no soy quién para decirle a alguien que no ve fantasmas de la misma manera que si viviera en el desierto y no hubiera visto nunca el hielo, erraría llamando mentiroso a mi primo explorador. Paso: si él ha visto una cosa llamada hielo, pues estupendo, aunque se escape a mi comprensión.

¿Te pongo un ejemplo? Yo he tomado Flores de Bach en 4 ocasiones distintas, ninguna de ellas con cambios que yo pueda considerar perceptibles o dignos de mención, pero esa es solo mi experiencia. Por el contrario, conozco gente que se ha sentido mucho mejor después de tomarlas y que recurren a ellas cada vez que se encuentran de bajón. Y ¿sabes qué? Me parece estupendo. ¿Quién soy yo para contradecir su experiencia? De la misma manera, a mí también me han servido otras distintas que podrían considerarse locas o imposibles.

Tampoco leo (ni tan solo veo) auras ni hablo con los ángeles, pero hay gente que sí. Y me parece estupendo. Y si fuera tu caso y nos encontráramos y se diera el momento, me encantaría que lo compartieras conmigo, por si pudiera aprender de algo de tu realidad. Y, de ser así, sería estupendo.

3) No todo sirve para todo el mundo, ni tan siquiera este simple entrada al blog. Pero si hay alguien a quien le pueda servir para pensar un rato, ¿por qué no publicarla?

El pensadero de Harry Potter (¡Menudo invento!)

Reconozco que no soy muy fan de Harry Potter y compañía (no entiendo muy bien por qué no, ¿quizás no me llegó en la época adecuada?) pero hay un artilugio que me encanta y que me dejó tan sorprendida que no creo que vaya a olvidar nunca: el pensadero, ese súper invento para revivir pensamientos y recuerdos, pero que también permite examinarlos y mirarlos desde fuera, de forma más objetiva, incluso conectar varios de ellos u originar otros para completarlos, dando más perspectivas.

Digamos que es para recuperar memorias pero también para despejar la mente, el uso que particularmente me parece más interesante, sobre todo cuando la cabeza se encuentra centrifugando a demasiadas revoluciones y en el programa largo.

¿Te imaginas desprenderte de todos tus pensamientos basura, de todo tu caos? ¿Posponer una reflexión para más adelante porque tienes que concentrarte en algo distinto? ¿Dar con esa última pieza del puzle con la que todo cobrará sentido? ¿Qué el mismo pensadero hiciera todo el trabajo, que pensara por nosotros y que nos devolviera las conclusiones? (Puestos a pedir….).

No hay más que abrir el grifo de los pensamientos que sobran, verterlos en la vasija y examinarlos a placer. Es más fácil descubrir las pautas y las conexiones cuando están así.
—Dumbledore, Harry Potter y el Cáliz de Fuego.

Su apariencia es una vasija de piedra  (en la película, más bien un cáliz gigante), con símbolos y runas grabadas, y se podría decir que su funcionamiento va en pack, con una varita mágica y un lugar para almacenar los pensamientos en botellitas (a mí me recuerdan a los viales de vitamina o hierro).

pensadero-harry-potter-dumbledore-varita-recuerdos

Así en breve, y desde el recuerdo de la historia (si eres un entusiasta de la saga, corrígeme si me equivoco), el procedimiento consistiría en dos pasos. El primero sería extraer pensamientos con la varita y guardarlos en unas mini botellitas, que dejarías a buen recaudo hasta que en algún momento necesitaras recuperar alguno de ellos. Llegado el momento, entonces, buscarías la botellita en cuestión, verterías su contenido en el cuenco y «tachán», magia: la nebulosa creada te llevaría a revivir el recuerdo y llegarías a esa segunda fase.

Y lo analizarías. Y darías con nuevas interpretaciones. Y comprenderías. Y darías con el eureka. Y tu sabiduría sería mayor.

Genial no, lo siguiente.

OBJETIVO 1: Identificar qué te sugiere el invento. ¿Qué recuerdos rescatarías?
OBJETIVO 2: Encontrar una manera de crear tu propio pensadero. ¿Quizás una libreta dejando espacio detrás, para reflexiones futuras? ¿Pos-it’s de colores?
CREACIÓN: J.K. Rowling (y Dumbledore, el gran hechicero y Director de la escuela Hogwarts).
CATEGORÍA: Inventazos.

[NOTA FINAL]: ante un invento tal, una se reconoce tentada a observar pensamientos ajenos como Harry (siempre desde la buena intención), pero, si un día sale al mercado, me comprometo a utilizarlo solo para lanzar dudas, observar las preocupaciones e identificar nuevos puntos de vista.

Yo soy un ser 100% racional (o no): identificando los sesgos cognitivos

Somos seres racionales y maduros que siempre tomamos decisiones desde la razón.

O eso creemos: que siempre actuamos desde la lógica y de forma coherente, con argumentos aplastantes, críticos, objetivos y totalmente propios.

Al fin y al cabo, los irracionales y los absurdos son solo los locos, los súper ancianos y los niños.

Pero ¿es así?

Pues no.

(Qué va, ya nos gustaría).

La historia es que muchas veces (más de las que creemos o queremos reconocer), nos movemos por impulsos, desde la emoción o desde la influencia externa, que no siempre tiene que ser negativo, cierto, pero que, ya que estamos y lo sabemos, mejor tenerlo en cuenta, porque también nos puede entorpecer en nuestras cábalas. Y mucho.

El reto es todavía mayor porque no solo queremos tomar decisiones, sino que buscamos que éstas sean «las correctas», las que tengan más significado, las que resuenen más con lo que somos y lo que valoramos. Vamos, que sean propias. Y bueno, más allá de la argumentación, la lógica, la retórica y nuestros valores y todo lo que nos ayude a evaluar de una forma más crítica encontramos ese conocimiento base deambulando por el inconsciente que también afecta mucho. (O así lo veo yo).

¿Recuerdas la Teoría del cerebro triuno y aquello de que, cuando no sabes identificar por qué actúas de una manera u otra, te sorprendes —o incluso te enfadas contigo mismo— porque no sabes como justificar tu comportamiento? Pues hoy lo iremos completando. ¿Te quedaste con las diferencias entre mapa y territorio? Pues te va a ayudar para adentrarte en el tema de hoy.

Y sin más preámbulos (que me lío) vamos a indagar un poco sobre «El apasionante mundo del sesgo cognitivo» que suena tremendo y complicado, pero que es interesante y más cercano de lo que puede parecer. Si quieres, cambia ‘sesgo’ por ‘prejuicio’, que es un término más familiarizado y ya habrás entendido más de la mitad.

El apasionante mundo del sesgo cognitivo

No te voy a descubrir nada nuevo: vivimos en un mundo en el que se amontonan muchos datos a recordar, gran información por asimilar, tropecientas distracciones con las que lidiar, una gran superficialidad en todo y una presión por actuar en el «mismamente ya», una tendencia que va in crescendo.

La historia es que como no podemos analizarlo todo en el momento en que nos llega (y desde todos los primas posibles, que sería lo suyo), procesamos la información de una forma inconsciente, por lo que originamos una realidad parcial, distorsionada e inexacta.

En ese proceso se dan cita inmediata 5 protagonistas mínimo: la creatividad, los estereotipos, la intuición, lo conocido y la experiencia.

Ellos son los que conforman unos «atajos» a los que se les denomina ‘sesgos cognitivos’ y que tienen una función clara: facilitarnos la existencia, que como idea no está mal, siempre y cuando seamos consciente de hasta qué punto tienen poder.

Lo que te propongo es que los explores conmigo y así reconocer mejor su influencia, aunque estén en la sombra.

Vaya vaya con los sesgos estos…

Imaginemos una alarma a la que llamaremos ISECOG, Identifica SEsgos COGnitivos.

Aquí un modelo tipo (e inventado), por si te ayuda:

sesgos-cognitivos-ejemplos

La alarma ISICOG está diseñada para «saltar» (e invitarnos a reflexionar) cuando:

#1.  Estamos de acuerdo con cualquier teoría o postura que apoye nuestras ideas, pero nos mostramos escépticos cuando no. Pongámoslo de otra manera: lo que nos cuadra, lo aceptamos al minuto; lo que no, lo  rechazamos, lo evitamos y lo consideramos parcial o tendencioso. («¿Qué dice que qué? ¡Imposible!»).

#2. Simplificamos una historia añadiendo lo que falta. (¿Acaso no es más fácil que tener ponerse a buscar y rebuscar más datos para complementarla o rectificarla? Bienvenida imaginación).

#3. Nos centramos en el peor escenario, dando más peso a lo «malo», dejando que la negatividad nos nuble el raciocinio y posibilidades más agradables. (Ya sabes: «si es malo… puede ser todavía peor»).

#4. Analizamos nuestros actos y, entonces, se nos ocurren mil y una maneras distintas de proceder que creemos que hubieran sido mejores. El filtro es el resultado, no la información que se tenía en el momento de tomar la decisión. («A toro pasado» todo es mucho más fácil de prever, vaya que sí, pero el machacarse es gratuito y no nos hace ningún bien, mejor tenerlo en cuenta).

#5. Nos gusta algo porque está generalizado como bueno, bonito, bello, valioso, sabroso o lo que sea, no porque realmente nos hayamos planteado de si, a nosotros, nos gusta o no. (Pasa un montón con las películas, las tendencias de cualquier tipo, el artilugio de turno, la moda…).

#6. Aceptamos una opinión ajena como si fuera una verdad suprema. Le damos más poder porque le atorgamos una autoridad mayor, aunque no sea su campo. (Vamos a incluir ahí también los oráculos y los horóscopos, aunque yo personalmente tengo un respeto absoluto por la astrología y la sabiduría pagana y ancestral, que todo tiene su por qué y sus lenguajes. Otra cosa es saberlos interpretar).

#7. Enfocamos mayoritariamente en un aspecto determinado de un asunto, obviando otros prismas menos afines a lo que ya pensamos de antemano. Lo mismo cuando acabamos de leer un ensayo o leemos el periódico, que ya según el que escojas, es un filtro afín. (El resultado es que cumplimos nuestras expectativas y, por tanto, siempre estamos en el bando acertado. O no).

#8. Tenemos la sensación de que lo controlamos todo. (Lo más parecido a estar al lado de los Dioses, ahí, a lo alto del Olimpo dónde todo se ve, que quizás sería estupendo sí, pero que no lo sabremos nunca).

#9. Entre el helado con un etiqueta que marca « -90% de azúcares» (o grasas, o calorías…)  y uno que informa que lleva el «10% de.lo.que.sea» escogemos el primero. Del mismo modo, entre  un estudio que afirma que el tratamiento 3K2P tiene la curación para el «90% de los casos» de la enfermedad inventosis frente al que indica que, de todos  los pacientes tratados el  porcentaje de muertes es el «10%»  escogemos el informe «positivo», aunque sí, ambos sean el mismo y presenten las mismas conclusiones. (¡Ay los títulos, las etiquetas, las presentaciones y el marketing emocional!).

#10. Valoramos algo como «mejor» por un «extra» que realmente no afecta al funcionamiento del objeto. («En serio, ¿Pagarás 20€ más porque el botón tiene lucecitas?»).

#11. Esperamos al último minuto para ponernos con algo que hemos ido posponiendo, desestimando la importancia de los plazos y los tiempos acordados. (¿Será por una búsqueda inconsciente de una subida de adrenalina?).

#12. Buscamos la justicia y la responsabilidad de la víctima. («En fin, algo habrá hecho, ¿no?»).

#13. Miramos un asunto desde la deformación profesional, según los convencionalismos de cada campo. (Déjate, es el pan de cada día, que es lo que más conocemos. Tu amigo cocinero se echará las manos a la cabeza cuando le digas que lo cocinas todo en la olla rápida (sí, incluso la paella) y tu prima contable no entenderá que no tengas tus cuentas en un excel… Y así).

#14. Desestimamos una idea porque viene del «exterior» o entra en choque con nuestros paradigmas. («Marcianos, absténgase de opinar, por favor»).

#15. No tenemos en cuenta el impacto que puede llegar a tener una idea. (Pero deberíamos darle una vuelta más exhaustiva al asunto: ya sabes, pros y contras, consecuencias deseables y situaciones a evitar, o un análisis DAFO, aunque sea casero…).

#16. Está demostrado que asumimos que alguien con buena presencia y atractivo es una persona más inteligente, agradable y de fiar. Y al revés, siempre guiándonos por una primera impresión que automáticamente monta una historia detrás. (Pero bueno, ¿es siempre así? ¿Cuántas veces ya has errado y, aun así te sorprendes «catalogando»?).

#17. Estamos de acuerdo con la mayoría, diga ésta lo que diga. («Me parece bien, opino lo mismo que los demás. No tengo nada que añadir»).

#18. Observas más carritos de bebé cuando estás esperando un hijo e identificas más coches del mismo modelo que acabas de comprar. (Lo sé, son dos ejemplos de los más simplones, que ni soy madre ni conduzco, pero son los que me vienen a la cabeza, quizá por haberlos escuchado tantísimas veces. Ya ves, estoy condicionada totalmente).

#19. Creemos que no podemos controlar nuestro comportamiento, una adicción, una tentación. (Y déjate, la mayoría de las veces será más un hábito que una necesidad, por lo que el remedio será mucho más fácil de encontrar).

#20. Nos encontramos haciendo lo contrario de lo que se nos pide (como un acto de rebeldía). O nos sorprendemos acotando la libertad del otro dándole menos opciones de las posibles.

#21. Jugando al cara o cruz, pensamos que como han salido 6 cruces seguidas, la siguiente tiene que ser cara. Pero no, las probabilidades siguen siendo del 50%. (Pasa lo mismo con los rojos y los negros y los pares y los impares en la ruleta, palabrita de ex croupier profesional. —Lo del Black Jack es distinto, eso sí—).

#22. Cambiamos de ciudad (o incluso de país) y los precios de una nos sirven de referencia para los de la otra. (¿Te imaginas el desajuste comparando los precios de ciudades tan distintas como Cáceres con Nueva York? ¿Hanoi con Berna? ¿La Paz con Londres? Nada, descartado, sobre todo si la mudanza es de las primeras a las segundas).

#23. Pensamos aquello de «Esto, a mí, nunca me pasará», ya sea porque estamos convencidos de que tenemos el control total de una situación (#8) o porque nos parece demasiado inverosímil. (Es increíble que, a estas alturas, consideremos estar por encima de imprevistos y fatalidades —o de la fortuna y los golpes de suerte, que también—).

#24. Estamos seguros de que todo el mundo piensa igual que nosotros. (Recuerda: el mapa no es el territorio).

#25. Definimos nuestros logros siempre desde el mérito y las de Fulanit por enchufismo o suerte. (Vale, puede ser, pero ¿siempre?).

#26. Sobrevaloramos la inversión de tiempo, esfuerzo y dinero para no desprendernos de algo y no hacer nada al respecto. (¿Tirar esta relación por la borda? ¿Abandonar la tesis? Ni pensarlo… ¿O mejor identificar si es un proyecto zombi?).

#27. Ante la opción de cambio, optamos por el statu quo y el riesgo cero. (Sí, casa perfectamente con aquello del «Más vale malo conocido que bueno por conocer»).

#28. Arriesgamos más cuando queremos evitar algo negativo, pero somos más conservadores si tenemos mucho que perder.  («¿Y si rechaza mi propuesta y me despide? Mejor la guardo en el cajón…»).

#29. Tomamos una decisión precipitada, cuando sabemos que deberíamos haberla reposado más. (Todo tiene su tiempo y su propio proceso, pero el ritmo del mundo no lo facilita).

#30. Fantaseamos demasiado con el futuro. (El cuento de la lechera versión 2.0 en la edad adulta, pero ahí está, que no aprendemos nunca).

Apuntes finales

Visto el panorama (y teniendo en cuenta que hay más sesgos cognitivos que estos 30, y que las falacias lógicas —las trataremos más adelante— también tienen algo que decir en esto de toma de decisiones), ¿cómo podemos desprendernos de tales «barrotes»? ¿Estamos condenados a decidir de forma errónea para siempre (y más allá) o somos capaces de decidir  de la forma más objetiva, justa, moral y útil, a pesar de su influencia? ¿Algún día encontraremos la fórmula para un «pensamiento 10»?

Pues no lo sé, claro, pero yo creo que, desde la humildad y el reconocimiento de que 1) no lo sabemos todo, 2) nuestro raciocinio es limitado y 3) estamos llenos de estereotipos y prejuicios, ya estamos dando un paso agigantado.

Y no me refiero a que neguemos nuestro criterio, pongamos en duda lo que sabemos ni que aniquilemos nuestra intuición  —vamos, para nada—, pero estoy segura de que,  desde la curiosidad, podemos ir puliendo cada vez más nuestro raciocinio y así ser cada día algo más sabios.

Voy terminando ya, que tengo que encender mi alarma ISECOG. (Seguro que me ayuda a buscar nuevas perspectivas e identificar más rápido lo que me es útil y propio… de lo que no).

Mi raciocinio, como mi mapa, nunca será perfecto, pero sí cada día mejor. O eso espero.

 

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