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Archivo de marzo 2016

El punto

¿Hasta dónde podría llevarte un simple punto?

El cuento de hoy (que es precioso), te desvela ese preciso instante en el que todo cambia, el momento en el que tu vida, de repente, cobra un nuevo sentido y descubres algo de ti que te impulsa a mejorar.

Y todo ello alternando valores como el respeto, la libertad y la confianza.

Te dejo con él y te recomiendo con cariño que te hagas con un ejemplar y lo regales a los pequeños (o no tan pequeños) de casa animándoles a que, también ellos, encuentren ese primer «punto».

Disfruta de esta historia de Peter H. Reynolds, que lo harás.

El cuento

La clase de arte había terminado, pero Vashti se había quedado pegada a su asiento. Su hoja estaba en blanco.

La profesora se inclinó sobre la hoja:

—¡Ah!, un oso polar bajo una tormenta de nieve, —dijo.

—¡Muy divertido!, —contestó Vashti—. No se me ocurre qué dibujar.

La profesora de Vashti sonrió.

—Haz solo una marca y mira adónde te lleva.

Vashti dejó su marca hundiendo el lápiz en el papel de un solo golpe.

—¡Ya está!

La profesora tomó la hoja y la estudió atentamente.

—Umm…

Devolvió la hoja a Vashti y tranquilamente dijo:

—Ahora, fírmalo.

Vashti pensó por un momento «Bueno, quizá no sepa dibujar pero sí sé escribir mi nombre».

A la semana siguiente, cuando Vashti entró en la clase de arte, se llevó una sorpresa al ver lo que colgaba por encima de la mesa de su profesora.

Era el punto. ¡Había enmarcado SU PUNTO! ¡En un marco dorado!

—Umm… ¡Puedo hacer un punto mejor que ÉSE!

Abrió su caja de colores, nunca antes estrenada, y se puso a trabajar.

Vashti pintó y pintó. Un punto amarillo. Un punto verde. Un punto rojo. Un punto azul…

Mezclando el azul con rojo descubrió que podía pintar un punto VIOLETA. Vashti siguió experimentando. Hizo un montón de puntos de muchos colores.

«Si puedo hacer puntos pequeños, también puedo hacer puntos GRANDES».

Vashti esparció los colores con un pincel más grande, en un papel más grande y pintó puntos más grandes.

Llegó incluso a hacer un punto SUB pintar un punto.

Unas semanas después, en la exposición de la Escuela de Arte, los puntos de Vashti causaron sensación.

A Vashti se le acercó un niño pequeño que le dijo con admiración:

—Eres un gran artista. Cómo me gustaría pintar como tú.

—Seguro que sabes, —le contestó Vashti.

—¿YO? No, yo no. No sé trazar ni una línea recta con una regla…

Vashti sonrió. Le acercó al niño una hoja de papel en blanco.

—A ver… —le dijo.

El lápiz del niño temblaba mientras trazaba su línea.

Vashti miró atentamente el garabato del niño. Luego dijo:

—Y ahora … fírmalo, por favor.

Apuntes finales

Lo sé, es súper chulo.

Pero no te quedes solo con eso y recuerda la importancia de:

1) Dar un primer paso.

2) Confiar en que puedes darle la vuelta a la frustración.

3) La motivación de los que te rodean. (Y la motivación a que vuelen con sus alas que tú les puedes dar).

4) La curiosidad como motor para mejorar.

5) El disfrute que ocasiona el proceso de explorar.

6) La perseverancia como parte del éxito.

Así que ya sabes, a partir de ahora, y en adelante, cuando te sorprendas con un «no puedo» o un «es que no sé…», vas a soltar un «Venga va, voy a probar a ver qué sale. Voy a hacer… lo que haría Vashti».

Y tú, ¿descubriste tu «punto»? ¿Cómo lo descubriste? ¿Tuviste la suerte de Vashti encontrándote una maestra que te animara a explorar tus talentos?, ¿Fue alguien de tu familia? ¿Sigues en la búsqueda?

[Nota extra]: al final de la historia, el autor (Peter H. Reyolds) dedica el cuento al Sr. Matson, el que fuera su profesor de matemáticas en 7º grado, él mismo que le animó a poner su marca. Nunca está de más agradecer y reconocer. Y ese es el punto de propina de este gran cuento, que lo es.

Lo que me inspira Petit Pierre es pura poesía

Hoy te presento a otro Petit (al otro, lo tienes aquí, aquí y aquí) que me fascina.

Lo hace por ser auténtico sin pretenderlo. Por ser tan único. Por vivir la vida a su manera y, en este caso, por superar todo un sinfín de dificultades con las que tuvo que lidiar desde su nacimiento, porque nació enfermo (te lo contaré ahora) y tuvo que lidiar con reproches y burlas constantes.

Pero, yendo incluso un poco más, lo admiro por su capacidad de crear su propio mundo y concebir, con él, pura poesía. Es un claro ejemplo del denominado Art Brut y del arte como terapia que, en este caso, solo necesitó de la intuición, que no deja de ser interesante.

7 pinceladas

  • Su nombre real es Pierre Avezard y vino al mundo el 30 de diciembre de 1909 en Vienne-en-Val, Francia, en el seno de una familia modesta de agricultores. Tenía dos hermanos (luego llegaría un tercero, Leo).
  • Fruto de una enfermedad conocida como Síndrome de Treacher-Collin, nació con la cara deformada, sordo, mudo y con graves problemas de visión.
  • Era pequeñín y nació antes de tiempo (de ahí lo de petit, pequeño en francés).
  • A los 7 años abandonó la escuela pero su familia, que lo adoraba, se ocupó de él. Principalmente, su hermana Teresa, que le enseñó un poco a leer y a escribir. Le fascinaba la mecánica y siempre estaba inventando artilugios.
  • En 1935 entró a trabajar en una granja. Su fascinación por la maquinaria fue in crescendo y siempre que podía, creaba nuevos artificios. En 1955 los patrones de la granja le cedieron un espacio de terreno (con una pequeña casita) para que siguiera con sus inventos. Se convertiría en su «oasis» y creó un carrusel gigante en el que seguiría trabajando hasta que su salud se lo permitió.
  • En 1987, la obra de Petit se trasladó al Museo de la Fabuloserie, en Dicy (Yonne) para asegurar su conservación. Por cierto, que lo de este Museo es súper interesante. (Estoy por montar una excursión).
  • Murió el 24 de julio de 1992, a los 82 años.

El carrusel de Petit Pierre

La gran obra de Petit, su aporte al mundo, fue la construcción de un enorme tiovivo. Fue su manera de comunicarse, de dejar un legado incluso más importante de lo que, seguramente, él había imaginado.

No lo hizo en dos ni tres días, sino a lo largo de casi 4 décadas, desde la curiosidad, y siempre fascinado por esa mecánica que descubrió que le ayudaba a expresarse frente al mundo.

El carrusel funcionaba con un sistema de correas que, al principio, se ponía en marcha mediante el pedaleo de una bicicleta. Más tarde, fue gracias a una lavadora en marcha. Lo sé, el ingenio de Petit Pierre no tenía límites.

A lo largo de las correas, se encuentra su representación del mundo, tal como lo veía y sentía. En el carrusel cabía la naturaleza, la maquinaria, el transporte, los humanos, se representaban escenas cotidianas y sobresalía una Torre Eiffel de 23 metros de altura.

Pero no creas que era un mundo del todo amable porque, aunque poético y bello también tiene un punto inquietante, incluso perturbador en el que expresaba el rechazo que había sufrido de la sociedad. Lo entenderás mejor si ves el vídeo.

Y sí, es importante que esté esa parte más «fea», más dramática, porque es la que te hace pensar de verdad y no perder la perspectiva de lo que era el carrusel: el mundo interno de Petit, alguien que se sentía fuera de lugar y que mediante el gran tiovivo, comunicaba sus sentimientos.

Sepas que, para construirlo, utilizó piezas que encontraba en los vertederos, otras que traía de los viajes con su hermano Leo y trozos de aviones que se estrellaron en la zona durante la guerra. Donde otros veían chatarra, él veía algo a lo que dar vida.

Lo cierto es que creo que el carrusel tiene parte de Leo (porque le enseñó mundo y, de ese mundo, trajo nuevas piezas con las de crear) y de Teresa, con los carteles informativos (al final, fue ella quien se ocupó de que él aprendiera a escribir). Por supuesto, es una licencia mía, pero es que me parece bonito dar ese papel a los hermanos.

Otra nota sobre los carteles: si no se respetaba lo que decían, rociaba a los que los incumplían con mangueras de agua. O, incluso como he leído en alguno de la mil fuentes consultadas, con leche, que también es un puntazo. Pero bueno, al final, era su mundo y, en su mundo, él era el rey, el que ponía las reglas. Te daba la bienvenida si las seguías y si no, manguerazo.

Brillante.

Lo voy a ir dejando aquí pero no sin antes invitarte a ver un documental sobre él, que lleva su mismo nombre, y que se llevó uno de los Premios César en 1980.

Dura 7 minutos y es la «mini guinda» para que te adentres en su mundo (la guinda real sería acercarte al museo).

Verás que es poético y estridente a partes iguales pero es que así era su mundo interior…

Apuntes finales

Hasta aquí el post de hoy, en el que te quería compartir el refugio de Pierre Petit.

Al final, todos tenemos uno, aunque no sea un espacio físico y con una Torre Eiffel de 23 metros de altura. ¿Cuál es el tuyo?

[Apuntes extras]:

1/ Puede que te interesen también estas entradas sobre la resiliencia,  la increíble Helen Keller y Eddie El Águila.

2/ Sepas también que hay una obra de teatro escrita por una dramaturga canadiense sobre él, después de un viaje al museo. En España, por ejemplo, la representó la compañía Bambalina.

3/ Si prefieres la literatura, aquí va un libro y un cuento sobre su historia (En francés).

Buena suerte, mala suerte

… ¿quién sabe?

Hoy toca un cuento que invita a aceptar mejor los designios de la vida.

Es sufí, pero todas las culturas tienen sus propias versiones.

De hecho, la primera vez que escuché lo del «buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?» fue en el colegio. Y era uno gestionado por los hermanos de la Salle.

Sea porque el hombre lo repitiera muchas veces o lo dijera una sola (y me quedara grabado), cuando me he vuelto a encontrar con lo de la «buena suerte» (en cualquiera de sus variantes) me recuerda al Hermano Sitjar. Lo qué es la vida.

La sencillez del cuento esconde una gran verdad. Y es que, ¿acaso estás 100% que esto que te ha pasado hoy va a ser bueno (o malo) en tu vida?

La valoración tendrá que ser en perspectiva.

Me he tomado la libertad de bautizar a los protagonistas de la historia. Sin más preámbulos, te presento a Aymán, que significa (afortunado en árabe), a Kadin y a Bilal.

Ahí va.

El cuento

Érase una vez una vez un hombre que vivía con su hijo en su granja.

Se dedicaban a trabajar la tierra y tenían algunas gallinas y otras tantas cabras.

Su bien más preciado era un caballo para la labranza, perfecto para cargar las cosechas.

Pero una mañana, el caballo saltó por encima de las bardas y se escapó.

Tenían también un vecino, Bilal, al que le faltó tiempo para acercarse cuando se enteró de lo ocurrido.

—Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora sin él? Se te avecina un invierno muy duro, Aymán. Desde luego, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

—¿Buena suerte, mala suerte? ¡Solo Allah lo sabe!

Al cabo de un tiempo, el caballo volvió a su redil. Y vino acompañado con diez caballos salvajes a los que se había unido.

El vecino volvió a la granja.

—Menuda buena suerte la tuya, Aymán: No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más! Podrás dedicarte a la cría de caballos y venderlos más tarde.

El hombre lo miró y le dijo:

—¿Buena suerte, mala suerte? ¡Solo Allah lo sabe!

En esto que una tarde, Kadin, el hijo del granjero, estaba montando uno de los caballos salvajes para domarlo y patapam: cayó al suelo y se partió la pierna.

Y Aymán, claro, volvió a tener la visita de Bilal.

—¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se ha lesionado y no podrá ayudarte. Siendo tú tan viejo, ¿cómo te vas a apañar?

A lo que el granjero le contestó…

—¿Buena suerte, mala suerte? ¡Solo Allah lo sabe!

Pero no acaba aquí la historia porque, al cabo de nada, el país entró en guerra y el ejército empezó a reclutar a todos los jóvenes…

Y, ¿sabes qué? Al hijo de Bilal lo llevaron al campo de batalla pero a Kadin, como no podía andar, lo declararon «no apto».

Nuevamente, el vecino corrió a la granja y le faltó tiempo para decirle a Aymán:

—Se llevaron a mi hijo por estar sano y fuerte, y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

A lo que nuestro protagonista contestó:

—¿Buena suerte, mala suerte? ¡Solo Allah lo sabe!

Momentos de Reflexión

Está claro que las grandes adversidades no siempre suponen desgracias ni que una buena noticia es garantía del éxito y la felicidad.

Pierdes el trabajo, y te sale otro mejor.

Te dan una semana extra de vacaciones, y pillas la gripe.

Te deja tu pareja, y aparece tu alma gemela.

Te toca el bote de la lotería y…

Mejor coger perspectiva y relativizar.

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