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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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Kicy bidy i bokha

[Nota previa]: este destello musical lleva un preámbulo de esos que no son necesarios, pero que me apetece contar: además, así también satisfago la curiosidad de los que a veces me preguntáis cómo me topo con según qué.

Descubrí esta canción viendo Papusza (2013), una película sobre la poetisa polaca Bronisława Wajs, más conocida como Papusza, que significa ‘muñeca’ en romaní, su lengua materna.

Creo recordar que, aunque la historia es de lo más interesante (que lo es, #fueramalintepretaciones) la película me pareció bastante larga y lenta (vamos, que me resultó un ‘poco’ tostón); pero, por otra parte, también recuerdo cuánto me impactó su estética (poética), su fotografía (bellísima) y la música que la acompañaba (una auténtica gozada).

Y, equilicuá, este destello acoge una de las piezas de su fantástica banda sonora: una canción inspirada en un poema de la misma Papusza.

Pero la historia no acaba aquí porque, buscando por la red, di con otra versión que incluso me gustó más, así que, ante el dilema de cuál compartir contigo, decidí guardarme las dos y posponer la decisión hasta que llegara el momento de convertir toda la historia en destello.

Bueno, pues he sido incapaz de decantarme por una; por lo que sí, te traigo las dos, para que la elección sea tuya.

Así, de mano, ¿te decantarías más por satisfacer el oído o la vista?

Ambas están acompañadas de planos cinematográficos (de dos películas distintas sobre nuestra protagonista) y cuentan con la voz de la soprano polaca Elżbieta Towarnicka.

Entonces, ¿dónde está la diferencia?

La primera versión es la de la película de 2013 y tiene el plus de la belleza fotográfica que no tiene la segunda (clips de Los gitanos van al cielo, de 1976). Por otra parte, en Papusza, Towarnicka no canta sola; y aunque la voz de Kayah (que así se llama la otra cantante) también es portentosa, sigo prefiriendo el solo de la primera, me lleva «más lejos» (o «más dentro», según se mire).

La idea es que, con la poca información que tienes, te preguntes qué te transmite  la canción (aun sin entender la letra).

[El segundo vídeo tendrás que verlo directamente en YouTube, pero tienes el acceso al darle al play].

Objetivo 1: Identificar dónde te ha llevado la canción.  Asumiendo que lo más seguro es que no lleves muy bien eso del polaco y el romaní, ¿has sentido algo al escucharla o este tipo de propuestas musicales no van contigo? (A ver que también puede ser, faltaría más).

Objetivo 2: Saber sobre Papusza, si no la conocías ya.

Protagonistas: Papusza. Hay más información sobre ella (y sobre el pueblo gitano de la antigua Europa del Este) en el libro Enterradme de pie, de Isabel Fonseca):

Categoría: Personas que inspiran y te recuerdan que, aunque la vida no sea ideal, podemos encontrar grietas para vivirla un poco mejor.

Extra: la letra

Ya que estamos, como la canción parte de un poema, he pensado que podríamos centrarnos un poco en sus versos y en el contexto de Papusza, que los escribió desde su condición de mujer gitana durante la persecución de su pueblo por parte de la Alemania nazi.

No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero, aun conociendo los horrores de ese periodo, cuando los protagonistas tienen nombre, nos involucramos más en él, lo hacemos más nuestro.

En sus poemas plasma todas sus dificultades como mujer gitana, en su misma comunidad (su pueblo no aceptó demasiado bien su éxito y fue acallada)  y también en una época difícil en la que su misma etnia era perseguida con el objetivo de exterminarla.

Concretamente, en el poema que inspira la canción del destello de hoy, Papusza cristaliza penurias, hambrunas, tristeza  y una miseria permanente (al final del destello tienes la letra y su traducción), pero yo me quedo con dos momentos.

El primero se refiere a su (comprensible) extenuación.

¿El destino nunca descansará?

(Czy nigdy spocząć los nie pozwoli?)

El segundo, a la fe (en Dios) y a la esperanza de un futuro mejor.

Ah, gran Dios que está en el cielo
¡Sálvanos la vida, te lo suplicamos!

(Ach, wielki Boże, któryś jest w niebie,
Ratuj nam życie, błagamy Ciebie!)

¿Qué sería la vida en los momentos difíciles sin un ápice de esperanza? ¿Acaso la fe no mueve montañas?

Apuntes finales

La historia de Papusza tiene menos de un siglo y, aun así (al menos hasta ahora), nos podía parecer lejana, muy lejana…

Creo que por muchos años, de un modo u otro, y en mayor o menor medida, hemos comprado (sin cuestionarnos mucho) una era de acuario llena de unicornios y autopistas; pero ahora, la realidad nos demuestra que no hay nada nuevo bajo el sol: estupidez, maldad, infortunios y miseria siempre los hubo y los habrá. ¿Por qué iba a ser diferente en nuestro tiempo?

Y, bueno, de ahí la importancia (creo) de tener presente historias de vida y nuestro pasado, para matar unicornios que son simple ilusiones, no estrellas polares.

Saldremos de esta (y de muchas otras), claro que sí, (no vamos a ser la excepción en la historia de la Humanidad), pero quizá ahora, conscientes de que los que vivimos en el siglo XXI no somos ‘los escogidos’, creo que tenemos la oportunidad de redirigir nuestras vidas. Con actitud y confianza, sí, pero recordando que el camino de rosas no existe, y que, aceptándolo, podremos vivir mejor, con previsión para los siguientes baches. A nivel individual y como sociedad.

¿Lo haremos? O, esta vez, ¿tampoco aprendemos la lección?

El poema y la canción

La canción está compuesta por Jan Kanty Pawluśkiewicz inspirándose en el poema Lágrimas de sangre (lo que sufrimos por culpa de los alemanes en 1943 y 1944).

Primero encontrarás el poema; luego, la canción (aunque el inicio está en romaní y no he encontrado cómo traducirlo); y ya por último,  para terminar, la letra de la canción en su versión original (por si quieres hacer tú un intento de encontrar la traducción exacta, aunque yo creo que kicy bidy i  bokha significaría algo así como Cuánta miseria y cuántos hambrientos, buscando en un diccionario online de romaní).

¡Cuánta hambre! ¡Cuánta pobreza!
¡Tanta tristeza! ¡Caminos de menos!
¡Tantas piedras afiladas lastiman los pies!
¡Cuántas balas volaron cerca de nuestros oídos!

¡Cuánto barro! ¡Cuánta lluvia!
¡Cuántas lágrimas sangrientas todavía!
¡Cuánto cabello, cuántas trenzas!
¡Ramas cansadas en la noche de nuestras cabezas!

Ah, gran Dios, que estás en el cielo,
salva nuestras vidas, te lo suplicamos!
¡Pasamos por tanta pobreza y miseria!

¿El destino nunca nos permite descansar?

Como los pájaros en invierno o los peces,
que atrapó la barra de alguien,
así que el miedo nos atormenta, la mala suerte mata.

Deja que todos los gitanos
ven corriendo aquí cerca
en cuanto al bosque, donde una gran hoguera
y donde brilla todo el sol.

Deja que baje a mi canto a
todos los gitanos de todas partes,
Para escuchar mis palabras
Y respóndelos.

……………………………………………………………………………

En los bosques.

Sin agua, sin fuego – mucha hambre.
¿Dónde podían dormir los niños? Sin tiendas.
No podíamos encender fuego por la noche.

Durante el día, el humo podía alertar a los alemanes.
¿Cómo vivir con los niños en el frío invierno?
Todos están descalzos…

Cuando nos querían asesinar,
primero nos obligaron a trabajos forzados.

Un alemán vino a vernos.
— Tengo malas noticias para vosotros.
Quieren mataros esta noche.
No se lo digáis a nadie.

Yo también soy un Gitano moreno,
de vuestra sangre – es verdad.
Dios os ayude
en el negro bosque…

Habiendo dicho estas palabras,
él nos abrazó…

Durante dos o tres días sin comida.
Todos yendo a dormir hambrientos.
Incapaces de dormir,
mirando a las estrellas…
¡Dios, qué bonita es la vida!

Los alemanes no nos dejarán…
¡Ah, tú, mi pequeña estrella!
¡al amanecer que grande eres!
¡Ciega a los alemanes! ¡Confúndelos!
¡Llévalos por mal camino

para que los niños Judíos y Gitanos puedan vivir!
Cuando el gran invierno venga,
¿qué hará una mujer gitana con su niño pequeño?
¿Dónde encontrará ropa?
Toda se ha convertido en harapos.

Se quieren morir.

Nadie lo sabe, solo el cielo,
solo el río escucha nuestro lamento.

¿Cuyos ojos nos veían como enemigos?
¿Cuya boca nos maldijo?
No los escuches, Dios.

¡Escúchanos!

Una fría noche vino,
La vieja mujer Gitana cantó
Un cuento de hadas gitano:

El invierno dorado vendrá,
nieve, pequeña como las estrellas,
cubrirá la tierra, las manos.

Los ojos negros se congelarán,
los corazones morirán.
Tanta nieve caerá,
cubrirá el camino.

Solo se podía ver la Vía Láctea en el cielo.

En esa noche de helada
una hija pequeña se muere,
y en cuatro días
su madre la entierra en la nieve
cuatro pequeñas canciones.

Sol, sin ti,
ver como una pequeña gitana se muere de frío
en el gran bosque.

Una vez, en casa, la luna se detuvo en la ventana,
no me dejaba dormir. Alguien miraba hacia el interior.

Yo pregunté — ¡Quién está ahí?
— Abre la puerta, mi negra Gitana.

Vi a una hermosa joven Judía,
temblando de frío,
buscando comida.
Pobrecita, mi pequeña.
Le di pan, todo lo que tenía, una camisa.

Nos olvidamos de que no muy lejos
estaba la policía.

Pero no vendrían esa noche.

Todos los pájaros
rezan por nuestros hijos,
por eso la gente malvada, víboras, no los matarán.

¡Ah, destino!
¡Mi desafortunada suerte!

La nieve caía tan espesa como hojas,
nos cerraba el camino,
tal era la nieve, que enterró las ruedas de los carros.

Había que pisar una huella,
empujar los carros detrás de los caballos.

¡Cuánta miseria y hambre!
¡Cuánto dolor y camino!
¡Cuántas afiladas piedras se clavaron en los pies!
¡Cuántas balas silbaron cerca de nuestros oídos!

……………………………………………………………………………

Kicy bidy i bokha
Kicy tugi i droma
Kicy ostra bara wgine andre hera
Kicy, kicy nagły naśenys pasze kana

2x
Sare roma te naszen ki me
Syr ki weś, syr ki weś kaj jag isy baro
i khamitka duda pherdo
Pre odo mire gila
Te zdźan pes sare roma

Te zdźan pes sare roma
i te wychalon mire ława

Ile bied, ile głodów
Tyle smutków, dróg niemało
Tyle ostrych kamieni w stopy się wbijało
Ileż koło uszu kul nam przeleciało

2x
Niechaj wszyscy Cyganie przybiegną tu blisko
Jak do lasu, gdzie wielkie ognisko
I gdzie w światłach słonecznych wszystko
Niechaj na to moje śpiewanie
Wszyscy zewsząd zejdą się Cyganie

Wszyscy zewsząd zejdą się Cyganie
Żeby słów mych wysłuchać, odpowiedzieć na nie.

Adivina, adivinanza…

Hoy empiezo a piñón, sin preámbulos.

Mira la foto de a continuación. ¿Reconoces qué es?

39-rejilla-simpatica

Sí, es una rejilla de ventilación.

La cuestión es si has añadido o no un complemento a la descripción, algo que habrás hecho si, al observarla, de algún modo te ha llamado la atención.

Entonces, te habrá parecido una rejilla de ventilación…

  • curiosa;
  • simpática;
  • todo un puntazo;
  • o nostálgica, por ejemplo.

Si ha sido así, genial (y qué tiemblen los que jueguen alguna vez contigo al cluedo). En caso contrario, te invito a que la observes otra vez…

(…)

Entonces, ¿has podido ya darte cuenta de su peculiaridad?

A mí me parece un guiño genial, una de esas genialidades que hacen que el mundo sea más agradable, más simpático, incluso más divertido.

Y, no sé, me hace pensar en lo siguiente.

Primero, en todo lo que nos perdemos cuando no prestamos atención ni observamos de forma consciente lo que nos rodea. Y quién dice «lo que nos rodea», dice «qué y cómo pensamos y sentimos».

No es lo mismo ver que mirar, ni mirar que observar. ¿Vemos? ¿Miramos? ¿Observamos?

Y segundo, que no podemos desestimar nuestra capacidad para regalar momentos de inspiración, sosiego, ánimo.

¿Y si esa rejilla alegró el día a alguien que necesitaba una sonrisa en ese preciso momento de su vida?

Objetivo 1: Pone atención a las rejillas.

Objetivo 2: Cuando hagas algo, lo que sea, imprégnalo con una sonrisa que trascienda el momento y pueda llegar a alguien más allá de las coordenadas de tiempo y espacio.

Créditos: Metro de Estocolmo.

Categoría: Mensajes escondidos, pero no tanto.

Kondo y Kilmister, una relación imposible

[NOTA PREVIA]: entre los postulados de Marie Kondo, el minimalismo imperante (que a mí me parece que tiene bastante peligro de convertirse en dogmatismo, olvidar su esencia ―e incluso en algunos casos volverse paranoico―) y la alimentación BIO SOSTENIBLE SIN GLUTEN NI LACTOSA NI GRASAS NI AZÚCAR (cuando no hay prescripción médica), quizá podríamos concluir que el consumismo (atroz) tiene los días contados y que estamos a nada de conseguir que nuestras vidas lleguen a ser totalmente simples, puras, bellas, fáciles, saludables y del todo feliz; pero no sé yo, no sé yo…

Vaya por delante que estas líneas (y sus sucesivas) son solo frutos de una divagación cualquiera, que son muy de bar (o más bien de sofá) y que están llenas de palabrejos inventados.

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Los calcetines felices de Miss Marie

Dice (la quizá un «poco» loca por el orden) Marie Kondo que hay que desprenderse de todo aquello que a uno no le haga feliz.

De primeras, puede parecer la mejor de las ideas (Pues claro que sí:, ¡adiós tristeza y recuerdos desagradables!); pero, pensándolo un poco mejor, ¿realmente podría funcionar como un criterio único para decidir desprenderse de algo? ¿Es la felicidad la mejor vara para medir nuestras vidas? Si mi yo de ayer sentía de forma distinta al de hoy, ¿no podría ser que mi yo de mañana me ofreciera una nueva forma de ver ese pasado (ahora finiquitado porque así me lo pidió Mary) en forma de lo que sea? ¿Y si resulta que luego necesito (o quiero, porque he cambiado de opinión) aquello de lo que me desprendí?

Es que me da la sensación de que Marie ni se lo plantea: para ella, todo lo que nos rodea tiene que hacernos felices y/o enamorarnos; y, de no ser así, a darle puerta, sin remordimientos.

No me malinterpretes: creo que guardar los calcetines «a lo Kondo» (técnica anterior a ella, sin negarle el mérito de publicitarla como nadie antes) mola, así como también tener los espacios en orden con objetos que irradian felicidad; pero también creo que para que una casa se convierta en hogar necesita algo más.

Eso, sin entrar que somos humanos y que nuestros sentimientos cambian.

Y quizá de ahí que, (mucho) más allá de la felicidad que nos pueda transmitir tal o cual objeto, en casa también tenemos muy en cuenta la utilidad, los porsiacas y la realidad de un pasado bien surtido de episodios de todo tipo que nunca sabemos si tendremos que rescatar, ya sea para revisarlos o para iluminarnos (sí, yo concibo que algunos objetos tienen esa capacidad).

Por otra parte, en una categoría distinta, más enfocada al amor (que no enamoramiento, que puede ser del todo efímero), sí que tenemos nuestros amores predilectos, los que siguen enamorándonos cada día (en serio que los hay), pero también hay otros tantos que siguen en nuestras vidas por cariño, simplemente porque nos recuerdan quién somos y cómo hemos llegado a estar dónde estamos.

Yo no creo que ordenar sea mágico ni que tener el mínimo de cosas posible sea siempre lo mejor. Lo que sí creo es que ordenar (incluso reordenar) puede llegar a ser una actividad meditativa; al fin y al cabo actúas casi de una manera automática y eso permite que tu mente está más abierta a soluciones, nuevas ideas e incluso a nuevas lecturas de lo que siempre fue y nunca supiste ver.

Lucha de inventarios

Desde el sofá (sí, escribo estas líneas tirada en el sofá, que es muuuuuy cómodo ―y también muy bonito―) puedo identificar  15 grandes amores y unos 10 cariños; el resto, o es útil, o es bello, o, cuanto menos, me inspira con su historia, sepa algo de ella o no.

Por ejemplo, la mesa de centro ―hecha con una grade antiguo―es heredada de la antigua propietaria― y sabemos que fue por un capricho (así nos lo contó ella, con una gracia innata), pero en la casa también hay un recipiente de cerámica centenario que, por sí solo, si le dejas, te puede llegar a contar mil historias.

La cuestión es que mi campo de visión de este preciso momento me lleva a preguntarme si La Kondo y los que se abanderan en el minimalismo (nunca entendí eso de sumarse a los ismos de turno) dirían que tenemos demasiados «enamorados», «cariños», cosas innecesarias y, encima, herencias de un pasado que no es ni tan siquiera nuestro…

Sí, creo que es probable… Pero, ¿y qué si lo hicieran? ¿Es que no podemos valorar lo heredado, ya sea de nuestros propios ancestros o de gente que un día se fue sin saber que cuidaríamos sus cosas? ¿Tenemos que vivir en la máxima sobriedad?

Es más, ¿existe un número concreto de loquesea que nos acerca a la felicidad? Y, en caso de sobrepasarlo, ¿nos convertimos, además de unos minimalistas fracasados, en unas personas miserables?

No es coña, hay gente por ahí que se dedica a determinar el número adecuado de pertenencias.

Sin ir más lejos, hay un proyecto por ahí en el que un vestidor tiene que tener 33 piezas: exactamente 33, ni una más, ni una menos, y esas cápsulas de vestuario solo se pueden cambiar cada tres meses. Descubre de que va el asunto.

Otro punto que me da un poco de grima sobre el minimalismo (que, de mano, es bienvenido) es lo mucho que se ha escrito (y se sigue escribiendo) sobre él: artículos en prensa, blogs específicos, libros, listas y cuadernos de ejercicios… Y eso sin entrar en la propagación del movimiento mediante vídeos, cursos y conferencias programadas.

¿No estamos en una contradicción? ¿No debería el minimalismo tener unos fundamentos más simples y el lema de «si breve, dos veces bueno» en la chapa de su solapa?

A ver, que yo tengo en formato papel (y subrayado, claro) el libro Essential de Joshua y Ryan (antes  de que saliera el documental de Netflix), pero no entiendo cómo pueden seguir generando nuevo material. En serio, ¿hace falta? ¿Tanto hay que decir sobre la vida simple?

Yo prefiero enfocarme en encontrar ese punto en el que tengo «suficiente», sin entrar en si es mucho o poco para el otro.

Tipos de tipos e ismos de turno

Si el minimalismo fuera medio y fin (y totalmente transversal), nos encontraríamos ante una vida simple (y puede que, entonces, sublime); pero es que de verdad que no veo que esta versión S.XXI vaya por ese camino, sino todo lo contrario. Vamos, que si Epicuro y compañía levantaran la cabeza, una de dos: o les daba un patatús o firmaban «la panzada de risas» más grande de la Historia.

Es más: creo que el minimalismo, en su faceta más obsesiva, puede comportar tendencias «algo» peligrosas a las que voy a denominar con los siguientes conceptajos: el Maximalismo de vivencias y el Maximalismo de lo más mejor.

A ver si me hago entender (recuerda que es una reflexión de sofá) :

↪ El maximalismo de vivencias estaría relacionado con querer vivir el mayor número de experiencias posibles, un objetivo que se me antoja bastante quimérico teniendo en cuenta que la oferta es incesante y que las opciones, que no dejan de infinitiplicarse.

Además, no hay sector que se salve. Desde la gastronomía y la nutrición  a los deportes de riesgo, el yoga, y los mil métodos de meditación; de los cursos de loqueseteocurra a terapias y talleres cada vez más estilosos; de festivales artísticos y jornadas temáticas a viajes organizados con aire macabro o un punto morboso. Tú piensa que el último grito en viajes es hacerse un tour por Chernobil, que como lugar histórico, no niego que me puede parecer interesante, pero creo que es harto distinto que se haya convertido en un destino estrella para conseguir un selfie entre sus escombros, rollo camiseta «yo estuve ahí»).

Partiendo de que (presumiblemente) el consumismo sea El diablo (que yo no digo que no lo sea, pero tampoco que sea la raíz de todos nuestros males) y las actuales tendencias inviten a soltarnos de las cosas, lo cierto es que, paradójicamente,  no dejan de ofertarnos nuevas alternativas que no dejan de ser versiones que, creo, pueden llevarnos a consecuencias similares, y aunque el usar y tirar no acabe en la planta de reciclaje, o en la basura.

Acumular vivencias de todo tipo y experimentar sin parar, ¿es esa la solución al consumismo (de las cosas)? ¿Es ese realmente el sentido de la vida o más bien un tipo de estrés que, por si fuera poco, nos puede llevar a una nueva frustración existencial, por no vivir aquello que hemos determinado esencial?

Yo me atrevo a afirmar que, más que dar sentido, la sociedad de las vivencias provoca estrés: ya no por el catálogo que se actualiza a ritmo desenfrenado, sino porque la resistencia a la tentación siempre ha sido uno de los puntos flacos del ser humano: curioso, insaciable y cada vez más difícil de contentar.

↪ El maximalismo de lo más-mejor consistiría en tener poco, que eso sí que sería minimalista, pero ese poco siempre en su versión calidad premium.

Pero espera, ¿Es eso siempre posible para todos?

Pues no.

Voy a poner el ejemplo de Joshua y Ryan, que viven en pisos objetivamente minimalistas (faltaría más), pero totalmente de revista y en los que prima la supercalidad de todo lo que tienen. Y, déjate, la calidad necesita dinero. Y ellos siempre lo tuvieron  (conste que no digo que no fuera merecido, que ni idea), pero lo cuento para que quede claro que tenían bastante margen para simplificar su vida (tenían casas enormes, varios coches y grandes armarios) y optar, ya no solo por minimizar espacio y pertenencias, sino hacerse con lo mejor.

En definitiva, dos tendencias maximalistas que son totalmente grandes frustradores potenciales: ya no solo porque garantiza la insatisfacción de no poder vivirlo todo (el buffet no deja de extenderse), sino porque puede invitar a pensar que estamos desperdiciando la vida, cuando lo más seguro es que no sea así, solo que podemos caer en comparaciones que no debemos y, entonces, es cuando la liamos de verdad.

De casas museos y el Sr. Lemmy Kilmister

Para mí, las casas con encanto son las que albergan vida y cuentan historias entre sus paredes, aquellas que te enamoran de algún modo.

Sin entrar mucho en si luego son de esos sitios en los que soltaría un «Oh, me quedaría a vivir  aquí…», sí que normalmente son los que tienen más cachivaches, independientemente de si están impecablemente ordenados, o se encuentran dispuestos en un tipo de desorden armónico que también hipnotiza, porque yo creo que los hay, y muchos.

Mi amigo Antonio (el de la portón postista) vive en su piso estudio y tiene miles de libros (LITERAL); dibujos y cuadros por todas partes; centenares de pinceles y pinturas; montañas de papeles, y notas; fotografías y pósteres; marcos y pequeños souvenirs; y algún que otro trasto (¡si incluso tiene un bidé ―aclaro que de atrezzo ―en el salón!);. Pero, eso sí, todo en un perfecto orden: si le da por enseñarte algo, va y lo encuentra al momento, así de organizado es en su mundo lleno de cosas.

Sí, podríamos decir que Antonio está en las antípodas de ser minimalista, pero en el espacio que ha ido creando a lo largo de los años no respiro menos serenidad que en un salón zen. Y yo siempre he pensando que el minimalismo busca justamente eso, serenidad.

Un ejemplo más «famoso» sería el de Lemmy (bueno, si le conoces, claro; si no, sepas que era el cantante de la banda Motörhead) y su apartamento. Y no porque lo visitara alguna vez, que habría tenido su qué (y te lo hubiera contado), sino porque él mismo lo enseñaba en un documental que llevaba su nombre y que iba mucho más allá del cantante. (Y sí, te recomiendo que lo veas: te guste su música o no, Lemmy era un tipo interesante que sorprende y no te deja indiferente).

La historia es que vivía en un apartamento bastante minúsculo (recordemos que era una estrella del Rock, por lo que, ya de mano, sorprende y rompe estereotipos) lleno a rebosar de tooooodo lo que se te pueda ocurrir: muñequitos, jarras de cerveza, etiquetas, gorras, discos (muchos, por supuesto), libros de Historia, reproducciones de tanques de la II Guerra Mundial… Y así.

(… Y yo no puedo dejar de reír imaginándome la cara de susto de Marie Kondo entrando en el apartamento de Lemmy y él, a su  vez, dándole puerta solo con verla porque representaba la antítesis de su felicidad. Lo siento, me lo imagino y río, no lo puedo evitar).

Es cierto que podríamos quedarnos con que Lemmy no dejaba de ser un artista,  y que muchos artistas  son acumuladores, pero es que yo creo que todos somos un poco artistas de nacimiento y que no hay mayor creación que la que encontramos desde la asociación. Y para asociar, necesitamos elementos.

De hecho, es de lógica, ¿no? Me refiero a que, a mayor número de opciones, (sin entrar en criterios ni gustos) más posibles combinaciones y un eureka por todo lo alto.

Apuntes finales

No creo que el mejor de los aciertos sea escoger la felicidad como criterio máximo para tomar una decisión, me parece simplista.

Quizás es porque, personalmente (y creo que ya lo he comentado alguna vez) es un concepto que me abruma demasiado; incluso podría afirmar que me molesta, que me pone nerviosa, que me presiona… No sé muy bien cómo explicarte. Es como tener que lidiar con un fracaso seguro, por las expectativas que conlleva, lo que me lleva a recordar los esfuerzos inútiles de Alegría y sus compis para mantener la felicidad de Riley y la propuesta de Lacuna INC para borrar los recuerdos dolorosos a Joey (oferta ficticia, pero tiempo al tiempo).

Prefiero que mis decisiones tiendan al bienestar, mucho más viable y no por ello menos deseable.

Y es que no hay que olvidar que somos seres complejos, contradictorios y con una vida repletas de sentimientos encontrados e historias, muuuuuchas historias (y todas ellas con sus propias luces y sombras).

Reconozco que mí me cuesta bastante desprenderme de lo que tengo (cosas, amistades, las relaciones entre ambas), y aunque a veces es cierto que no deja de ser una manera útil de cerrar y despedir etapas del pasado (no siempre feliz), la mayoría de las veces, no puedo, cuanto menos, sentir que de alguna manera me estoy traicionando, aunque no sea así y finalmente opte por el adiós, claro.

Supongo que me ayuda ser bastante fan del menos es más y del orden, sobre todo en la cocina y el baño; a menos trastos y mayor organización en esas estancias, mejor. En esto, soy más de Marie.

Pero luego hay rincones en casa en los que creo que debemos dejar que el espacio vaya creando su propio cosmos, que vibre desde su lógica y su libre albedrío para que luego nos regale sinfonías de recuerdos, sensaciones y momentazos; un espacio que sea totalmente «nosotros», y que lo reconozcamos como tal, pero sin mucha premeditación, sino más bien reconociéndonos como catalizadores y sabiendo que, siendo nosotros el nexo, será un espacio honesto, nuestro hogar. Aquí, como ves, soy más de Lemmy (aunque algo más moderada).

¿Sabes lo que quiero realmente en esto de las pertenencias y las experiencias?  1/ Una casa ordenada en lo operativo pero que de una manera natural hable de los que vivimos en ella, por separado y en pareja, acorde a lo que somos, sin importar mucho el inventario; y 2/ una vida de las experiencias que me vaya encontrando, sin buscarlas mucho, pero tampoco rehuyendo de ellas, preguntándome si van o no conmigo e identificando la razón que habría detrás de un hipotético sí (o un posible no) ante una oferta cualquiera.

Pero no solo eso; también quiero mantener un espíritu crítico y un filtro propio, reconocerme en el «yo pienso, yo decido, yo siento, yo loquesea…» siendo coherente con ello, independientemente de las tendencias y de lo que se supone es correcto o mejor: teniéndolo en cuenta, claro, pero no casándome con ello porque sí y tal que así.

¿Y tú? ¿Qué quieres tú? ¿Cuáles son tus preguntas? ¿Qué consideras suficiente?

Reflexions (¿confesiones?) extras

1/ En la puerta de entrada de casa tenemos un azulejo con Virgen de Covadonga y, aunque es cierto que a nosotros nunca se nos hubiera ocurrido ponerlo, ni por asomo nos planteamos desprendernos de él. ‘Felices’ directamente no nos hace, y podríamos preguntarnos si es útil, que no lo es; pero es parte de la historia de la casa y eso, a nosotros, nos invita al bienestar…

2/ Me acabo de dar cuenta de lo bien que quedaría en el salón de casa una escultura del gran Pablo; o incluso, ya que estamos, una de sus series: es que, encima, son de hierro y madera, mis materiales predilectos (con permiso de la piedra, que me fascina en casi todas sus formas). El objetivo aquí no sería otro que contemplar belleza, pero es que la belleza vibra en armonía con el alma, y tener el alma contenta significa vigor y una mayor fortaleza.

3/ Ya que ha salido ahora lo de las piedras, confieso que tengo multitud de ellas, y algunas bastante grandes, más bien rocas. ¿Capricho innecesario? ¿Necesidad vital?  Me da igual, las tengo porque me molan (y porque Ramón acepta y respeta esa rareza: incluso si las voy moviendo de sitio, según me da).

 

Qué ilusión, ¡muchas gracias!

Me alegra saber que quieres continuar aireándote conmigo y celebro tu compañía.

Dicho esto, ahora solo espero que el viaje te siga resultando interesante y que lo disfrutes. En todo caso, si tienes ideas y sugerencias que quieras que exploremos juntos, envíame un correo a nalia@naliamandalay.com o contáctame desde el formulario.

https://www.naliamandalay.com/wp-content/uploads/2016/08/Tú-y-yo-airéandonos-por-los-cielos-de-Bagan-nm.jpg

Neuroplasticidad y 5 ejercicios para el cerebro

Seguro que en la infancia te dijeron que aprendieras todo lo que pudieras porque luego, una vez adulto, el cerebro envejecía.

¿Pero es así? ¿El cerebro envejece y pierde capacidades tras la juventud?

Bueno sí, está claro que si no lo ejercitas, envejece.

Lo mismo con el corazón o si has hecho mucho deporte y luego lo dejas.

¿Acaso mantendrías el cuerpo atlético de antes? Claro que no.

Pero si mantuvieras una disciplina de mantenimiento, seguirías reconociéndote y cuidándote.

El cerebro es agradecido y, si le mimas, ya no solo frena su deterioro sino que, además, rejuvenece.

Y lo hace gracias a su neuroplasticidad.

Vemos ahora un poco de teoría callejera, pero quédate con lo importante: puedes seguir aprendiendo, mejorando y reinventándote más allá de los 100.

¿Qué es la neuroplasticidad?

A grosso modo, es la capacidad innata del sistema nervioso para cambiar su estructura y sus funciones según el ambiente, el conocimiento y la experiencia adquirida.

Diferenciamos 3 tipos de plasticidad: la sináptica, la neurogénesis y el proceso funcional compensatorio.

La sináptica es la base del aprendizaje y la memoria. Cada vez que el cerebro aprende algo nuevo, establece conexiones entre sus neuronas y mejora la comunicación entre ellas. Lo hace reforzando redes anteriores o, en todo caso, formando nuevas.

La práctica y la repetición de esas comunicaciones mejora la eficiencia en la transmisión por lo que, a mayor conexión, más rapidez y eficiencia.

La neurogénesis se refiere a la formación de nuevas neuronas, una capacidad que no tiene que ver con la edad.

Estas nuevas neuronas ayudan a tener una buena memoria, permiten seguir aprendiendo y evitan que nuestros recuerdos se solapen.

El Proceso Funcional Compensatorio es un mecanismo del cerebro para compensar áreas que van envejeciendo. Lo que hace es reorganizar sus redes neurocognitivas, activando áreas en desuso.

5 ejercicios para ganar neuroplasticidad

Durante esta semana, te voy a proponer que hagas cosas distintas a las habituales e introduzcas algunos cambios en tu rutina. Piensa que aunque sean pequeñas alteraciones de tu vida diaria te ayudarán a tu cerebro a ganar en creatividad.

#1.  Cambia de ruta cuando vuelvas a casa. Si usas el autobús, baja una parada antes.

#2. Incorpora un nuevo alimento en tu dieta. ¿Qué tal unas algas wakame para cenar?

#3. Aprende algo nuevo que sepas que te puede gustar. Lo del huerto urbano está muy de moda, por ejemplo.

#4. Levántate 10 minutos antes de lo habitual y haz una mini serie de estiramientos. Será un 2X1.

#5. Rescata algún juego de estrategia, de cartas o, si lo prefieres, opta por algún juego online. Te dejo 3 enlaces:

  • FREEGAMES (El enlace va al juego SIMON, versión online).
  • BRAINPAGES (Hay un montón de alternativas. Escoge la que se adapte más al área quieras enfocar).
  • FLASHFABRICA  Te calcula la edad mental en un juego que, además, engancha bastante (bueno, más bien mucho). Tienes que clicar en los números que van saliendo, de menor a mayor. Si practicas, irás mejorando y darás saltos de alegría.

Déjate sorprender por tu cerebro pero mímalo un poco antes: rétate con un nuevo aprendizaje y, en momentos de bajón, recuerda esa vez que pensabas que tu cabeza no daba para algo y no te falló.

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