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Artículos y destellos para ser cada día mejor.

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La capilla de Javier y Manuela

No sé si conoces las guías de viaje de Lonely Planet

Siempre he pensado que están algo sobrevaloradas (y en estos tiempos de Internet se han quedado algo obsoletas, para qué engañarnos), pero también te reconozco que no ha habido viaje en la que no me haya acompañado.

Llámalo «tradición», llámalo «mira, mejor me la llevo, no sea que justo esta vez dé con la clave y yo me lo pierda».

Sí, soy de la liga de los porsiacas.

El caso es que mi sección favorita de la guía es una que se llama Off the beaten track, una sección que siempre descubre lugares poco conocidos que, aun así, bajo el criterio del editor de la guía, y por lo que sea, bien merecen una visita.

A veces son asombrosos y otras no tanto, pero es difícil no caer en la tentación de acercarse si no estás muy lejos, aunque llegar al sitio represente una aventura en sí misma (y luego te descubras diciendo aquello de «jo, pues tampoco era para tanto»).

Bueno pues, todo este rollo para presentarte un off the beaten en toda regla, y de los asombrosos, aunque no esté en ninguna guía del mundo, ni en la Lonley Planet, que así de escondida está esta joya tan singular a la que, además, puedo llegar andando desde casa.

[Oooooh].

Pero es que no es solo la capilla en sí, sino su historia detrás.

Porque ¿y si te digo que la construyó un matrimonio únicamente por placer, disfrutando de cada fase de diseño y lanzándose al proyecto desde la ilusión y el reto, dejando fluir y poco más, sin ayuda y desde una única primera idea?

Pues te lo digo.

Y te la presento: aquí la tienes.

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Para mí, esta capilla es un mundo.

Y Javier y Manuela, que así se llaman los artífices de la capilla, unos verdaderos artistas.

Especialmente porque ni lo saben ni tampoco lo pretenden.

Pero es que lo son.

AR-TIS-TAS.

Son estos de aquí abajo, y en la foto les acompaña Frida.

(Y sí, saben posar con dignidad y para la posteridad).

javier, manuela, frida

No exagero: nada más acercarme a la capilla, tuve la misma sensación que cuando visité el Rock Garden de Chandigargh, estaba delante del portón postista de Beneyto o puse un pie en la Bodega Bohemia.

Incluso, me llevó a pensar lo mucho que me recordaba, aun siendo historias totalmente distintas, el universo de Petit Pierre.

Todo eso, repito, nada más verla.

Así que ya no te digo nada cuando entré dentro, que fue una locura.

Y es que, invitándome a su capilla, Javier y Manuela ya no me ofrecieron solo conocerla, sino que me brindaron la posibilidad de entrar en un mundo particular, el suyo.

La capilla habla de ellos y es una suma de recuerdos, los mismos que ambos comparten de forma espontánea y generosa por el mero hecho de, eso, compartir.

Cada detalle tiene su propia historia, pero todos forman parte de una historia mayor, que es lo que les engrandece (incluso más).

Y sí, se percibe el amor dispuesto en cada rincón. Todos cuentan.

Pero hay más, una particularidad que me parece de lo más relevante y que todavía no te he contado.

La capilla es multireligiosa y «universal».

De algún modo, podría decir que es a las religiones lo que esperanto a las lenguas: el nexo y unión de todas ellas.

Así, por ejemplo, encuentras motivos del Islam, del judaísmo, del cristianismo en cualquiera de sus confesiones, del budismo… Incluso de las religiones paganas tienen su espacio.

Bonito no, lo siguiente.

Y, aunque en las fotos no se aprecian todos los detalles (la simetría de los arcos, la perfección de la nave, la matemática del ábside, la delicadeza de los canecillos, la fantástica vidriera), creo que con la proyección de la celosía Sur durante el Solsticio de Invierno, te puedes hacer una idea de su «perfección».

La capilla de La Figal es un proyecto vivo que va madurando en el tiempo: sin prisa, desde la fluidez y desde el amor.

Y si eso no es pura meditación, VIVIR en mayúsculas y un ejemplo claro de la fluidez del TAO… ya me dirás tú.

​​​​OBJETIVO 1: Conocer la capilla y su historia detrás, quizá para inspirarte y pensar en un proyecto propio que te hiciera ilusión. No tiene que ser una capilla, ¿quizá un pequeño altar?

OBJETIVO 2: Pensar que, muchas veces, que una idea salga adelante es solo cuestión de tiempo, ganas, mimo y humildad.

CRÉDITOS: Javier y Manuela,  también como autores de las fotos. Que, por cierto, tienen incluso hasta un álbum comentado de todo el proceso. Y un libro de visitas, cual libro de Petete, que empezó con un primer comentario…

CATEGORÍA: Mundos y submundos que alientan el espíritu.

Los peldaños de la vida

No sé si habrás leído la entrada sobre esos adioses tan necesarios que, a veces, olvidamos dar.

Si es así, este destello podría ser la guinda y el complemento perfecto.

Si no, da igual, porque este poema que me ha descubierto mi querida y admirada Isabel (vielen danke, ma belle) es la esencia de todo a lo que me refería; y, encima, inspira.

A modo wikipedia básica, el poema se encuentra «escondido» en las páginas de El juego de los abalorios, una novela de ciencia ficción de Herman Hesse que transcurre en el siglo XXV en Castalia, un territorio creado exclusivamente para el ejercicio intelectual.

Presentada a modo de crónica, la historia se centra en Joseph Knecht y en cómo éste imagina que hubiera podido ser su vida si hubiera nacido en otro momento y en un lugar distinto dónde no todo girara alrededor de teorías, debates y «lo previsible»; un lugar en el que, libremente, se pudiera experimentar, crear y buscar la novedad.

En la última parte de la novela, hay una recopilación de los poemas de Knecht; y uno de ellos, como ya habrás adivinado, es el protagonista del destello.

Pero antes encontrarás una nota previa aclaratoria sobre su traducción. No es necesaria que la leas, pero es parte de la historia de este destello y de la traducción de las palabras de Hesse en la pluma de Knecht.

Pues listo, tú decides, aunque me puede la intriga ¿leerás la nota o directamente irás al poema?

[Nota previa]: Isabel me envió el poema por correo en su versión original (alemán), haciendo una foto a la página del libro, algo que me pareció «lo más» teniendo en cuenta que sabe que mi nivel de alemán es del tipo danke-bite-verboten-kartoffeln (y subenempujenestrujenbajen, el autobús de la adivinanza); pero claro, muy sabia ella, asumía que me espabilaría, que así lo hice.

Te cuento esto porque, antes de encontrar el libro electrónico en español, me apañé con el traductor y el buscador de Google, encontrándome con traducciones bastantes dispares. Pero, atención, porque, sorprendentemente, la menos estupenda es la del ebook, que además titula el poema ‘Grados’, cuando una traducción de ‘Stufen’, que así se titula en el original, como ‘Escalones’ (la que encontré en los buscadores online) o ‘Peldaños’ (como me lo presentó Isabel), me parece, leyendo sus versos, muchísimo más ajustada.

Total, que todo este rollo de la nota es para que sepas que 1/ el texto que te comparto es un cóctel libre de las traducciones disponibles (en todas ellas había algo que me chirriaba y me negaba a transcribirlo tal cual, sabiendo que había otras variantes y, por tanto, flexibilidad ―y no que el texto sea mejor que los otros, pero al menos no tengo que leer «ea»―); y 2/ en caso de leer el poema en otro lugar, aclararte de antemano la posible confusión que pueda crear su traducción.

el-juego-de-los-abalorios-hesse-escalones-poema

El poema nos recuerda que la vida es tan solo un proceso, una suma de etapas que debemos ir transcurriendo, sin miedo, aceptando que cada inicio tiene un final para estar mejor preparados cuando suceda.

Tan sencillo, pero, a veces, tan difícil, ¿verdad?

El poema trata también la realidad de la muerte física, pero recordemos que, en la vida, hay multitud de nacimientos y transiciones de otro tipo que, aun así, merecen nuestra atención.

Como última curiosidad, stufen tiene doble significado: peldaños y etapas, por lo que todavía es más mágico.

Objetivo 1: Seguir aceptando que todo acaba y que incluso la ‘normalidad’ es pasajera, por lo que mejor no apegarse a ella.

Objetivo 2: (Si no lo conocías ya) descubrir un nuevo libro de Hesse, al que quizás conoces por Siddharta o El lobo estepario, sus obras más conocidas, o por Demian, que sigue siendo mi favorita (quizá por el momento en el que lo leí, que me ha marcado más que las demás). De todos modos, El libro de los abalorios, por la manera cómo reta nuestras mentes, me parece imprescindible. Es más, en estos momentos, la historia que plantea no me parece ni descabellada, y da mucho para pensar.

Objetivo 3: Pues, mira, ampliar el vocabulario de alemán y sumarle una nueva palabra, aunque sea la primera: stufen.

Categoría: Joyitas que esconden los libros, incluso en los anexos.

De transiciones y despedidas

Somos animales de costumbres, así que, como tú, también llevo semanas preguntándome (algo preocupada, pero sin agobiarme) cómo apañaremos los «grandes cambios» que, parece ser, iremos viviendo en los próximos tiempos.

Ya no solo porque cualquier previsión puede quedarse en nada, que también, sino especialmente porque no podemos intuirlos del todo: y no porque seamos tontos, sino porque de la misa sabemos, ya no la mitad (que ojalá), sino un octavo (como mucho).

Así pues, teniendo en cuenta que, a más información sesgada (que es la que nos llega), más posibilidades de confusión y error tenemos (obvio, es contenido de P3 de lógica), creo que no, que la situación nos pone en un aprieto importante, y que estamos (bastante) vendidos, aunque hayamos encontrado nuestra pizza margherita.

Normal que nos pese la incertidumbre; normaaaal, porque, ¿y si nos falta uno de esos ingredientes esenciales? ¿Y si descubrimos que no somos ni tan resilientes ni tan positivos ni tan generosos como nos creíamos ser? ¿Y si, al final, 1984 queda en un simple chiste comparado con lo que nos espera?… ¿Dónde quedará esa libertad a la que estábamos acostumbrados (y dábamos por garantizada)? ¿Cómo nos enfrentaremos a esas sombras nuestras obviadas y negadas por tantos años (porque eran «malas»)? ¿Añoraremos el pasado? ¿Caeremos en idealizarlo? ¿Hasta qué punto nos paralizará el miedo? ¿Qué será eso que ya empiezan a llamar «nueva normalidad»? ¿Quién dictará qué y, todavía más intrigante (llámame «conspiranoica»), qué motivación habrá detrás, si es que la hay?

Conste que mi intención no es que nos sintamos miserables y sucumbamos todos a ese pesimismo que deprime y bloquea, pero creo que, solo aceptando la realidad (y todas sus posibilidades, incluso las más feas), podemos avanzar.

Eso, y, más importante aun, recordar (¿preferiblemente cada día?) que la Humanidad ya se ha enfrentado muchísimas veces a desastres de todo tipo, ya sean naturales, provocados por el mismo hombre (que vaya tela) o epidemias, endemias y pandemias dejando millones de muertos y mucha miseria a sus espaldas, pero también oportunidades. No que anime en sí, lo sé, pero sí que creo que ayuda a tomar perspectiva: lo mires por donde lo mires, no, no somos «los elegidos» (ni para lo bueno, ni para lo malo).

Qué somos, entonces, ¿supervivientes?

Pues, oye, quizás sí; y tampoco pasaría nada.

Una vida feliz es imposible: lo máximo que puede alcanzar un ser humano es un curso de vida heroico, luchando con enormes dificultades que redunden en el bien de todos. ―Schopenhauer, en Senilia.

De Transiciones y despedidas

Retos aparte, teniendo claro que la incertidumbre forma parte de la vida, hay algo que me interesa particularmente: la transición entre el mundo que dejamos y el mundo que viene, el que sea (ya paso de intentar adivinar cómo será).

Y es justamente lo que te propongo hoy, que nos centremos en la transición, asumiendo que si hay un cambio, hay también una bienvenida (aunque sea un poco a regañadientes, porque no estaba en la lista 2020 a los Reyes Magos de Oriente) y, previamente, un adiós.

Por lo que, entrando ya en tema, ¿te has planteado alguna vez qué significa para ti un adiós? ¿Cuántas veces te has despedido de algo y/o de alguien? ¿Transitas conscientemente entre etapas o pasas de una a otra sin darte cuenta?

Las despedidas cierran capítulos, libros o trilogías en nuestras biografías. De ahí su importancia, porque no es cuestión de tener mil argumentos abiertos, ni que sea por salud mental y emocional.

Aclarado el punto, quizá sería una buena idea preguntarte si tienes alguna despedida pendiente; una despedida que puede estar relacionada con alguien, pero también con algo, ya sea una creencia, una idea o un sueño que mejor sería dejarlo atrás.

Y, con las pendientes, las que puedes entrever.

Cualquier muerte, aunque metafórica, merece su ceremonia, aunque sea tan íntima que solo asistamos nosotros (recordemos que para nuestro bien).

Pero la ceremonia es solo una parte de un itinerario de transición que tiene sus propias etapas.

El viaje del adiós

Siempre que pienso en despedidas me viene a la cabeza El llibre dels Adéus/ Le livre des Adieux, un poemario del escritor barcelonés Josep Antón Soldevila, que lo escribió estando enfermo y pensando que sería su última obra, aunque luego (afortunadamente) no fue así.

De hecho, más de una década después, sigue publicando y, cosas de la vida, al final ese «último libro» se convirtió en el primero de una digamos trilogía introspectiva, que complementó con Des del desert (esa etapa de vacío tras completarse el adiós en la que sigue ese pulso de resistencia) y El Mur de Planck (que sería algo así como el renacimiento, el impulso vital, la luz del día que llega tras la oscuridad de la noche, pero meditada desde la ciencia).

El libro acompaña y, de algún modo, normaliza la situación de la despedida como parte de la vida, algo que, por lo que sea, olvidamos con frecuencia.

(Y cuánto más fácil sería todo si no recordásemos más a menudo que todo es cíclico y que el impulso vital es natural, ¿verdad?)

En su poemario, Soldevila, se centra primero en el dolor de la situación; luego, en la decisión de dar el paso de decir adiós a la pérdida; y la tercera, la incertidumbre de lo que nos espera tras darlo y entrar en «el exilio» como lo denomina el autor.

Pero el libro tiene una cuarta parte, mi favorita, en la que bajo el título de ‘Epitafios parciales’ compila una serie de poemas que no dejan de ser pequeños adioses.

Son preciosos, sugerentes y muy visuales. Y sí, te traigo uno:

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Apuntes finales

La incertidumbre nos provoca dudas y malestar. Es algo muy humano, como también nuestra capacidad de adaptarnos a lo que nos venga.

Quizá la clave es aceptar la primera, confiar en la segunda, y luego armarnos de paciencia y disciplina mientras vamos preparando ese adiós tan necesario.

A ver, que también puede ser que me equivoque y que nos descubramos como las generaciones Masters del ‘be water’ y nos reinventemos tan ricamente, que perfecto (aceptaría el zasca con alegría) ; pero, por lo general, yo creo que nos encontramos ante un polireto (palabrejo de la semana para ‘muchos retos y todos de distinta índole’) de varios episodios, incluso de muchas temporadas.

Porque no nos engañemos: cuando las cosas van bien, todos somos estupendos, siempre in love con la vida, animosos y cantando el Happy de turno, pero cuando nuestro mundo se tambalea, no tanto.

Por lo que imagínate entonces cuando estamos hablando de muchos mundos tambaleándose al unísono, a salto de mata y salpicándose entre ellos (incluso sin querer).

No sé yo ni si las burbujas (propias o ajenas) funcionarán del todo con este guión que parece escrito sobre la marcha y pensado para que se luzcan los cerebros reptilianos, cuando tenemos dos más dispuestos a sentir y pensar con nosotros y desde nosotros… si los dejamos.

En fin, que, por si acaso, ante la incertidumbre de la siguiente pantalla de este juego que es la vida, yo creo que no estaría de más que, al recuerdo de Hércules y a la reflexión de nuestros valores, empezáramos a preparar un adiós de lo que fueron nuestros días hasta ahora sabiendo que, adaptarnos, nos adaptaremos; pero si lo hacemos de una forma más consciente y sin perder la esencia, pues mejor.

O eso creo yo.

¿Cuál será nuestra nueva pluma?

Conociendo a los Shtisel

Los hombres de la familia Shtisel fuman mucho, sobre todo el padre. De hecho, nunca había visto tantos personajes fumando sin parar; y no te digo ya nada en las producciones de los últimos años en los que, por corrección política (sin entrar en valorar motivaciones y consecuencias) el tabaco ha sido apartado de las pantallas.

Y sí, choca verlos fumar un cigarrillo tras otro, vaya que sí.

Pero los Shtisel viven y presentan un mundo, el suyo, en el que el tabaco está presente.

Que sí, que [el tabaco] es un vicio malo malísimo (y durante toda la serie no puedes dejar de pensar en los pobres pulmones de unos y otros), pero, por otra parte, me parece perfecto que los creadores de la historia no quieran obviar esa realidad, una realidad que coexiste con la de los zumos saludables y la comida macrobiótica; porque sí, los Shtisel (también) comen fatal.

Tampoco es que sean especialmente simpáticos. De hecho, al principio, incluso los puedes definir como una familia de insufribles, rudos y amargados; y, al menos en mi caso, empiezas a pensar que no vas a pasar del primer capítulo.

Pero, por lo que sea, te encuentras dándoles una segunda oportunidad.

Y entonces es cuando, sin darte cuenta, resulta que has ido sumando capítulos y (oh, sorpresa) te encuentras sumergido en esa magia que solo sucede cuando te desprendes de las primeras impresiones; aquella que aparece cuando miramos al otro sin prejuicios y que te permite, ya no llegar a conocerlo, sino a reconocerlo como lo que es y en lo que es.

En definitiva, los Shtisel te van atrapando de tal manera que, al final, solo puedes concluir que te han robado el corazón.

(«¿En serio, George?» ―Pues sí, en serio.)

Y es que dejando de lado el tema del tabaco y de la comida, y de los sentimientos encontrados que me suscita la historia y la comunidad, Shtisel es de lo mejorcito que he visto en mi vida.

Es más, desde Mandariinid no había contemplado tanta humanidad a través de la pantalla: ¿cómo no le iba a hacer un hueco en el blog?

Pinceladas y seguimos.

7 pinceladas:

  • Los Shtisel viven en Geula, un barrio de Jerusalén principalmente habitado por la comunidad jaredí, de los que ellos forman parte. (Los jaredíes pertenecen a la rama del judaísmo ortodoxo, desligados totalmente del judaísmo secular, y muy ligados a la Alajá, la Ley judía. Vamos, los conocidos como ultraortodoxos).
  • Son bilingües (hablan hebreo y yidish) y su cultura es la asquenazí.
  • La historia gira alrededor del rabino Shulem Shtisel, que es maestro de una escuela talmúdica, y de sus hijos, pero también de la vida de estos en sus propias casas y de la abuela de la familia, que vive en una residencia (y que, anoto, es tremenda).
  • Todo pasa dentro de la comunidad, y cualquier cosa ajena a ella se vive con tensión y nerviosismo. Y con ‘cosa ajena’ me refiero a cosas tan simplonas como una serie de televisión norteamericana o la celebración del Día de la Independencia de Israel.
  • Una de las tramas principales (o la que se presenta como tal) es la búsqueda de una esposa para Akiva, el hijo pequeño de Shulem, a través de un casamentero (como dicta sus costumbres) pero no es la única. En todo caso, todas ellas presentan situaciones de choque entre la tradición y los deseos propios de cada uno.
  • Es una serie costumbrista en un contexto complejo en el que la rigidez de la tradición no permite muchas libertades, pero en la que también se observan grietas. En todo caso, es el conjunto de las historias y de la complejidad de los personajes lo que, a mi modo de ver, la hace ser tan especial.
  • Acaba en la segunda temporada, pero podría haber una tercera, una cuarta, una quinta… No deja de ser un Gran Hermano (por aquello de entrar en la vida de otros, voyeurismo puro y duro) o una posible versión jaredí de la serie británica Eastenders, en emisión desde 1985 (y que seguí durante sus primeras temporadas como Gent del barri, siendo todavía niña).

Shtisel

[Nota previa: En todo momento voy a asumir que se nos presenta una visión honesta de la comunidad. Lo hago porque 1/ la serie no la demoniza pero tampoco la carameliza (vamos, para nada es un lavado de imagen para hacer frente a la burla extendida y caricaturizada del judío jaredí); y 2/ el creador de la serie proviene de una familia de la misma comunidad, por lo que su experiencia es directa].

Ya te he reconocido antes que mi primera impresión sobre los Shtisel fue mala. Vamos, que me cayeron mal, incluso rematadamente mal: representan una comunidad muy restrictiva (y eso de las restricciones «porque sí/ porque siempre ha sido así/ porque lo digo yo» no ha ido nunca mucho conmigo).

Pero podríamos decir que los Shtisel no dejan de ser supervivientes en el mundo que les ha tocado vivir y que juegan lo mejor que pueden las cartas que les han sido dadas.

¿Y no es exactamente lo que hacemos nosotros en nuestras vidas?

Yo creo que es ahí donde realmente te conquistan: en su humanidad; en sus torpezas, en sus dilemas, en sus malas decisiones, en sus pulsiones, en sus triquiñuelas, en su fragilidad, en sus medidas desesperadas.

La única diferencia real entre los Shtisel y nosotros (sin contar que son personajes de ficción, claro) no son los sentimientos ni nuestra esencia (que es, sin lugar a dudas, compartida), sino el marco de la Ley Judía, que impregna sus vidas de forma global y estricta.

Son sus costumbres, no sus luchas internas, las que nos pueden sorprender, pero no deja de ser un privilegio entrar en esa realidad paralela (pero real y coetánea) en la que se besa la mezuzá al entrar en un espacio (casa, habitación), en la que los matrimonios duermen en camas separadas, en la que el padre no puede asistir al parto de su hijo, en la que se bendice cada bebida y alimento que toman y en la que las citas concertadas entre posibles matrimonios son en la recepción de un hotel, por ejemplo.

Diferencias culturales aparte, Shtisel te recuerda la complejidad de la vida, las motivaciones detrás de una decisión (que puede ser fatal) y el papel que juegan nuestros sentimientos y el marco en el que vivimos.

A lo largo de los 24 capítulos hay momentos de alegría, dudas, retos, nostalgia, desilusión, dolor, rivalidad traición, valentía, impulsos, amor, incoherencias, rebeldía, autoritarismo, corrupción, esperanza… O sea, que los Shtisel reflejan la esencia de la vida misma, y de ahí la conexión.

Apuntes finales

El mundo que conocemos tiene multitud de submundos que (muchas veces) desconocemos. Y, para mí, la familia Shtisel es una invitación a conocer uno de ellos, aunque sea algo claustrofóbico y moralmente retador.

Está claro que vivir en una comunidad como la jaredí tiene (muchos) más retos y dificultades que hacerlo en otras culturas: matrimonios concertados, más de tres hijos por familia, la religión como única vía y motor de todo… Digamos que presenta una vida en la que ‘elegir’ es una utopía; y en la que, encima, solo los realmente eruditos tienen una mínima posibilidad de vivir mejor. El resto, ‘los normalitos’ (si lo piensas bien, la mayoría) parece que estén condenados a la penuria (y da mucha pena). Eso sí, unos y otros en el marco de una uniformidad en la que ser uno mismo ni se contempla ni es una posibilidad.

(Y aquí una pausa para recordar lo afortunados que somos).

Por lo que vemos, así de mano, la vida de los jaredíes no parece ni apetitosa ni deseable. De hecho, creo que el color que definiría mayoritariamente la vida de los Shtisel es el gris (aunque a veces tengan trazas de pasteles, o incluso de tonos vivaces).

Por otra parte, nada de lo que le rodea es bello, sino funcional sin más. ¿Cómo no va a influir la ausencia de la belleza en sus días? (me refiero a la belleza como ideal estético más allá de las modas y las tendencias, que en serio que todo es objetivamente feo y el conjunto carece de armonía).

La única razón por la que uno podría plantearse ‘convertirse’ (es un decir) sería si el hecho de ser jaredí supusiera un salto de integridad que supusiera ser una persona más coherente, serena, generosa y feliz (asumiendo los sacrificios y ya), pero es que de verdad que en ningún momento da la imagen de que sea así, más bien al contrario. Es que ni felices parecen, en serio: los Shtisel no dejan de ser simples mortales intentando poner orden en sus vidas que, encima, tienen que lidiar con una serie de normas y leyes estrictas que les condicionan incluso más.

Llena de historias humanas y mucha fragilidad, la serie es moralmente desafiante, cierto, pero también bella, emotiva, respetuosa y delicada.

Para mí, el gran regalo de Shtisel es una invitación a la empatía, incluso a la compasión; a desprendernos de estereotipos y caricaturas y a ver a los otros (¡y a nosotros mismos!) como lo que somos: seres humanos intentando hacer lo mejor desde lo que sabemos (o lo poco que sabemos) y desde lo que podemos y «nos dejan», es todo…

Posiblemente, el máximo logro es que la serie consiga que comprendas (que no significa que aplaudas, quede claro) según qué comportamiento o decisión; que todos, absolutamente todos, albergamos las mismas cuestiones y que somos, ya no solo nosotros (seres complejos de por sí), sino con la interacción de lo que nos rodea: nuestra familia, nuestra cultura, nuestra fe, etc.

Quizá la próxima vez que conozcamos a alguien, nos acercaremos de una forma más amable, recordando esas verdades eternas que nos unen a todos. Porque, ¿hasta qué punto somos conscientes de las circunstancias de los demás?

Es verdad que caer en el estereotipo, incluso en la caricaturización de alguien, es fácil, lo sé, pero ¿cuántas de esas veces damos un paso atrás y cuestionamos esas creencias? ¿En cuántas ocasiones damos una oportunidad de aprender, comprender y empatizar?

Al final, ya como dijo Ortega y Gasset, nuestras vidas dependen de las circunstancias.

Extra

Una de mis escenas favoritas está colgada en Youtube, así que he pensado que podría ser una buena manera de terminar la reseña.

Por cierto, la música de la serie es una delicia y las interpretaciones de los actores son magistrales.

Te dejo con Shumel, Akiva, Gita y parte de la prole.

[Nota: nosotros, en casa, la hemos visto en Netflix, pero también he visto que está en otras plataformas].

¿El destino en manos de una moneda?

Este relato está compilado bajo el título ¿Cambiar el destino? en el segundo tomo de La culpa es de la vaca.

¿Te imaginas si una moneda pudiera marcar nuestro destino? Dime: ¿cara o cruz?

El cuento

Durante una batalla, cierto general decidió atacar al adversario a sabiendas que su ejército era inferior en el número de efectivos. Pero estaba confiado en ganar, aun cuando sus hombres estaban llenos de dudas.

Camino a las operaciones, se detuvieron en una capilla.

Después de rezar con sus hombres, el general sacó una moneda y dijo:

—Ahora tiraré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Si es cruz, perderemos. El destino se revelará.

Tiró la moneda en el aire y todos miraron atentos como aterrizaba en el suelo. Era cara.

Los soldados estaban tan contentos y tan confiados que atacaron vigorosamente al enemigo y consiguieron la victoria.

Después del combate, un teniente le dijo el general:

—Nadie puede cambiar el destino.

—Tal vez —contestó el general con una sonrisa de picardía mientras mostraba al teniente una moneda que tenía cara en ambos lados.

Algunas reflexiones

¿Objetivamente, actuó bien el general con sus soldados?

Si nos ajustamos a la ética, incluso a la moral, está claro que su actuación es más que cuestionable.

Al fin y al cabo, sabe que los está manipulando con una moneda trucada.

Y eso es feo, muy feo; y no solo porque, sobre la mesa, su ejercito tiene más difícil salir victorioso, que recordemos que son menos soldados, sino porque pone en juego sus vidas, no un puñado de garbanzos.

Pero me pregunto si opinaría lo mismo si supiera que el general no tiene una alternativa real a la batalla; porque quizá no, quizá su única opción sea atacar antes de ser atacado. ¿Y si es así? ¿Y si no le queda otra?

Reconozco que me despista un poco eso de la sonrisa de picardía, pero vamos a asumir que, como buen líder, sabe la importancia de mantener a su equipo motivado y confiado en sus posibilidades, más allá de que su seguridad en la victoria sea por un simple deseo o por una de esas grandes intuiciones que, a veces, nos vienen sin saber muy bien por qué.

Lo que tengo claro es que, entonces, ya no me parecería tan mal; incluso admitiría que fuera uno de esos supuestos en los que la picaresca debería poder ser alabada.

¿Sería eso una contradicción? ¿Se enfadaría Kant conmigo?

Pero vayamos al otro asunto importante del cuento, ese cambio de mentalidad de los soldados que pasan del temor a la confianza.

¿No es acaso ese cambio en su forma de pensar el motor principal para que realmente el éxito sea posible?

Yo creo que sí.

Y, si lo piensas bien, esa moneda es como las gafas de Popi, esa motivación extra que, a veces, necesitamos para dar ese paso que tanto nos cuesta a todos.

En este caso, los soldados tenían ese general pícaro para darles ese punto de confianza suplementaria con esa moneda de doble cara, pero en la vida no siempre tenemos un general así.

Es más, a veces, el general que tenemos al lado es el de la moneda chunga, la de la doble cruz.

O, lo que es peor todavía, que ese segundo general seamos nosotros mismos, que también puede ser.

En fin, que ya sabes que por aquí no soy de la liga happy flower, pero entre los dos generales y entre las dos monedas, prefiero el de la sonrisa pícara y la doble cara.

Para terminar, recordemos también la importancia de pensar en positivo y de ese niño que lo hizo, porque no pensó que no pudiera.

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